Una sinécdoque retórica puede hacer mucho daño. Lyon es prueba de ello. La sinécdoque es un tropo que consiste en tomar la parte por el todo. Y a Lyon le han colgado la etiqueta de excelencia gastronómica. “Capital mundial de la gastronomía”, pontificó el gran Curnonsky hace ya casi un siglo. Y todo el mundo está de acuerdo. Pero esa cualidad o virtud indiscutida deja en penumbra otros aspectos no menos vibrantes de esta urbe compleja. Quien acuda guiado solo por el aroma de las marmitas va a quedar deslumbrado por los muchos reclamos de la tercera ciudad más importante de Francia.Fue el mítico chef Paul Bocuse (1926-2018) quien puso a Lyon en el mapa de golosos y gourmets. Pero la cosa venía de lejos. Concretamente, de las llamadas “madres de Lyon”, modestas cocineras que habían trabajado en los fogones de la nobleza o la burguesía y se lanzaron a abrir restaurantes populares, ya a finales del siglo XVIII. Supieron empoderarse cuando aún no se había inventado la palabra. Y volvieron a alcanzar relieve en los años treinta del siglo pasado, cuando la gran crisis mundial. Una de ellas, Eugénie Brazier, apodada la Mère Brazier, fue la primera mujer en obtener tres estrellas Michelin. Paul Bocuse fue uno de sus pinches de cocina. A lo largo de más de 50 años, Bocuse mantuvo tres estrellas en sus restaurantes Auberge du Pont de Collonges y Paul Bocuse Collonges-au-Mont-d’Or, al norte de Lyon. Además, fundó el Instituto Lyfe para formar a jóvenes cocineros, y da nombre a Les Halles de Lyon Paul Bocuse, el mercado cubierto más prestigioso de la ciudad, donde además de víveres puede uno disfrutar de numerosos puestos de comida. Lyon es la ciudad que tiene más restaurantes por habitante en toda Francia. Hay unos locales muy castizos llamados bouchons que, en un ambiente informal y distendido, ofrecen platos populares sometidos siempre a una exigencia de calidad. Hay un par de calles que son puro hervidero gastronómico, concretamente la Rue des Marronniers y la Rue Mercière, cerca del río Ródano, por no hablar de las turísticas Rue y Place Saint Jean, en torno a la catedral gótica de St. Jean.Pero si Lyon es una meca para comilones, mucho más debería serlo para cinéfilos. Es la cuna del cine. Los hermanos Louis y Auguste Lumière inventaron el cinematógrafo en la primavera de 1895. Crearon no solo el arte, sino la industria del cine. Mucho antes de que este aterrizara en Hollywood —los primeros estudios como Universal o Paramount se establecieron allí en 1912—, los hermanos Lumière convirtieron el barrio de Monplaisir en un vivero del séptimo arte, levantaron hangares donde se rodó la primera película de la historia (Salida de los obreros de la fábrica Lumière; 1895), emplearon a centenares de operarios, enviaron camarógrafos a lugares exóticos como El Cairo, Venecia, el desierto... Y por primera vez la gente pudo ver ciudades y regiones no en dibujos o fotografías, sino bullendo y respirando de forma animada.La villa familiar de los Lumière, un suntuoso palacete, es ahora el Museo Lumière, junto con el jardín y los hangares donde producían sus películas. Los padres, Antoine y Josephine, hicieron construir la villa en 1901; de sus cinco hijos, los dos inventores eran los mayores. Inventaron y patentaron muchas cosas, productos fotográficos e incluso cámaras que estuvieron en el mercado hasta los años sesenta del pasado siglo.Pasado y presenteLa ciudad que aportó a la modernidad el cine es, en realidad, muy antigua. Fue fundada por los romanos en el año 43 antes de nuestra era, con el nombre de Lugdunum, sobre una colina de la ribera derecha del río Saona. Descubrir la antigua Lugdunum lleva tiempo y esfuerzo. En el flanco de la colina siguen acogiendo público dos teatros, uno más grande flanqueado por otro más chico, odeón o teatro de cámara para recitales de música o poesía. Y acogen no solo a turistas diurnos, también se aprovechan para espectáculos veraniegos al aire libre.Pegado a los teatros se construyó en 1975 un museo invisible. Por fuera, se ve solo una pendiente cubierta de vegetación salvaje. El Lugdunum-Musée es un tobogán subterráneo de hormigón que desde un quinto piso va deslizándose hasta el nivel de acceso a los teatros. A un lado y otro de esa rampa continua se muestran vestigios que van desde la prehistoria y época gala al periodo tardo romano y llegada del cristianismo. Predominan las muestras lapidarias e inscripciones, pero hay también grandes mosaicos, sarcófagos y esculturas. Y un afán didáctico machacón, como si antes que nada se tratara de ilustrar a los críos —que pueden disfrazarse de romanos, jugar y enredar—.En esa misma colina, coronando la cúspide, la basílica de Nôtre Dame de Fourvière se impone a la vista desde cualquier ángulo de la ciudad como un potente icono, más castillo que templo, con sus cuatro torres angulares. Por dentro, es un delirio neobizantino, esplendoroso, sin un centímetro de pared o techo libre de mosaicos, pinturas y arrequives broncíneos.La visión que en esta colina se obtiene de la antigua Lugdunum, y del Vieux Lyon medieval acurrucado a sus pies, se puede completar en el magnífico Museo de Bellas Artes, que está en la Place des Terreaux, junto al Ayuntamiento. Es uno de los más completos del país y ocupa un antiguo convento de hechuras desmedidas. Allí puede verse desde antigüedades romanas o egipcias a un buen muestrario de arte francés, del clasicismo al impresionismo o las vanguardias. Hay en Lyon 30 museos, pero este es, con diferencia, una cita obligada, junto con el ya mencionado museo romano y el sorprendente Musée des Confluences.Este último se encuentra en la punta de la lengua o la Presqu’île (la Península) que conforman, discurriendo en paralelo, los ríos Saona y Ródano antes de alcanzar su confluencia. El Musée des Confluences choca de entrada por el nombre: el plural convierte al accidente físico en concepto metafísico. Porque el museo, especie de enorme y fulgente artrópodo de cristal, es justamente eso, un ámbito donde confluyen diferentes etapas y visiones del hombre y sus culturas. Una acumulación que está en su propio origen: un “gabinete de curiosidades” del siglo XVII al que luego se fueron sumando colecciones de historia natural, o incluso pequeños museos (como el Museo de las Colonias, creado en 1927). A diferencia del museo típico, muchos de los objetos expuestos se pueden tocar, hay un marcado afán didáctico para que los más pequeños toquen, comprendan, jueguen. Resulta emocionante, por ejemplo, poder tocar con los dedos un polvo de estrellas anterior a la formación del sol. A Antoine de Saint-Exupéry —que nació en Lyon en el año 1900 y está omnipresente, junto con El Principito, en las tiendas lionesas de regalos— le hubiera fascinado este contacto estelar.Roma y cualquier ciudad antigua que se precie fueron fundadas sobre siete colinas. A Lyon le bastan dos. Pero, ¡qué colinas! No quiero pensar en el día que se averíen sus respectivos funiculares. La colina opuesta a la ciudad romana y al Vieux Lyon medieval es la colina de la Croix-Rousse, llamada así por una cruz oxidada, nada que ver con la Cruz Roja. Esa colina es el barrio de la seda, otra de las señas de identidad de Lyon. Allí trabajaban los llamados canuts, operando telares que ideó J. M. Jacquard para un mejor rendimiento. En el siglo XVI, Lyon era el taller de muchos de los brocados y telas finas que vestían a las cortes europeas. En el barrio, que es como un pueblo independiente, se puede visitar La Maison des Canuts, discreta muestra que habría que completar con el Musée des Soieries Brochier, abajo, en la Península, incrustado en el antiguo Hôtel-Dieu u hospital asomado al Ródano, hoy un complejo comercial y hotelero de lujo. Adquirir artículos de seda es posible en los dos lugares citados, pero también en muchas boutiques del centro, como el atelier Saint-Georges de la calle St. Jean.Es en la parte central de la península, así como en el Vieux Lyon, donde late el pulso de la ciudad con mayor intensidad. Una ciudad a la medida humana cuyo núcleo se puede recorrer a pie o en bicicleta o en barco —recientemente ha entrado en servicio el llamado navigone, especie de vaporetto o lanzadera de línea que recorre el corazón perimetrado como patrimonio de la Unesco desde 1998—. Si el tiempo es amable y los cercanos Alpes no envían un aliento frío, los muelles del Saona se cubren de hileras de enamorados o amigos que, con los pies casi en el agua, se apartan del bullicio de terrazas y plazas de las calles interiores. Definitivamente, ese es el mejor regalo y señuelo de Lyon, una ciudad bon vivante, que sabe vivir bien.