Si paseas por las estrechas calles de Nápoles, encajonadas entre edificios altos, sueles caminar bajo la sombra de la ropa mojada tendida de ventana a ventana. Es una parte intrínseca de la cultura napolitana, esos tendederos suspendidos entre callejones que obedecen incluso a un código propio donde la ropa interior y las prendas íntimas se colocan en el centro, protegidas por sábanas, fundas de almohada o toallas que las ocultan.
El derecho a tender la ropa en la calle se respeta en Nápoles como una norma que actúa casi como democracia visual porque todos enseñan al sol sus prendas húmedas. Los tendederos en las fachadas confiesan oficios, edades, rutinas y clases sociales; una geometría textil muy fotogénica (como en Lisboa) que revela que la ciudad todavía se pertenece a sí misma.










