AnálisisEn un contexto de conflictos en el que la infraestructura del sector es un objetivo militar, no es suficiente solo garantizar el suministro.Garantizar una matriz energética diversificada es clave, incluyendo energías renovables. En la imagen, zanjas para bancos de paneles solares. Foto: iStock25.05.2026 00:45 Actualizado: 25.05.2026 00:45

Es demasiado pronto para saber cuándo o cómo terminará la guerra con Irán, o cuáles serán sus consecuencias geopolíticas o económicas. Pero hay algo que ya es seguro: lo que se entiende por seguridad energética debe repensarse. Aproximadamente el 20 por ciento del petróleo y gas comercializados en el mundo pasa por el estrecho de Ormuz. La guerra demostró lo rápido que puede interrumpirse ese flujo, ejerciendo presión inmediata sobre los países importadores de energía y sobre la economía global.La crisis actual también pone de manifiesto que no se puede asumir que las instalaciones de petróleo y gas sean seguras. Al contrario, son muy vulnerables a la guerra y al terrorismo. LEA TAMBIÉN La seguridad energética suele definirse como la garantía del acceso fiable y asequible a los suministros. Esa definición ya no es suficiente. Lo que los acontecimientos recientes han puesto de manifiesto es que la seguridad energética debe ahora abarcar el mantenimiento y la resiliencia de los sistemas que producen, refinan, transportan y suministran energía.En un mundo de rutas de transporte disputadas, infraestructuras complejas y formas sofisticadas de interrupción, la seguridad energética ya no se trata solo de suministro. Se trata de si el propio sistema puede funcionar bajo presión.Los conflictos recientes lo dejan claro. La guerra con Irán, junto con la guerra que Rusia libra en Ucrania, ha demostrado que la infraestructura energética ya no es un daño colateral; es un objetivo principal en los conflictos. Refinerías, oleoductos, terminales de exportación y redes eléctricas son ahora elementos centrales de la estrategia bélica diseñada para debilitar las capacidades y la voluntad de los adversarios. LEA TAMBIÉN Este cambio refleja las nuevas tecnologías y las ‘matemáticas militares’. Los drones, relativamente baratos (a menudo con un coste inferior a 50.000 dólares), pueden perturbar activos valorados en miles de millones de dólares. Las operaciones cibernéticas pueden desestabilizar redes eléctricas sin necesidad de ataques físicos. La asimetría es sorprendente: los ataques de bajo coste pueden generar consecuencias sistémicas con profundas repercusiones económicas y sociales.La inteligencia artificial (IA) está acelerando tanto el riesgo como la resiliencia. La rápida expansión de los centros de datos y la computación impulsada por IA está impulsando un aumento en la demanda eléctrica. Sin embargo, la IA también se está convirtiendo en un elemento central para la seguridad energética, permitiendo la monitorización en tiempo real, el mantenimiento predictivo y respuestas más rápidas ante amenazas. A medida que los sistemas energéticos se vuelven más digitales y electrificados, la intersección entre la IA y la infraestructura dará forma a la siguiente fase de la seguridad.Un marco integralLo que este momento exige es una redefinición de la seguridad energética, que adopte la forma de un marco integral, construido en torno a diez prioridades. Primero, diversificar la oferta entre regiones. La dependencia y concentración en una sola región, especialmente una expuesta a riesgos geopolíticos como el Medio Oriente, tiene ahora consecuencias sistémicas. Esto exige ampliar el acceso al suministro desde América, África y otros productores emergentes. LEA TAMBIÉN En segundo lugar, es necesario diversificar tanto las rutas como las fuentes. La energía que no se puede transportar es prácticamente inaccesible. Esto requerirá una mayor inversión en corredores alternativos, incluidos oleoductos que eviten los cuellos de botella marítimos. Tercero, hay que reforzar la infraestructura energética crítica. Las refinerías, los oleoductos, las terminales de gas natural licuado y las redes eléctricas deben diseñarse y reforzarse para resistir interrupciones.Cuarto, desarrollar sistemas activos de defensa energética. Los conflictos modernos han convertido la infraestructura energética en un objetivo prioritario. Protegerla requiere una defensa en tiempo real: sistemas aéreos y de misiles multicapa, capacidades antidrones y defensa cibernética avanzada para detectar, disuadir y responder a ataques. Quinto, diseñar pensando en la resiliencia, no solo en la eficiencia. Los sistemas optimizados para el costo y la velocidad son inherentemente frágiles. Los sistemas energéticos requieren capacidad de reserva, redundancia en los componentes críticos y la capacidad de recuperarse de las interrupciones.Sexto, ampliar y proteger las reservas estratégicas. El almacenamiento no debe verse principalmente como una herramienta para gestionar precios, sino como un seguro contra interrupciones. Séptimo, es fundamental garantizar una matriz energética diversificada. Las energías renovables (incluidas la solar, la eólica, la hidroeléctrica, la mareomotriz y la geotérmica), la energía nuclear y los hidrocarburos desempeñan un papel importante en la reducción de la exposición a las crisis. En periodos de perturbación grave, los países también podrían necesitar recurrir a combustibles fácilmente disponibles, incluido el carbón, para mantener la generación de energía, la producción industrial y la estabilidad económica. LEA TAMBIÉN Si bien esto complicará los objetivos climáticos, excluir por completo estas opciones es incompatible con la realidad de la seguridad energética. La buena noticia es que el impacto climático puede compensarse mediante el desarrollo acelerado de alternativas que la seguridad energética también requiere.En octavo lugar, hay que despolitizar la estrategia energética. Los sistemas energéticos deben regirse por los objetivos de fiabilidad, asequibilidad y seguridad, no por la política a corto plazo. Los frecuentes cambios de rumbo en las políticas –como los observados en EE. UU., Europa, Japón y Corea del Sur, entre otros– socavan la inversión, retrasan el desarrollo de infraestructuras y pueden introducir de facto una prima de riesgo político en los sistemas energéticos. Noveno, siempre que sea posible, hay que gestionar la demanda como una forma de reducción de riesgos. La eficiencia reduce la exposición y fortalece la resiliencia.Por último, hay que reconocer que ningún país está aislado. Por ejemplo, en EE. UU., la abundancia energética suele equipararse con la seguridad energética. Sin embargo, el petróleo se cotiza a nivel mundial, y las interrupciones en el mercado internacional se traducen directamente en mayores costos a nivel nacional, afectando los precios del combustible, las cadenas de suministro y la inflación. La independencia energética no implica inmunidad ante las crisis energéticas.Las consecuencias económicas de no adaptarse son significativas. Los países más expuestos a la disrupción se enfrentan a un aumento de los costos de los insumos, presiones en todos los sectores y un crecimiento más lento. La inseguridad energética equivale a inseguridad económica, y maximizar ambas se ha convertido en un rasgo distintivo de la estrategia militar.Existe un claro paralelismo con las cadenas de suministro globales. Tras la pandemia de covid-19, las empresas pasaron de un modelo de producción enfocado en el “justo a tiempo” a un modelo enfocado en el “por si acaso” que buscaba fortalecer su resiliencia.Los sistemas energéticos deben ahora experimentar una transición similar. Vale la pena pagar un precio adicional; la demora solo aumentará el costo de la inseguridad energética.RICHARD HAASS (*) Y CAROLYN KISSANE (**)© Project SyndicateNueva York(*) Richard Haass, presidente emérito del Consejo de Relaciones Exteriores, asesor sénior de Centerview Partners y distinguido académico de la Universidad de Nueva York, fue director de planificación política del Departamento de Estado de EE. UU. (2001-2003), enviado especial del presidente George W. Bush para Irlanda del Norte y coordinador para el futuro de Afganistán.(**) Carolyn Kissane, vicedecana y profesora del Centro de Asuntos Globales de la Facultad de Estudios Profesionales de la Universidad de Nueva York, y directora fundadora del Laboratorio de Energía, Clima y Sostenibilidad de la misma universidad. Sigue toda la información de Economía en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.