Hay paisajes que parecen contener algo más que piedra y tierra. Lugares donde la geografía transmite la sensación de haber sido observada durante siglos con una mezcla de miedo, fascinación y respeto. Eso ocurre con la Peña de los Enamorados, una enorme formación rocosa situada junto a los dólmenes de Antequera cuya silueta recuerda el perfil de una mujer tumbada mirando al cielo.

Desde lejos, la montaña parece dormida. Y quizá precisamente por eso terminó convirtiéndose en uno de los grandes símbolos del paisaje antequerano. Pero lo más sorprendente no es únicamente su forma, sino la relación que mantiene con uno de los complejos megalíticos más importantes de Europa.

Porque los grandes monumentos funerarios prehistóricos construidos en esta zona no se orientan hacia el sol, como sucede habitualmente en muchos enclaves megalíticos europeos. En Antequera ocurre algo distinto. Algo excepcional. El dolmen de Menga dirige su mirada directamente hacia la Peña de los Enamorados.

Y esa anomalía lleva años intrigando a arqueólogos e investigadores.

Tal y como dice la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, la orientación de Menga “se explica por la presencia de un área de especial significado simbólico y ritual en la cara norte de la Peña”. Allí se encuentra el abrigo de Matacabras, un espacio con pinturas rupestres esquemáticas que refuerza todavía más la importancia espiritual que debió tener esta montaña para las comunidades prehistóricas.