Madrid es una ciudad con una relación difícil con los contenedores de basura. La última gran crisis económica, que tuvo que gestionar Ana Botella desde la alcaldía, arrojó unos servicios de recogida precarios, insuficientes para la ciudad, que ocasionaron numerosas quejas. Como este tipo de adjudicaciones se otorgan por varias legislaturas (normalmente ocho años), Manuela Carmena acabó heredando estos mismos contratos y también las quejas, hasta que llegó Almeida.
En el año 2022, una vez cumplido el servicio anterior, el Ayuntamiento pudo adjudicar un nuevo contrato de recogida de residuos, esta vez con abundancia de recursos. Decidió gastar un 70% más y dotar de muchos más medios a la ciudad para retirar cada noche los contenedores de diferentes colores en los que los madrileños depositan sus residuos caseros. Iba a dedicar a esta partida 1.369 millones del presupuesto municipal (impuestos no incluidos) hasta el año 2028, la cifra más elevada en cualquier contrato municipal. Parece mucho, pero finalmente será más. Por un error de cálculo.
Con el objetivo de conseguir cada vez mejores cifras de reciclaje, el área de Medio Ambiente había previsto en el nuevo contrato ir reduciendo los días de recogida del contenedor dedicado a restos, el de la tapa naranja. La lógica era que si la basura se fraccionaba correctamente (envases al amarillo, papeles al azul, orgánicos al marrón, por ejemplo) habría muy poca basura que echar en este tipo de recipientes. Y empezó a experimentarlo en mayo de 2023.







