“Siempre he sido una persona muy olfativa”, reconoce Laura López-Mascaraque. Tanto, que, de pequeña, sus padres la regañaban porque antes de probar cualquier comida necesitaba olerla. Y hasta utilizaba su olfato a modo de radar: “Si alguien no me gustaba, no quería darle un beso”, confiesa. A esa sensibilidad se sumaba una fascinación seguramente poco habitual décadas atrás. “Mientras mis amigas querían ser peluqueras o artistas, yo decía que quería estudiar y ser neurocirujana”. Por ello, decidió estudiar el gran olvidado: un sentido que “siempre quedaba atrás” y cuyo interés parecía quedar reservado para unos pocos fascinados por “ese mundo químico que nos rodea”, y que “sabíamos apreciar su belleza y comprender las emociones, recuerdos y vivencias que puede despertar”, dice.Convencida de que “los científicos tenemos la responsabilidad de trasladar a la sociedad lo que hacemos”, esta doctora en Biología y Neurociencias, cofundadora de la Red Olfativa Española y que, además, lidera un grupo que estudia el desarrollo cerebral en el Centro de Neurociencias Cajal (CSIC), lleva años ampliando el foco en el laboratorio, pero también más allá. Ahora, publica El fascinante universo del olfato (GeoPlaneta).Suele definir el olfato como “la Cenicienta de los sentidos”. ¿Por qué ha ocupado un lugar tan secundario?Históricamente, el olfato ha estado ligado a lo negativo. En la Edad Media, los olores se vinculaban a peligro o amenaza, y se ha hablado más de los malos olores que de los buenos. Freud, por ejemplo, decía que la civilización avanzaba a medida que el ser humano se alejaba del mundo de los olores. Además, existía una especie de jerarquía entre los sentidos. Por eso, para mí, el olfato ha sido la Cenicienta de los sentidos. Ahora, sin embargo, los olores han adquirido un valor completamente distinto. ¿Cuál?La gastronomía los incorpora como parte esencial de la experiencia y en marketing ya no hay solo logotipos, también hay odotipos. Es bastante reciente y digo que es casi como un sentido nuevo, porque estamos empezando a descubrir una tercera dimensión en las experiencias sensoriales y la relevancia que está adquiriendo en muchos ámbitos. Volvemos, además, a algo que ocurría en la Edad Media, cuando a través de los olores se intentaban identificar enfermedades. Ahora hablamos del volatiloma, el conjunto de compuestos volátiles que emitimos y que pueden reflejar estados de salud o enfermedad. Es un campo que se está investigando y en el que entran la inteligencia artificial y otras herramientas. Por eso, creo que ahora, por fin, estamos descubriendo a la princesa detrás de la Cenicienta.¿Cree que hemos infravalorado un sentido que puede ser incluso más determinante que el resto?No diría que más importante, sino distinto. No puedes comparar la vista con el oído, ni el tacto con el olfato, ni el olfato con la vista. Cada uno cumple una función y, al final, el cerebro integra toda esa información para construir la percepción que tenemos del mundo. Pero que el olfato ocupa un lugar muy importante, eso sí.Y, como señala en El fascinante universo del olfato, es un sentido que tiene una particularidad: su conexión con el cerebro parece más directa, especialmente con las áreas vinculadas a la emoción y la memoria.Siempre hablo del superpoder del olfato. El resto de los sentidos tienen una especie de filtro en el cerebro. La información visual, por ejemplo, sale de la retina y pasa primero por el tálamo, que filtra la información y la dirige hacia la corteza visual. Con los sonidos, el tacto o con el gusto ocurre algo parecido. El olfato, sin embargo, llega de forma más directa, sin pasar por ese filtro previo, a lo que llamamos el sistema límbico, el llamado cerebro emocional. Ahí encontramos estructuras estrechamente relacionadas con las emociones, como la amígdala, y con la memoria, como el hipocampo. Por eso, antes incluso de procesarlo de forma consciente, ya aparece un recuerdo. Podríamos decir que, en sus orígenes, era un cerebro mucho más ligado al olfato. Con la evolución apareció la corteza cerebral y se desarrollaron estructuras relacionadas con el resto de los sentidos. Pero esa dimensión química asociada al olfato existe desde mucho antes: está presente en las plantas, las bacterias y en formas de vida muy primitivas. El primer lenguaje de la vida fue químico. No hablamos exactamente de olfato en esos organismos, pero sí de mecanismos comparables de comunicación y percepción.Lo bueno que tiene el olfato es que es el único sentido que puede entrenarse; si trabajas conscientemente con los olores, la pérdida puede ser menorLaura López-MascaraqueNeurocientífica¿Y tenemos que asumir que perder olfato es normal con los años?Lo bueno que tiene el olfato es que es el único sentido que puede entrenarse. ¿Por qué? Porque la primera información que recibimos de las moléculas químicas del ambiente llega a la nariz, y allí están las únicas neuronas del sistema nervioso que se encuentran fuera del cerebro. Además, tienen una característica extraordinaria: cada 40 o 60 días esas neuronas se regeneran, y se ha comprobado que el enriquecimiento olfativo favorece ese proceso. Mientras exista esa regeneración continua, seguimos manteniendo la capacidad de oler. A partir de cierta edad, aparecen cambios inevitables: llega la presbicia, el oído pierde capacidad… Pero con el olfato ocurre algo distinto. Si lo entrenas, si trabajas conscientemente con los olores, como hacen los perfumistas o los sumilleres, esa pérdida puede ser menor. Conozco perfumistas de más de ochenta años que manejan una paleta de miles de aromas y siguen teniendo una capacidad olfativa extraordinaria. No necesitan unas “gafas olfativas”, por decirlo de alguna manera.¿Y cómo se puede entrenar?Muy sencillo: utilizando esencias o elementos que tenemos en casa: especias, limón, naranja… estamos rodeados de cosas que huelen. La idea es dedicar un rato del día a oler de forma consciente y prestar atención a esos olores. Pero hay algo importante: verbalizarlos. Uno de los problemas que tenemos es que apenas ponemos palabras a los olores y ni siquiera sabemos nombrarlos. Empiezas a hacerlo cuando entrenas. Por ejemplo, estás oliendo un vino y te preguntan: “¿A qué huele?”. Te resulta familiar, pero no sabes descomponer ese olor. Y es que un olor no es una sola molécula, sino muchas a la vez. Entonces alguien te dice: “¿No notas nuez moscada? ¿No notas vainilla?” y, de repente, lo reconoces. Pero no hemos aprendido desde pequeños a identificar y nombrar los olores. Al hacerlo, ya estás entrenando.Laura López-Mascaraque. CedidaEn el proceso de envejecimiento, ¿la pérdida de olfato puede convertirse en una señal temprana de deterioro neurológico?Esto se vio claramente durante el COVID. De un día para otro podías sufrir una anosmia total, es decir, dejar de oler absolutamente todo. Era una pérdida abrupta y muy característica. Otra cuestión distinta es cuando, muchos años antes de que aparezca una enfermedad neurodegenerativa como el alzhéimer, el parkinson o la esclerosis múltiple, empiezas a perder olfato de forma progresiva. Lo que llamamos hiposmia. Eso no significa que toda persona con pérdida de olfato vaya a desarrollar una enfermedad neurodegenerativa. Pero sí se ha observado que, en muchos casos, antes de que aparezcan los síntomas clínicos, uno de los primeros cambios es precisamente una disminución de la capacidad olfativa. Y ocurre de forma gradual. Poco a poco empiezas a notar que los olores no llegan igual: antes entrabas en una cocina y reconocías inmediatamente qué estaba pasando; después, esa percepción se va apagando progresivamente. Hoy sabemos que puede ser una señal temprana de una posible enfermedad neurodegenerativa, muchos años antes de que aparezcan otros síntomas.¿Detectar la pérdida de olfato a tiempo permite prevenir de alguna forma?Eso es algo que iremos entendiendo poco a poco; todavía queda mucha investigación por hacer y no se sabe exactamente qué hacer en esos casos. Sí pueden recomendarse determinadas terapias o entrenamientos olfativos, pero no está claro hasta qué punto pueden modificar esa evolución. Yo no soy clínica, así que no puedo decir si existe algún abordaje farmacológico que pueda reforzarlo. Lo que sí es interesante es la relación que se está observando.Lee también¿Puede el entrenamiento del olfato convertirse en una herramienta para promover la salud cerebral y un envejecimiento más saludable?Creo que sí. Muchas veces digo que es una gimnasia sencilla para el cerebro. Tanto en niños como en mayores, entrenar el olfato es una forma de ejercitarlo. Y, de alguna manera, esa terapia olfativa puede ayudar a mantener el cerebro activo y alerta. Lo veo en talleres que hago con personas con enfermedades neurodegenerativas y con niños pequeños. La experiencia suele ser muy positiva porque no exige un procesamiento cognitivo más complejo o tareas repetitivas. Se puede intentar descubrir a qué huele algo, emparejar olores o incluso crear historias a partir de ellos. Y eso genera mucha más implicación que sentarse a repetir letras, completar ejercicios mecánicos o realizar tareas más rutinarias.¿Cambia nuestro olor corporal con la edad?Sí. Con la edad, la dieta, las hormonas, el estrés, el microbioma, la calidad de la piel y el estado de salud. Hay un montón de moléculas —cetonas, ácidos, aldehídos, alcoholes...— que emitimos a través de la respiración, la piel, la saliva, la orina o las lágrimas. Se dice que podemos emitir más de 500 compuestos volátiles distintos. La proporción de todas estas moléculas es lo que constituye un perfil químico. A medida que envejecemos, el metabolismo del cuerpo va variando, y todo eso genera una capa aromática en tu cuerpo. En Japón se utiliza un término, kareishu, que llaman “el olor de los abuelos”. Con él intentan describir un olor asociado a un compuesto que se llama 2-nonenal, que aparece en mucha gente mayor. Ahora se ha visto que a partir de los 40 o 50 años también lo puedes tener.A medida que envejecemos, el olor corporal cambiaLaura López-MascaraqueNeurocientífica¿Y por qué ocurre?Porque no hay una degradación de los ácidos grasos en la piel. Allí lo tienen en cajitas, asociado a una sensación de ternura hacia ese olor. Es quizás ese olor tan fuerte que muchas veces hay en las residencias de ancianos. Normalmente, un anciano no tiene por qué oler así; algunas personas sí, pero con una higiene adecuada y demás, no tienes por qué transmitir ese olor. Pero sí, a medida que envejecemos, el olor corporal cambia. Eso es lo que llamamos el volatiloma. Hay uno del vino, uno del café, uno humano. Simplemente es el olor que puedes tener.Hablaba de cómo cambian los olores por la edad, pero también ocurre con los sabores.Sí, va cambiando porque, por ejemplo, en los sabores hay que tener en cuenta que el 80% del sabor es olfato, no gusto. El gusto solo reconoce los cinco sabores básicos. Por eso las personas mayores, cuando van perdiendo capacidad olfativa, echan más azúcar o más sal a las cosas pensando que así el sabor va a aumentar. Vamos perdiendo esa capacidad y se nota mucho. Además, el umbral olfativo disminuye con la edad, a no ser que lo entrenes mucho; en ese caso se pierde bastante menos. Todo eso influye en cómo olemos las cosas o a las personas.Antes hablaba de las narices electrónicas. ¿Cómo pueden ayudar a identificar enfermedades?Es algo en lo que se está trabajando y no es fácil, sobre todo en el caso del olfato. Se han creado dispositivos digitales para la vista o el oído, pero intentar reproducir el procesamiento de un olor tal y como lo hace el cerebro es bastante complejo. Una nariz electrónica busca emular una biológica. Ahora lo que se está intentando, al menos, es detectar moléculas. Por ejemplo, en las ciudades ya existen narices electrónicas que miden los niveles de contaminación. Son sensores olfativos capaces de detectar la concentración de determinados compuestos relacionados con la contaminación. Otra línea en la que se está trabajando es en desarrollar algún tipo de nariz electrónica capaz de reproducir mejor el olfato humano. Ahora hay perros entrenados capaces de detectar cáncer, diabetes o COVID. Lo que se está intentando ahora es identificar qué volatiloma detectan esos perros y relacionarlo con enfermedades. La idea sería poder detectar, de una forma mucho menos invasiva, si una persona tiene un cáncer o diabetes, evitando muchas pruebas médicas. Pero ahí entra una cuestión bioética importante. Imagina que en el futuro cualquiera pudiera acercar un reloj a otra persona y saber si tiene una enfermedad. Aun así, creo que este tipo de tecnología va a evolucionar y puede ayudar a reducir muchas pruebas médicas complejas.Ya que menciona la contaminación, ¿estamos perdiendo capacidad olfativa o de percepción de los olores por su culpa?Creo que estamos perdiendo mucho. Si vives continuamente en un entorno contaminado, el olfato se va deteriorando. Aun así, hay pequeñas estrategias que pueden ayudar, como pasar tiempo en parques o en espacios con aire más limpio.La neurocientífica se ha especializado en el olfato. CedidaY con los ultraprocesados y el fast food… ¿Existe el riesgo de que estemos perdiendo capacidad para percibir los alimentos?Por un lado, sí. Toda esta comida rápida que tenemos ahora mismo es horrible porque muchas veces no huele a nada. Pasa algo parecido con algunos restaurantes asiáticos: da igual que te sirvan pollo con almendras o verduras con soja. Muchas veces se utilizan aromatizantes muy similares para todo. Sin embargo, en países como Tailandia, por ejemplo, percibes muchísimos olores distintos en la comida y en los restaurantes. Pero, por otro lado, también creo que se está avanzando mucho en redescubrir los olores asociados a la gastronomía. Ahora hay una cocina más auténtica que intenta recuperar sabores y olores del pasado y potenciar la dimensión olfativa dentro de la experiencia sensorial de una comida. Espero que, a medida que entendamos mejor el olfato, todo esto gane más importancia. De hecho, entre los jóvenes hay ahora mucho más interés por los perfumes que hace años. Así que, por un lado, sí hay cierta homogeneización de los olores, pero por otro creo que también está creciendo una verdadera cultura del olfato.