No me sorprende que se hable tanto de Puerto Rico por estos días. Hace unas semanas estuve allí, reunido con un grupo de colegas para hablar de lo que le ocurre a la lengua española en los Estados Unidos de Trump, y pude constatarlo: en esa isla paradójica, nación y colonia al mismo tiempo, el lugar de nuestra lengua está en el centro de la conversación. Lo está desde hace unas semanas, cuando, en el intermedio de un partido de eso que llaman fútbol americano, un cantante cuya música yo nunca había escuchado (y no he escuchado todavía, para ser sincero) convirtió esa pausa rutinaria, meditadamente diseñada para la inanidad y el más bobo consumismo, en una asombrosa declaración de rebeldía. Y, si me apuran, de coraje cívico: pues para hacer lo que hizo Benito Antonio Martínez Ocasio en esos pocos minutos se necesita un arrojo que no se encuentra con facilidad en nuestros días, porque requiere enfrentarse a fuerzas muy poderosas que cuentan con altavoces muy potentes. Que a uno le guste o no su música es, para todos los efectos, lo de menos.En estos tiempos extraños, se me ocurre a veces, una de las medidas del valor de las cosas es la irritación que le causen a Trump: la posición de España sobre la guerra contra Irán, las declaraciones de sentido común del papa León XIV, la regulación de las plataformas digitales que propone Australia. Pues bien: si aceptamos esta regla, aunque sea con beneficio de inventario, habrá que convenir que Bad Bunny nos dejó una de las metáforas de nuestro tiempo. Con su puesta en escena de cierta idiosincrasia latinoamericana (aunque fuera a punta de clichés: pero los clichés lo son porque cargan una verdad profunda que le importa a la gente), con su uso desacomplejado de un español impuro y callejero, y, sobre todo, con su recorrido cantado por los países del continente, Bad Bunny convirtió aquel intermedio anodino en una cifra del momento político, una defensa de la mezcla en tiempos de esencialismos y de la inmigración en tiempos de xenofobia, y un memorando de los poderes del arte —y de la ironía y la desfachatez— para decir cosas que de otra forma no se pueden decir. Y entonces vino la reacción de Trump. “No se le entiende una palabra”, dijo. “Es una cachetada a Estados Unidos”.Quería decir, como después nos aclararon sus seguidores, que el cantante había ofendido algo al cantar todo el tiempo en español, en su español idiosincrásico y boricua y reguetonero que ni yo mismo entiendo. Alguien me mostró por esos días el comentario sin desperdicio de un seguidor MAGA: “Si la Biblia fue escrita en inglés, no había razón para que el Super Bowl no lo fuera también”. No sé si le hayan explicado a tiempo que el rey Jacobo I no es en realidad el autor del Génesis, pero no importa: en las reacciones que provocó ese momento de rebeldía me pareció ver reflejado lo que está ocurriendo en Estados Unidos, un país fundado sobre la inmigración que ahora se ha dedicado a la invención del inmigrante como enemigo. Los bárbaros vienen de muchas partes (de los shithole countries o de ese Haití cuyos nacionales se comen a los gatos y los perros de la gente de Springfield), pero vienen sobre todo de América Latina. Y han sido tremendamente útiles para las campañas políticas del trumpismo. “¿Qué nos va a pasar cuando no existan los bárbaros?”, se pregunta el poema de Kavafis. “Esta gente siempre fue una solución”. Sí, los latinoamericanos son una solución en los Estados Unidos de Trump: permiten mantener viva la amenaza del otro; permiten mantener viva la paranoia del Gran Reemplazo; permiten que el movimiento MAGA se preocupe por el peligro que representa la lengua española, la lengua de los bárbaros, que invade los lugares —­como el intermedio de un Super Bowl— tradicionalmente reservados al inglés. Es decir: hay unos Estados Unidos, los del trumpismo, donde el español introduce un elemento molesto, contaminante y distorsionador. Hace alrededor de un año la página web de la Casa Blanca borró su contenido en español, y la decisión fue toda una declaración de intenciones: queremos una sola lengua y una sola cultura, venía a decir el Gobierno, queremos construir un muro cultural que acompañe al muro real pero incompleto de la frontera mexicana, ese lugar que es, para una parte del imaginario trumpista, el lugar donde comienza el español. Sólo debe existir una lengua, venían a decir, la lengua del poder político. Y yo lo entiendo bien, por supuesto, pues la presencia de otras lenguas da poder a quienes las usan, y se lo disputan por lo tanto al poder central: y eso es intolerable. El problema es que la búsqueda de la supremacía de una lengua tarde o temprano acaba por buscar la supremacía de una raza. El otro problema —para los supremacistas— es que se trata de una guerra perdida. Los que recelan de las lenguas que no son la suya pueden censurar, pueden perseguir, pueden deportar, pero el lenguaje de los bárbaros siempre termina por quedarse. “La infinita secuencia de significados de Gilgamesh o del Quijote”, dice Alberto Manguel en una vieja conferencia tan joven como todo lo que escribe Manguel, “abre reinos de significado sobre incontables asuntos —la identidad personal, la relación con el poder, los deberes y las responsabilidades sociales, el equilibrio de la acción— todos los cuales pueden implicar, en un momento dado, un cuestionamiento del poder y un llamado a la resolución de las injusticias”. Es posible que eso haya sido exactamente lo que hizo Benito Antonio Martínez Ocasio: no sólo una puesta en escena de una identidad, la de América Latina, sino un cuestionamiento del poder y un llamado a la resolución de las injusticias. Durante el intermedio del Super Bowl no dejé ni por un instante de pensar en La guaracha del Macho Camacho, de Luis Rafael Sánchez: una maravillosa novela que se escribió tanto para ser leída como para ser escuchada, cantada con nuestra voz interior y escuchada por nuestro oído interior; una novela que es música y nos enseña a oír distinto, a oír mejor. ¿A quién? Al otro: al otro que habla nuestra lengua. Pensé entonces que esas novelas y esos cuentos y esos poemas que escribimos son producto de siglos de influencias cruzadas. Nuestra lengua común es menos común de lo que parece, pero en eso está su poder: es un material que asume las voces boricuas o náhuatl, árabes o lunfardas, y construye un territorio común, pero a la vez heterodoxo. Nuestra lengua carga en ella siglos de historia, y la extraña magia de su funcionamiento está en el hecho de que la historia colombiana, por decir algo, se convierte, gracias a la lengua común, en parte del pasado de los españoles; y la historia de España, que ha quedado plasmada en la lengua española, se convierte también en parte de mi pasado colombiano. El pasado sólo existe cuando lo contamos o cuando alguien nos lo cuenta. Si esto es verdad, y yo creo que lo es, habría que pensar en el pasado de España y América Latina como un espacio de lengua compartida: la lengua en la que lo contamos. También para esto se escriben novelas, me digo a veces: para abrir espacios donde quede en mi lengua el rastro de nuestra memoria, el archivo de nuestras emociones y el depósito de nuestras vivencias.