El sociólogo César Rendueles (Girona, 1975) aborda la despolitización de las tecnologías digitales en el ensayo Redes vacías. Tecnología catastrófica y el fin de la democracia (Cuadernos Anagrama), donde reflexiona sobre la transición del tecnoutopismo al cibercatastrofismo y contrapone el solucionismo digital al pánico moral. Científico titular en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), también explica cómo internet se convirtió en el feudo del populismo, la extrema derecha y los gigantes tecnológicos, al tiempo que cuestiona propuestas como la prohibición del uso de móviles a adolescentes.Publicidad¿Cómo pasamos tan rápido del tecnoutopismo al cibercatastrofismo?Durante muchos años, el tipo de afectos y sensaciones que rodearon la tecnología digital eran claramente utópicos. Tenían que ver con las esperanzas de un futuro mejor que llegaría casi automáticamente a través del desarrollo científico y técnico. O sea, la tecnología digital solucionaría los grandes problemas a los que nos enfrentamos (económicos, ecológicos, laborales, educativos, culturales, etcétera), pero fue una ilusión. Cuando se desmoronó ese espejismo, no despertamos a la realidad, sino que construimos otro espejismo de tono contrario, fúnebre y distópico. Seguimos viendo la tecnología como algo todopoderoso, aunque ya no como una fuente de soluciones, sino de problemas de todo tipo. Y leemos los grandes dilemas de nuestro tiempo —el autoritarismo, el fin de la democracia o la crisis ecológica— a través del filtro tecnológico. El acelerador de esa descomposición de la utopía y de esa construcción de otro tipo de espejismos fueron la crisis económica de 2008 y, por encima de todo, la pandemia, donde vimos lo fea y triste que era esa utopía tecnológica.Plantea que la pandemia fue un punto de inflexión y que Amazon, Uber o Airbnb "exacerbaron las prácticas de precarización laboral, autoexplotación, concentración monopolista y financiarización para, a continuación, implicarse activamente en la promoción del despotismo iliberal y la ilustración oscura".Durante la pandemia se hizo realidad la sociedad red, eso que nos habían estado diciendo durante décadas de que íbamos a convertirnos en individuos hiperconectados y que la tecnología iba a mediarlo todo. Eso fue interesante por dos motivos. Primero, porque se hizo evidente que hace falta algo tan violento y terrible como una pandemia para que esas fantasías tecnoutopistas se hagan realidad. O sea, que no era algo hacia lo que tendiéramos naturalmente, sino que fue necesario que el Gobierno nos encerrase a todos en casa para que empezáramos a vivir 24/7 en internet. Y segundo, comprobamos que, lejos de ser una especie de utopía futurista donde estaríamos ultraconectados con gente de todo el mundo, como nos decían, lo que vimos fue una cosa bastante triste: la música en streaming no sustituía un concierto de verdad, las videoconferencias eran una simulación del contacto cara a cara, el teletrabajo era peor que el presencial para algunas cosas… Realmente, todo era un simulacro empobrecido de nuestra vida analógica tradicional. Por eso la pandemia fue un punto de inflexión importante en este giro oscuro de nuestra percepción de la tecnología digital.Pasamos de la idea de igualdad a la mercantilización. ¿Por qué la esperanza de un mundo más democrático se convirtió en el feudo del populismo, la extrema derecha y los gigantes tecnológicos?Después de la crisis de 2008, cuando prosperaron movimientos que aspiraban a profundizar en la democracia económica, política y social por todo el mundo —15M, Occupy Wall Street, Primaveras Árabes—, se depositaron demasiadas esperanzas en el papel que podía desempeñar la tecnología digital. Se pensaba que podía ser un acelerador de esos procesos de democratización y que estábamos ante un giro crítico mediado tecnológicamente que permitía nuevas formas de deliberación, de organización y de intervención democrática. Descubrir que no era verdad, sino un espejismo, supuso un jarro de agua fría. Sin embargo, para los proyectos de extrema derecha y autoritarios es mucho más fácil intoxicar, destruir y generar un ambiente populista. Lo único que necesitan es convencer a la gente de que tenga miedo y rencor, de que desconfíe de los demás y de que precisa un líder fuerte que le ofrezca protección en un mundo hostil. Y eso es, desde luego, mucho más fácil que construir lazos de apoyo mutuo, de colaboración y de solidaridad, así como llegar a acuerdos para crear organizaciones igualitarias basadas en la confianza."Es mucho más fácil generar miedo que construir lazos de solidaridad y organizaciones igualitarias basadas en la confianza"Frente a ambos extremos, tecnoutopismo y cibercatastrofismo, usted aboga por desfetichizar la tecnología.Yo no planteo que la tecnología importe poco en nuestras vidas o que no sea un elemento muy importante en el cambio social, porque evidentemente influye muchísimo en la economía, la cultura o la educación. Sin embargo, poner el foco exclusivamente en la tecnología digital como factor privilegiado de cambio social nos impide abordar con realismo esas dinámicas de cambio tecnológico. Somos muy miopes para saber qué tecnologías van a ser más influyentes a medio plazo. Y si echamos la vista atrás, en los últimos veinte o treinta años ha habido un montón de burbujas mediáticas o económicas en torno a ciertas tecnologías digitales que luego se han quedado en nada. Y las que han tenido más peso estaban combinadas con otras tecnologías a las que prestamos menos atención y que no forman parte de lo que habitualmente consideramos tecnología digital. Por ejemplo, la gran revolución tecnológica de nuestro tiempo son los avances en energías renovables, sobre todo en el paquete de células fotovoltaicas y baterías, porque suponen un auténtico giro en la base económica de nuestra civilización. Sin embargo, solemos prestar muchísima menos atención a eso que a la inteligencia artificial.PublicidadDe hecho, usted plantea que la IA podría acabar como un Second Life, o sea, que no se sabe si cambiará nuestra sociedad.La inteligencia artificial ya está transformando algunos nichos de empleo y tendrá un impacto muy grande, por ejemplo, en la traducción. En algunos ámbitos será menor y en otros, marginal. Ahora mismo es muy difícil saber en qué medida va a ser más o menos extensa esa influencia. Una cosa es que una tecnología pueda transformar potencialmente un sector económico y otra que se den unas condiciones laborales, económicas o sociales para que eso se produzca. Hace falta cierto punto ya no digo de escepticismo, sino de agnosticismo, porque no se sabe realmente qué influencia va a tener ese conjunto de tecnologías a las que llamamos inteligencia artificial. Pensar que la tecnología digital es algo aislado —con una vida y un ritmo propios— y la variable independiente que va a transformar todo resulta muy ingenuo.Critica que la sociedad acepte someterse a la dictadura tecnológica, como si no pudiese hacer nada ni tuviese capacidad de influencia.Esta ilusión de la tecnología digital como una especie de tsunami frente al que no podemos hacer nada —en el pasado de una forma optimista: "No podemos hacer nada porque nos arrastra hacia un futuro de prosperidad"; ahora de una manera más tenebrosa: "Lo único que podemos hacer es buscar protección en una figura de autoridad"— le viene muy bien a los dueños de las tecnologías, porque genera una sensación de indefensión aprendida que te deja paralizado y hace que aceptes lo que te digan que tienes que hacer o lo que te digan que es posible, de modo que en ningún momento asumamos la soberanía tecnológica a la que deberíamos aspirar y seamos capaces de diseñar qué futuro tecnológico y tecnopolítico queremos.Eso nos lleva a los "afectos tristes tecnopolíticos", que considera "una abdicación de nuestra libertad".Sí, es el clima de la época. Esos afectos de pasividad y esa sensación de pérdida de futuro, como si nos enfrentásemos al final de todo —de la democracia, de los ecosistemas, de la paz, de la prosperidad— y lo único que nos quedase es gestionar ese final al que estamos abocados, aunque sin poder construir ningún tipo de alternativa. Yo creo que la vivencia tecnológica en la que nos movemos tiene mucho que ver con eso y con esa sensación de indefensión, pasividad, rencor y desconfianza.Publicidad"La ultraderecha necesita que la gente tenga miedo y rencor para convencerla de que necesita un líder fuerte"En el ensayo contrapone el solucionismo digital al pánico moral, al tiempo que desmiente que los CEO de Silicon Valley lleven a sus hijos a escuelas donde están prohibidos los dispositivos electrónicos, una leyenda urbana cuyo origen es un artículo de The New York Times de 2011.Ni siquiera para construir ese pánico moral —"Las redes sociales son como el fentanilo: te destruyen el cerebro, tienen efectos neurotóxicos profundos y están en la base de todos los males sociales"— somos capaces de tener cierta autonomía y necesitamos incluso la guía moral de esas figuras de autoridad y supuestos genios de Silicon Valley. Eso de que no llevan a sus hijos a escuelas con tecnología digital es mentira, pero a mí qué me importa lo que haga esa panda de politoxicómanos multimillonarios. Son las últimas personas a las que recurriría como guía personal y mucho menos para pensar qué quiero hacer con mis hijos. Me parece que llevan unas vidas terribles, que son individuos moralmente indeseables y que no deberían ser en absoluto un referente en nuestras prácticas pedagógicas ni en ninguna otra. Tal vez tengamos que usar menos las redes sociales y los teléfonos móviles, quizás deberíamos eliminar tecnología de los centros escolares, no lo sé. Es un debate pendiente.En cambio, rechaza la ley seca digital y propuestas como la prohibición del uso de móviles a menores de 16 años.No es que la rechace, sino que me parece que se dejan guiar por un pánico moral cuando ni siquiera se están planteando correctamente los términos del debate. Tratar de la misma manera a un chico de 15 años que a un niño de ocho es un disparate absoluto. Un niño de ocho años efectivamente no debería tocar un teléfono móvil ni con un palo de escoba. Sin embargo, no puedes tratar como a un crío sin ningún tipo de capacidad crítica a un adolescente, al que se le deben plantear con seriedad cuestiones relacionadas con la privacidad, la autonomía o la libertad. Un joven de 13, 14 o 15 años tiene capacidad para participar en esos procesos de autorregulación de la tecnología y, de hecho, es mucho más consciente de los peligros, los riesgos y también de las posibilidades de la tecnología que la mayor parte de la gente adulta que conozco. Al final, medidas como una ley seca digital contribuyen a continuar el fetichismo tecnológico sin plantear alternativas críticas involucrando a los jóvenes y tratando de que sean parte de la solución, en lugar de aumentar el problema.Cultura libre: de la persecución a Megaupload a las migajas de Spotify.Durante la época de los movimientos de conocimiento libre hubo una serie de debates importantes y muy agrios entre los partidarios de eliminar cualquier tipo de restricción a compartir música, libros o la cultura en general y quienes planteaban que eso suponía un problema grave para los que intentaban vivir de la música, la literatura, el periodismo, etcétera. Era un debate real que planteaba dilemas difíciles de resolver. Curiosamente, esos dilemas permanecen, porque la gente que hoy intenta vivir de la música, de la literatura o del periodismo está en una situación igual o peor que la que se planteaba en aquel momento con los torrents, con eMule o con Megaupload, aunque actualmente ya no hay ningún debate alrededor. O sea, como ahora es una multinacional y no usuarios privados compartiendo contenidos quienes generan ese problema, parece que ya no hay ningún dilema ni ninguna capacidad de resistencia. Eso me llama la atención, porque Spotify les está diciendo a los músicos: "No os vamos a pagar un duro y, en el mejor de los casos, os ayudamos a que viváis del directo". Al contrario que antaño, ahora se adaptan. La concentración monopolista genera una situación de indefensión aprendida por la cual parece que no puedes protestar, ni organizarte, ni siquiera dar esa respuesta que antes, cuando era un debate más horizontal, sí se planteaba.En Redes vacías insiste en su concepto de la socioporosis. ¿Estamos todavía más aislados de nuestros vecinos y entornos locales?Creo que sí. Realmente, lo que hizo la hiperconectividad no fue tanto aislarnos como disimular o hacer menos evidentes los efectos de los procesos de individualización generados por el mercado. En ese sentido, estamos en otra fase donde cada vez somos más conscientes de ese aislamiento, pero nos parece que ya no hay nada que hacer porque es inevitable. Hace diez o quince años nos parecía que ese aislamiento iba a ser sustituido por nuevas formas de conectividad digital, aunque ahora nadie se hace ilusiones. Por tanto, vivimos incluso con cierta nostalgia ese mundo analógico, que también tenía un montón de elementos muy negativos, pero no se nos ocurre una alternativa."Un joven de 13, 14 o 15 años es mucho más consciente de los peligros de la tecnología que la mayor parte de la gente adulta que conozco"¿En qué ha fallado la izquierda?La izquierda ha cometido muchísimos fallos, aunque a veces confundimos los fallos con las derrotas. En un momento de resaca y de bajamar de todos esos movimientos igualitaristas y democratizadores, tendemos a ser muy autocríticos con lo que hemos hecho mal y somos poco conscientes de que las fuerzas a las que nos oponíamos eran extremadamente poderosas, estaban bien financiadas y han sido muy hábiles para construir sus alternativas antidemocráticas y autoritarias. Además, lo que proponíamos era muy difícil de llevar a cabo. En este momento en el que hay tantas peleas y un diagnóstico tan amargo de lo que no llegó a ser, me gusta insistir en que fue una derrota antes que un error o un conjunto de equivocaciones.
César Rendueles: "Un niño de ocho años no debería tocar un móvil ni con un palo de escoba"
El sociólogo reflexiona en el ensayo Redes vacías sobre el paso del tecnoutopismo al cibercatastrofismo.









