Las izquierdas chilenas están prontas a iniciar una difícil batalla legislativa en el Senado, en donde la gran megarreforma del presidente José Antonio Kast tendrá que ser votada en general, buscando repetir el primer triunfo del oficialismo de derechas en la Cámara de Diputados. Si bien la votación será estrecha, el proyecto corre con ventaja para su aprobación en general, un escenario que ya está siendo asumido por la oposición.Esto traslada el problema a la discusión en particular, en donde cada artículo será una batalla sin cuartel en lo que será la más ideológica de las discusiones legislativas desde 1990. No podría ser de otra manera: el proyecto impulsado por el ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, y por el presidente Kast es el más regresivo desde el retorno a la democracia, a partir de fórmulas ochenteras (lo que en Chile se conoció como el “chorreo” que nunca llegó a los grupos sociales más desfavorecidos: en 1990, el primer Gobierno de centroizquierda recibió a un país con el 40% de pobreza, una cifra que conmueve por su magnitud).Sin embargo, la primera pregunta que se debe formular es desde qué proyecto político las izquierdas librarán batalla. La primera alternativa es netamente reactiva: si el proyecto gubernamental es tan regresivo, la respuesta será proporcionalmente defensiva, casi en modo de reflejo condicionado en donde lo que se preserva son derechos sociales que fueron lenta y paulatinamente conquistados durante más de tres décadas. En tal sentido, se trata de una respuesta lógica, a decir verdad elemental de las izquierdas, y buena parte del debate legislativo girará en torno a respuestas que diputados y senadores experimentarán como inevitables ante un proyecto que busca retrotraer a Chile a un medio siglo atrás, a partir de fórmulas que -sostienen los economistas de centroizquierda- nunca han funcionado en ninguna parte. La complejidad de este debate es que no son pocos los economistas de la plaza que opinan exactamente lo contrario, a partir de recriminaciones recíprocas de ideologización que son recogidas por los congresistas al cabo de cómodos reduccionismos de lado y lado. La segunda alternativa, que ha sido abierta por intelectuales como José Joaquín Brunner y Manuel Antonio Garretón, y últimamente por Eugenio Tironi, consiste en orientar la discusión legislativa hacia una idea socialdemócrata “moderna”. Esto que puede sonar tan bien, tan coherente, carece de condiciones de posibilidad. En primer lugar, supone que todos los actores de izquierda asuman alegremente una identidad y un proyecto socialdemócrata, como si ese proyecto no hubiese estado en el origen del repudio comunista y frenteamplista a 24 años de gobiernos concertacionistas. En segundo lugar, presupone tener claridad sobre las ideas matrices de la socialdemocracia, y no solo en principios y valores. En tal sentido, el mínimo común son los derechos sociales y, agregaría, los bienes comunes (desde el aire hasta el agua, pasando por todo lo que pueda ser justificado como bien común), lo que le entregaría algo más de solidez a las respuestas de izquierdas en las batallas que se avecinan en el Congreso. En tercer lugar, el adjetivo “moderno” que acompaña al ideario socialdemócrata no es auto-explicativo y no tiene nada de evidente: ¿En qué sentido sería “moderno”? ¿Qué es lo que habría que desechar de la socialdemocracia “clásica”? ¿Hay algo que rescatar de esa variante socialdemócrata que fue la Tercera Vía británica de Tony Blair y Gordon Brown, o todo debe ser botado a la basura de la historia? ¿Es razonable pensar que los diputados y los senadores comunistas estarán disponibles para aceptar los términos de esta discusión, en un momento retro en el que han reafirmado su adhesión al “leninismo”?No es muy difícil percatarse de la gran dificultad en orientarse en esta discusión sin una brújula socialista o socialdemócrata. En 2006, Erik Olin Wright publicó en la New Left Review un artículo en el que el lector se orientaba gracias a una “brújula socialista”, cuyos puntos cardinales estaban adaptados al mundo de aquel entonces pero que al poco tiempo se desdibujaron producto de la gran crisis financiera de 2007-2008: 20 años después, el extravío es total. Pues bien, por estos días no existe nada ni remotamente parecido a una brújula para orientar a las izquierdas congresistas, salvo estándares de la OCDE, del Consejo Fiscal Autónmo o del Fondo Monetario Internacional (muy solicitados por estos días) que no son socialdemócratas, sino simplemente estándares sobre los cuales existe algún tipo de consenso (especialmente económico) entre quienes los promueven. Pero quien dice estándar no está diciendo socialdemocracia, una diferencia que a menudo se pasa por alto y que refleja la confusión socialdemócrata.Sin embargo, como se dice popularmente en Chile: “Es lo que hay”. Habrá que batirse desde el Congreso, que es el único espacio político real y relevante que va quedando, en un tiempo en donde los centros de estudio vinculados a los partidos exhiben una existencia fantasmagórica: mucho nombre rimbombante, pero con muy poca capacidad intelectual instalada para salir de la confusión socialdemócrata. La necesidad de extirpar la confusión es imperiosa: en todas partes se le observa, con resultados electorales catastróficos. Esto se explica no porque los socialistas, los laboristas o los socialdemócratas de todas partes del mundo carezcan de programas de gobierno: estos existen, pero desconectados de proyectos políticos cuya esperanza de vida necesita ser superior a la duración de un gobierno.Para salir del marasmo, es fundamental actuar simultáneamente en tres direcciones. La primera está orientada a hacer oposición de modo inteligente, cultivando ideas que, tal vez, bien podrían formar parte de un programa de gobierno en el futuro. La segunda dirección es la del proyecto político, consistente en imaginar racionalmente el futuro de Chile a doce años plazo (tres gobiernos): hace veinte años, el proyecto político podía durar un cuarto de siglo o más, como fue el caso del proyecto del SPD alemán que se originó en su congreso de Bad Godesberg en 1959 y que orientó la política socialdemócrata durabnte 40 años. Esto ya no es posible: la forma de vida del capitalismo de hoy es frenética e impredescible, con una alta capacidad para neutralizar la imaginación sobre el futuro. La tercera y última dirección es la elaboración de un programa de gobierno, el que urge se encuentre conectado con un proyecto político: mientras esto no ocurra, cada candidatura presidencial consistirá en diseñar un programa de gobierno sin mañana, en un ciclo perpetuo de mediocridad.Agreguemos que no tenemos mucha claridad sobre las razones de por qué, en Chile como en tantas otras partes, existe tanta hostilidad hacia la socialdemocracia y el “progresismo”. En Chile, ¿sabemos exactamente lo que es objeto de crítica y hostilidad hacia el progresismo, más allá de las siglas de los partidos que sí evocan emociones? Es inquietante que existan pocos estudios sobre los orígenes de la hostilidad y desafección con un progresismo que le entregó a Chile los mejores años de prosperidad en toda su historia. Estas son las coordenadas del problema al que se enfrentan las izquierdas. Respuestas habrán, qué duda cabe: lo grave sería que fuesen respuestas de corto plazo, de esas que ayudan a salir de una batalla urgente, pero que no son portadoras de ideas de futuro.