“Morirme me daba igual, pero dejar de hacer violines…”. La frase define a la perfección a su autor, David Bagué (Barcelona, 1964), considerado uno de los mejores lutieres de España y con mayor proyección internacional. Más allá de contar con una Creu de Sant Jordi, que no es poco, la Filarmónica de Viena tiene tres instrumentos suyos (dos violines y un chelo) y Leonidas Kavakos, uno de los mejores violinistas del mundo, acumula entre cuatro y cinco de sus violines. No obstante, a la edad de 28 años (ahora suma 61), Bagué empezó un calvario que a punto estuvo de quitarle lo que más quiere en esta vida y que supone su razón de ser: hacer violines. Le diagnosticaron granulomatosis de Wegener, una enfermedad rara del grupo de las vasculitis sistémicas de las que hace pocas fechas se celebró el día mundial.Todo arrancó con problemas articulares. Especialmente en las manos, su herramienta de trabajo. “Recuerdo perfectamente el primer día que sentí el dolor”, relata a La Vanguardia. Estaba en un restaurante con unos amigos y notó de repente un dolor agudo en un tobillo. No le dio mayor importancia.Recuerdo perfectamente el primer día que sentí el dolor”David BaguéLutierSin embargo, este persistió. Y no se quedó ahí. Pasó al otro tobillo al poco tiempo. Y más tarde al hombro, hasta convertirse en una poliartralgia, es decir, dolor articular múltiple. Después de visitar varios médicos, acabó en un reumatólogo que le diagnosticó artritis reumatoide. “También es una enfermedad autoinmune, pero no era lo que tenía”, razona Bagué. Lo empezaron a tratar con corticoides y quimioterapia en pastillas, la más agresiva que había en ese momento.Con el tratamiento, el dolor se fue estabilizando, aunque lo peor estaba por llegar. De súbito, le aparecieron unas fiebres muy altas acompañadas de tos intensa. Y una radiografía hizo saltar todas las alarmas: mostraba dos lesiones pulmonares, de 8 cm y 10 cm respectivamente, que implicaron su ingreso inmediato. “Pasé unos días horrorosos: vómitos, fiebre disparada…”.La Filarmónica de Viena, entre otras, o el violinista Leonidas Kavakos, uno de los mejores del mundo, tienen instrumentos hechos por Bagué LV / Ana JiménezSu neumólogo, que trabajaba en el Vall d’Hebron, fue claro. “Tiene muy mala pinta”, le dijo, y le avanzó que sufría una enfermedad autoinmune, aunque no sabía cuál todavía. Además, en el hospital asociaron sus lesiones pulmonares con los problemas articulares. Con el tiempo, llegó el diagnóstico: granulomatosis de Wegener.“Esta patología afecta a los vasos sanguíneos de tamaño pequeño, los que van a los órganos (riñón, pulmón, cerebro…)”, explica la doctora Roser Solans, especialista en enfermedades autoinmunes y que trata a Bagué en el Vall d’Hebron desde hace 30 años.Esta patología afecta a los vasos sanguíneos de tamaño pequeño, los que van a los órganos”Roser SolansEspecialista en enfermedades autoinmunes del Vall d'HebronRelata que se puede confundir con enfermedades de tipo reumático, porque a veces al enfermo se le hinchan las articulaciones. “Pero la patología es mucho más que eso”, advierte. “Puede empezar así, pero luego ir inflamando los vasos de los órganos”, añade.Según la enfermedad que uno tenga del grupo de las vasculitis sistémicas y los órganos que estén afectados, el tratamiento es más o menos intenso. Normalmente, se trata con cortisona en dosis muy altas. También se administran inmunosupresores para reducir el número de glóbulos blancos, que son los que atacan al organismo. “Si afecta a los riñones [no es el caso del lutier], pueden dejar de funcionar y el paciente acabar en diálisis en cuestión de días o semanas. Son enfermedades graves”, recuerda Solans.La enfermedad es devastadora”David BaguéLutierCiertamente, Bagué llegó al límite. “Mi deterioro, en aquel momento, era muy importante. La enfermedad es devastadora. Tuve la sensación de que me iba de este mundo, hasta el punto que llegué a despedirme de mi familia”, arguye.Tras dos años muy intensos –ingresos, controles analíticos semanales, un sinfín de biopsias y también, otra vez, quimio-, empezó a ver la luz. Hasta hoy, que afortunadamente está asintomático, aunque pasa controles cada seis meses. “La sanidad pública me salvó la vida”, afirma. No obstante, arrastra secuelas: es hipertenso, padece algo de osteoporosis… Incluso hace unos años sufrió una trombosis, por lo que toma también anticoagulantes. Bagué lleva 30 años conviviendo con la enfermedad LV / Ana Jiménez“Estar vivo es muy peligroso, peligrosísimo”, asevera Bagué. Así, con sarcasmo, es como dice que ha conseguido sobrellevarlo todo. También le han ayudado, aunque pueda parecer contradictorio, los problemas de salud que arrastra desde pequeño: dislexia, TDAH y una displasia de caderas (hace unos cinco años que lleva prótesis) que le obligó a llevar aparatos ortopédicos en el colegio. “La mochila que siempre he arrastrado me enseñó ya hace muchos años a comprender que la existencia es finita”.Estar vivo es muy peligroso, peligrosísimo”David BaguéLutierSu mayor temor siempre fue tener que dejar de hacer violines. “Quiero morir como Molière, en el taller, que es mi sanatorio”, concluye.Licenciado en Periodismo por la UAB, trabaja en La Vanguardia desde el 2010. Actualmente, en la sección de Sociedad, donde escribe sobre salud, ciencia o educación. Antes había trabajado en la Cadena Ser y COM Ràdio. jfita@lavanguardia.es