Si el tiempo es el Mediterráneo y la barca su voz, Maria del Mar Bonet lo surca con calma, pausa y sosiego. Ajena a vaivenes y ruidos, dejando remansos de agua encalmada y manteniendo siempre su propio curso, la cantante mallorquina ha dejado atrás 60 años de travesías que justo ahora comienza a celebrar. El Palau de la Música fue el primer puerto de este crucero, que en breve, en octubre, la devolverá a su significado Olympia de París. Pero no es tiempo de mirar atrás para Maria del Mar, que con un nuevo disco reverdece un repertorio magnífico, muestra un estado espléndido con una voz que gana cuerpo y evidencia que mirar atrás, por mucho recuerdo y logro que haya, no exime la mirada hacia adelante. Eso demostró de exquisita manera en el recinto modernista.Como ella misma dijo en el arranque del concierto, “el Palau es un jardín de luz y de flores”, aún más iluminada por el atardecer que se colaba por las cristaleras que por la luz artificial del escenario. Fue un declinante acompañamiento que dio un entorno aún más bello a un concierto sobresaliente, con un quinteto con predominancia de cuerda acústica en el que ella se situó como parte del mismo, sin ocupar un primer término, una manera implícita de significar la importancia de la formación. Comenzó con un tema antiguo y precioso como Nina, ninona, pautado por contrabajo –Marko Lohikari- y bongos –José Llorach-, que como dijo, cantó junto a la siguiente pieza, Abril, con su memoria en la Revolución de los Claveles, y con Cançó de la bona mort, en la sala parisina que tantos recuerdos le trae, todo y que fue en el Palau donde la interpretó por vez primera. Desde el inicio la cuerda matizada, con laúd –Toni Pastor-, guitarra acústica –Marc Grasas-, violín –Benjamí Salom- contrabajo y una percusión acariciada y sutil pautaron las composiciones, estampas de un Mediterráneo que sonaba a madera y cuerda pulsada y frotada. El ritmo tomó más cuerpo con La dansa de la primavera y los aires festivos de Des de Mallorca a l’Alguer la llevaron a interpretarla en pie, justo antes de la hermosa concisión folk de Me n’aniré de casa.A partir de este punto el concierto encontró a la nueva Maria del Mar Bonet, la de su excelente nuevo disco L’aigua no cansa, una renovación de su pacto con la belleza y con este mundo contradictorio donde el agua puede ser fuente de vida eternamente renovada y también de muerte, como cantó en S’aigo no, entre los aplausos que despertaron sus denuncias a la incompetencia de algunas autoridades valencianas durante las riadas, denuncias por ella cantada casi con furia sobre la tangible sonoridad del contrabajo. Todo el nuevo disco pasó por escena, como pintura y carena de su embarcación de siempre, con momentos como ese delicioso y levemente arabizante Blaus i blaus con su exigente estribillo, las palmas y percusión que tramaron junto a la voz L’aigua no cansa, la estupenda versión de un clásico recuperado, Sa ximbomba, esa Nit que aborda en clave poética el dormir o la retranca popular de la Cançó dels disbarats en su proximidad saltarina con la tarantela.Con el tronco del concierto ya mostrado, los músicos se retiraron del escenario y reapareció Maria del Mar sólo con su pianista Gori Matas para interpretar Lluna de pau, una bella canción sobre algo tan feo e inhumano como las guerras. La voz de alma profunda de la mallorquina, ya casi en celebración, aún regaló cinco temas más, entre los que no faltó Què volen aquesta gent y La balanguera, una forma de decir que el pasado no debe abandonarnos por mucho que el presente nos renueve. Y en ese presente vive Maria del Mar Bonet, una estrella que podía haber iluminado el Palau aún sin luces.
La nueva Maria del Mar Bonet de siempre
La intérprete mallorquina bordó un delicado concierto presentando su nuevo disco, ‘L’aigua no cansa’













