La intrahistoria de esta entrevista tiene su gracia: la más que eficaz jefa de prensa de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España responde a nuestra petición diciéndonos que Fernando Méndez-Leite (Madrid, 1944) estará encantado de charlar con nosotros como representante de la Asociación de Moribundos Potenciales. Una muestra de la retranca de nuestro hombre, de su mirada irónica, de su sentido del humor. Cuando, de entrada, le preguntamos cómo está, responde: “Viejo”, y sonríe. A sus 82 años recién cumplidos, y tras una vida dedicada al cine, en junio se presentará a las elecciones para renovar mandato en la Academia. Puede que se sienta viejo, pero la energía, el compromiso y el entusiasmo siguen vivitos y coleando.Coincidiremos en que una de las cosas que mejor le definen es su sentido del humor...Llega un momento en que es muy difícil hablar en serio de nada. A mí cada día me cuesta más y, desde luego, lo que más me cuesta es tratar con gente que no tiene sentido del humor. Ahí me encuentro muy perdido en la conversación. También ocurre que hay una distancia generacional y, a veces, encuentras una cierta barrera en la comprensión de un determinado sentido del humor o de determinadas referencias. En cualquier caso, ha ido creciendo con la edad, yo no recuerdo haber tenido un sentido del humor muy acentuado cuando era joven. Pero vamos, ya hace tiempo que nunca hablo en serio, y en cierto modo me funciona, porque eso también relaja un poco el tono. Yo soy muy contrario a todo lo que significa la solemnidad, la intensidad. Con la vejez aprecio básicamente la ligereza.Me hizo mucha gracia lo de los moribundos potenciales...Es verdad, ahora tengo esa sensación en sesión continua: esto es la última vez que lo hago, esta va a ser la última película que veo, es la última vez que cenaré en este restaurante. Frecuentemente me invade esa idea, no le hago mucho caso pero ahí está. Además de que me hicieron una terrorífica operación de corazón hace cuatro años, antes me operaron de cataratas con un diagnóstico complicado y que podía salir mal. Me pasé 15 días viendo Vertigo, Rebeca, Laura, Cantando bajo la lluvia, Hatari o Roma, ciudad abierta, por si era la última vez que podría verlas. Luego, por suerte, no pasó nada. Pero sí, tengo muy presente esa sensación de que esto se acaba. Muy presente.¿Y eso le hace disfrutar más de lo que hace?Bueno, yo soy bastante disfrutón. Me divierto con muchas cosas, tengo muchas aficiones y disfruto bastante de la vida, del trabajo y con cualquier tontería.Si no se ha hartado nunca de trabajar, ¿es porque el trabajo siempre ha estado vinculado con su gran pasión, que es el cine?Bueno, yo me jubilé oficialmente a los 68 años, cuando llevaba 18 años dirigiendo la ECAM (Escuela de Cinematografía y Audiovisual de la Comunidad de Madrid). Y hasta que vine a la Academia, el único trabajo que tuve fue en el Comité de Dirección del Festival de Málaga. Pero en esos años no he tenido nunca la sensación de estar jubilado; siempre he estado ocupado. En cosas mías, en escribir o en mis múltiples aficiones. No puedo con el tiempo vacío, soy incapaz de quedarme mirando el paisaje. Siempre hago algo; la mayor parte de las cosas son idioteces, pero a mí me divierten mucho. Soy un especialista en hacer cosas rigurosamente inútiles.Lee tambiénAspira a repetir mandato en la Academia, tras cuatro años presidiéndola. ¿Es un cargo que da más energía de la que quita o viceversa?Ex aequo, ex aequo (risas). Me vuelvo a presentar básicamente por dos razones. Primero, porque merece la pena trabajar por la Academia, una institución que ha cobrado gran importancia social y cultural en la vida del cine español. Siento que puedo seguir aportando y siendo útil. Y, por el otro, hay también un aspecto personal: trabajo muchísimo, y si, a mis 82 años, de repente corto radicalmente, no sé qué puede pasar. Lo más probable es que siguiera haciendo mis inutilidades particulares, y que eso me mantuviera en pie. Pero el vacío también da un poco de miedo. Mucha gente me ha dicho que siguiera; yo me he entendido bien con la institución, y con los compañeros, y con los académicos en estos cuatro años. Efectivamente, es un trabajo que chupa mucho tiempo. Entre unas cosas y otras, tengo la agenda completa de la mañana a la noche, de lunes a sábado, y a veces también el domingo. Pero todo eso te da energía y vida. Aunque podría tener energía a base de hablar solo, por ejemplo (sonríe).Que muchos compañeros le pidan que siga en el cargo debe generarle enorme satisfacción. Usted es querido y respetadísimo.Bueno, tengo la sensación de haber tenido mucha suerte en esta vida. Aunque no haya hecho lo que realmente hubiera querido hacer en un terreno hipotético, que era dirigir películas una tras otra. Pero sí he sido afortunado con opciones de trabajo muy distintas, unas mejores y otras peores. Unas que cubrían el expediente de ganar un sueldo y otras que respondían a trabajos creativos o interesantes desde el punto de vista de la gestión. No me quejo. Lo esencial en todo ello ha sido mi condición de aficionado al cine. Con 82 años se acumulan muchos datos, pero lo único que ocurre es que, simplemente, eres viejo. Y no rematadamente tonto, porque se puede ser viejo y rematadamente tonto. Pero con un nivel intelectual medio, al llegar a la vejez acumulas muchos conocimientos y puedes crear la sensación de que sabes mucho, y no sabes nada.Méndez-Leite dirigió la ECAM durante 18 años. ©Enrique Cidoncha - Cortesía de la Academia de Cine¿Siente el síndrome del impostor?Sí, sigo teniendo la sensación de no saber nada, de estar donde no debo, de ser un impostor. Una cosa relacionada con la vejez que sí quiero hacer constar es que llevo muy mal la desaparición de los amigos. A pesar de que les sigo viendo y, sobre todo, les sigo escuchando, a diario y casi en continuidad, como un sonido estereofónico: oigo a José Luis Borau, a José Luis Cuerda, a Emiliano Piedra, a Elías Querejeta, a Sancho Gracia, a Juan Luis Galiardo. A quienes han formado parte de mi vida y ya no están. Es una falta de agarraderas que tengo omnipresente y de forma bastante dolorosa. En definitiva, es la pérdida de tu mundo. También ahí yo tengo muy claro que este mundo no es el mío. Yo disimulo y voy a ver las películas de Apichatpong Weerasethakul, de Radu Jude y de Dea Kulumbegashvili, y finjo que las entiendo (risas). Pero mi mundo es otro...El de Howard Hawks, Alfred Hitchcock...Y el de Jean Renoir y Kenji Mizoguchi. Y Bergman, claro. Ingmar Bergman es clave para mí. Pero sí, vivo esas pérdidas con dolor y desagrado. Aunque en general podría decir que soy bastante feliz, sí hay un poso de infelicidad relacionado con la pérdida de los amigos y del pasado. Y de la dificultad de compartir ese pasado con los amigos de ahora. Me gusta mucho tener amigos jóvenes. Ahora, por ejemplo, al presentarme a la presidencia de nuevo, he montado un equipo con dos vicepresidentes deliberadamente muy jóvenes, el productor Félix Tusell y la actriz Ángela Cervantes. Muy competentes, y muy jóvenes con toda la intención. Porque me ayuda a entender cosas que no tienes la capacidad para asimilar de primeras.No puedo con el tiempo vacío, soy incapaz de quedarme mirando el paisajeFernando Méndez-LeiteAunque hizo varias películas para televisión, solamente dirigió El hombre de moda (1980). ¿Es muy grande el hueco que le ha dejado no haber podido firmar más largometrajes? ¿Cómo se vincula con los asuntos pendientes?Bien, no me torturan especialmente. Lo de dirigir sí me da pena porque quizás es el aspecto esencial de mi profesión y no lo supe manejar bien. No supe vender mis proyectos ni venderme como director. Quizá el error fue aceptar muy joven la Dirección General del ICAA, porque, desde ese momento, me creé una imagen más de gestor que de director. Había dirigido una película, y varias en televisión, pero como que no cuentan. Y no conseguí levantar la segunda.¿Qué pasó?Sobre todo tras hacer La Regenta en 1994, me moví muchísimo con proyectos escritos y acabados, con guiones de distintas clases. Y no lo conseguí, hasta que, hacia 2002, llegué a la conclusión de que ya no lo iba a seguir intentando. Tenía un buen trabajo, era director de la ECAM, me interesaba lo que hacía... Si nadie quiere que yo haga una película, ¿qué se le va a hacer? Y entonces no lo he llevado en ningún momento como algo muy dramático, pero sí ha sido una frustración. Tenía un proyecto estupendo: La mujer que ganó la guerra de España. Una historia situada durante la Guerra Civil sobre las mujeres de la derecha. Eso se ha hecho poco, contar el mundo de la derecha desde una perspectiva de izquierdas. Lo tenía muy claro, incluso tenía el reparto. Ese sí es un proyecto que me dejó una espinita en el corazón, que decía la copla.De todas sus ocupaciones en el mundo del cine, ¿dónde ha sido más usted?(Se queda pensando) Es muy difícil saber quién es uno y qué es más de uno. Diría que el momento más feliz de mi vida profesional fue rodando La Regenta, pero los distintos aspectos de mi personalidad, de mi forma de entender la vida y el mundo, se manifiestan más o menos en todos mis trabajos. Un aspecto importante de mi personalidad es la sociabilidad, la necesidad de comunicación con los demás, de entendimiento, de vivir con tus contemporáneos, con tus amigos, con tus compañeros. Y eso lo he encontrado en todos mis trabajos, incluso en puestos de responsabilidad, porque siempre he trabajado en colaboración estrechísima con mis colaboradores, que unas veces he elegido yo y otras veces me han venido dados. De vez en cuando, en este tipo de cargos de gestión te encuentras con alguien incompatible. Y ahí hay que cortar, no hay otra. Es como cuando te equivocas en la elección de un actor en una película; la has jodido. Pero formar y dirigir equipos es algo que me gusta, y creo tener bastante buen ojo para rodearme de gente con la que me voy a entender. Y se crean relaciones personales, unos vínculos afectivos muy fuertes, que añoras cuando los pierdes, porque la vida te va dando bandazos y te lleva a otros lugares, a otros equipos, a otras actividades. Eso pasa mucho en los rodajes: se crea una enorme afectividad durante seis o siete semanas, y luego no te ves en años.¡El efecto Gran Hermano!Sí, sí, la vida es un poco Gran Hermano. A mí me encanta ese programa. ¡Y me encanta First Dates! Tengo grandes peleas con Fiorella porque por la noche yo quiero ver First Dates, por lo menos un ratito. Me divierte muchísimo (risas).Méndez-Leite. ©Enrique Cidoncha - Cortesía de la Academia de CineNunca imaginé que llegaríamos a lo que hemos llegado; este es un mundo de tontos, dominado por gente como Trump o NetanyahuFernando Méndez-LeiteEn el documental que le dedicaron, La memoria del cine, su voz en off cuenta que últimamente se imagina en la butaca de un cine, viendo en una enorme pantalla imágenes desordenadas de su pasado...Es una sensación que sigo teniendo. El futuro lo veo como Antonio Molina, muy oscuro, trabajando en el carbón. Pero tengo mucha curiosidad por el presente; leo varios periódicos, veo informativos, me interesa el presente. Y lo veo cada vez con más asombro. Nunca imaginé que llegaríamos a lo que hemos llegado. Este es un mundo de tontos, dominado por gente como Trump o Netanyahu. Y por no aludir a lo de aquí, no puedo hacerlo por mi cargo (sonríe).Respecto al documental y a imaginarse viendo la película de su vida, ¿le gusta lo que ve?Sí, claro. Estoy muy agradecido a quien haya que agradecérselo. He tenido una vida llena de posibilidades y he podido vivir en el mundo que me apetecía desde mi más tierna infancia, el del cine. Luego han llegado muchas otras cosas que me han apasionado. Ha habido cosas buenas, cosas malas, frustraciones y momentos de gran entusiasmo cuando todo es maravilloso, aunque esos duren menos. En general, no puedo más que estar encantado con mi vida. La gente me trata muy bien, tengo unos hijos estupendos. Y tengo la mejor mujer que podía tener, Fiorella Faltoyano, que es una persona maravillosa y con la que me entiendo y que sabe mucho más que yo de la vida. ¿Que no hice La mujer que ganó la guerra de España? ¡Vaya por Dios, qué se le va a hacer!