Por Héctor GonzálezPasaron siete años antes de que Lydia Cacho (Ciudad de México, 1963) pudiera volver a México. Obligada al exilio por su libro Los demonios del Edén, donde denunció una red de trata infantil que involucró al ex gobernador de Puebla, Mario Marín, hoy preso, la escritora hace una pausa en su faceta como periodista de investigación para presentar su novela Un halcón bajo mi ventana (Lumen).La historia es protagonizada por Julieta, una joven de catorce años que crece en un ambiente marcado por los movimientos estudiantiles de 1968 y 1971, por la música y el feminismo. “La ficción y la literatura dan reposo a mi alma y a mi cabeza. Después de hacer periodismo puro y duro, atreverme a inventar un mundo fue un respiro enorme”, reconoce Lydia Cacho durante una plática en la que habla del pasado y del precio que ha tenido que pagar por enfrentar al poder.¿Qué papel tiene la ficción en tu vida personal y profesional?Durante la adolescencia la ficción fue una balsa de salvamento. No fui de las intelectuales que leyeron a los novelistas rusos, pero mi madre era una buena lectora que tuvo la ilusión de ser escritora. Yo era una niña poco sociable. Me gustaba estaba estar encerrada y era insegura, por eso los libros fueron muy importantes. A los dieciséis o diecisiete años la poesía fue fundamental, hasta la fecha cuando estoy triste acudo a mis libros de poesía. La ficción y la literatura dan reposo a mi alma y a mi cabeza. Después de hacer periodismo puro y duro, atreverme a inventar un mundo fue un respiro enorme.Aunque no deja de ser una novela política…Cuando era adolescente y estaba en la secundaria gané un premio que consistía en unas clases con Juan José Arreola. Le presenté un poema super cursi y cuando me hizo leerlo en voz alta lo rompió delante de mí. Me dijo que nunca iba a ser buena poeta porque estaba demasiado preocupada por la realidad. Sus palabras me marcaron, primero por la inseguridad que me dio y segundo porque tenía razón, siempre he estado muy preocupada por mi país. Creo que Un halcón bajo mi ventana surge de mi memoria sensorial del 68. Tenía cinco o seis años, y más que vivirlo lo respiré. Al paso del tiempo descubrí que siempre me quedó la semilla de esa época. Para mí los setenta fueron increíbles, los disfruté mucho. Aprendí de música, tuve dos novios músicos, fue una época de libertad en la que descubrí el amor.¿Qué tanto te queda del rock que mencionas en la novela?Tengo un corazón rockero. Nunca fui a una discoteca, bueno dos veces, en la primera conocí a quien fue mi marido, en Cancún; y la segunda fue en la Ciudad de México, fui con un amigo y salí corriendo porque la música de los ochenta no me interesaba para nada. La novela tiene su playlist con gente como Carole King, Janis Joplin o The Doors, aprendí inglés cantando las canciones y traduciéndolas con el diccionario. Para mí la música es necesaria, todos los días escucho música, no soy de pop, aunque tuve una época de canciones de protesta.¿Cómo fue regresar a esa época desde la ficción?Hubo una parte de la escritura que fue casi mística. Con este libro volví a México de una manera metafórica y emocional. Fue divertido volver sin hablar de los desaparecidos y sí de la vida cotidiana. Como periodista siempre te gana la realidad y no tienes tiempo de explorar las sensaciones.¿Sentías que te hacía falta este respiro?Siempre fui una niña ansiosa y obsesivo compulsiva. Me gusta mucho trabajar, hago ejercicio todos los días, camino con mi perrita y hago yoga, para que me baje el ácido. Me hacía falta sentarme y darme permiso para recrear un mundo. Una vez le escribí a Elena Poniatowska para comentarle que la iba a poner en una reunión con sus amigas y tomando margaritas, le encantó la idea. Me gustó recordar de manera linda a mujeres que admiré y que cuando conocí me emocioné mucho como “La China” Mendoza, quien fue muy generosa conmigo.La novela tiene una cuestión reivindicativa de género, ¿fue algo premeditado?Me pregunto cómo hubiera sido la historia de México si ese grupo de hombres intelectuales hubiera sido más honesto y hubieran hablado de las mujeres, pero no como lo hace Paco Ignacio Taibo quien dice que las mujeres salían a botear. No salían a botear, sostenían el movimiento, cuidado con cómo te expresas, sobre todo si eres escritor. Las mujeres sostuvieron económicamente al movimiento y a un grupo de líderes de lo que en ese momento fue un movimiento estudiantil. Me interesaba hacer una novela con gente de a pie, con los hombres que no necesariamente fueron protagonistas, porque de los hombres que estaban en su atalaya y prometieron una izquierda generosa e igualitaria ya se ha hablado demasiado, pese que no cumplieron lo que tanto prometían.La novela es esperanzadora al final, ¿pese que el futuro no es lo que nos dijeron sigues pensando que las cosas pueden mejorar?Sí. Soy optimista en tanto que todo el tiempo me encuentro con seres humamos ordinarios que hacen cosas increíbles y dan grandes batallas. Creo que eso se lo debo a mi carrera como reportera de calle y no a ser una periodista opinadora que se la vive en su oficina. Al mismo tiempo creo que uno de los caminos para llegar a ese lugar tiene que pasar por la autocrítica. Soy una mujer feminista y de izquierda, pero también estoy en proceso de autocrítica sobre mi feminismo y los movimientos progresistas. Por otro lado, mi esperanza está muy centrada en nutrir la ternura, el amor y los afectos, esto es lo que me ha permitido sobrevivir. No soy de las feministas que creen que hay que estar rabiosas todo el tiempo.¿Qué balance haces de este ejercicio de autocrítica?Cuando empecé a entrar al movimiento feminista, a principios de los ochenta, me reuní con todo tipo de mujeres. Ya vivía en Cancún y estuve con grupos de mujeres del sureste. Construimos cosas muy buenas y empezamos con la búsqueda de nuevos lenguajes para expresar la realidad. Mi autocrítica va hacia un lugar que en ese momento no me parecía importante posicionar como feminista: el equilibrio emocional. Muchas de mis compañeras generalizaban a los hombres y yo no las corregí porque no vi venir lo que hoy es la guerra de los sexos. Si hubiera sido más inteligente tendría que haber usado mi conocimiento y capacidad, entonces tenía un programa y una revista feminista, para socializar la necesidad de no generalizar y tener mucho cuidado con cómo tratamos a los hombres, así como para hablar de la misoginia y el machismo que también tenemos nosotras. Creo que hubiera estado bien hacer esas reflexiones en aquel momento.Ahora que regresaste a esos años por medio de la novela y que la escribiste fuera de México, ¿qué balance haces?, ¿habrías hecho algo diferente?Me ha tocado pagar lo que te cobra el Estado mexicano por decir la verdad, por ser buena reportera de investigación, por defender a las víctimas y por judicializar los testimonios que tienes a la mano. No me arrepiento porque no había otro camino. Todavía no sé si habría hecho algo diferente, probablemente cuando cumpla setenta años te lo pueda decir, pero ahora no tengo idea. Hice lo que pude con las herramientas profesionales y colectivas que tenía a la mano. Hice lo mejor que pude con mi personalidad obsesiva compulsiva y necia. Sería divertido descubrir esa parte de mí, por eso estoy en terapia.¿Qué te ha aportado la terapia?Hay una parte del trauma que he podido procesar en España. Vivo sola con una perrita y estoy lejos de mi familia. Leo, salgo a caminar sin escoltas, pienso y eso cambia todo. Con mi proceso terapéutico descubrí algo que bloqué muchos años, según mi psiquiatra de manera muy sana, me refiero a la angustia y ansiedad brutal que me causó haber visto cientos de imágenes de pornografía infantil para documentar el caso. Cuando el fiscal y policía José Luis Santiago Vasconcelos me preguntó si llevaríamos a testificar a las madres o familiares para identificar a las niñas, yo le respondí que, sobre mi cadáver. No podía exponer a las madres a que vieran a sus hijas en esas condiciones, entonces me dijo que tendría que ser yo quien las tenía que identificar. No me arrepiento de esa decisión, pero fue y sigue siendo brutal. Todavía vivo con eso y sé que moriré con eso en la cabeza. Hace quince años creí que podría trabajarlo, leí libros sobre trauma, pero no, con eso vives el resto de tu vida, es una pesadilla constante. No tengo miedo a que me maten, lo que sí tengo es un pánico interior correlacionado con haber visto imágenes que jamás van a dejarme. Hace pocos años comprendí eso, porque tenía esa compuerta bien cerrada. He llorado lo que no te imaginas y me ha costado mucho volver a dormir bien después de entender el daño que eso me hizo. Me salvaba pensando en que los niños ya estaban bien e hicieron su vida, pero en la soledad de España he descubierto que eso se quedó en mí.Te llevas bien con la soledad.Muy bien, nací con la personalidad de niña solitaria. Mis hermanos dicen que era insoportable porque me encerraba para no hablar con nadie, pero eso me ha ayudado. Jugaba sola, dibujaba, y así crecí. Ahora vivo de una manera menos destructiva.¿Escribirás tus memorias?Publiqué Cartas de amor y rebeldía en la pandemia, ese libro se quedó medio perdido. También hice la obra de teatro La infamia. Yo digo que esas son mis memorias, aunque Andrés, mi editor, dice que mis memorias son lo que te estoy contando. Yo creo que ya dije todo, la verdad me da un poco de flojera mi historia por eso me vine a la ficción.