En el fondo de un valle escarpado y densamente poblado, justo debajo de las murallas de la Ciudad Vieja de Jerusalén, la tierra se ha visto sacudida en las últimas semanas por martillos neumáticos y excavadoras. Son los sonidos habituales en Jerusalén desde hace décadas, a medida que el Estado israelí ha intentado imponer implacablemente una identidad judía uniforme en la parte oriental ocupada de la ciudad, borrando al mismo tiempo su carácter palestino.
Normalmente, son trabajadores estatales y del municipio quienes manejan las excavadoras, pero en el barrio de Al Bustan, a la sombra de la simbólica mezquita de Al Aqsa, el estruendo proviene de un nuevo desarrollo: es el sonido de palestinos obligados a demoler sus propias casas familiares.







