En Belgrano no hace falta aclarar quién es y quién fue: alcanza con nombrarlo para que aparezcan el potrero, la pegada, el pase filtrado justo en los partidos claves. Hoy trabaja dentro de la estructura del club, camina el predio de Villa Esquiú, habla con los pibes, acompaña procesos. Pero el jugador sigue ahí, intacto, escondido apenas debajo del buzo institucional. Luis Ernesto Sosa sabe de qué se trata “a lo Belgrano”; por eso, por estas horas vive la adrenalina de saber que el club tiene una cita ante la historia grande.
La final del Pirata ante River en el estadio Mario Kempes atraviesa a ‘Chiche’ como si todavía tuviera que salir por el túnel. Tiene unas ganas bárbaras de jugar. “Aunque sea un rato”, le dice a Perfil Córdoba, y se imagina una pared con el ‘Chino’ Zelarayán o con el ‘Mudo’ Vázquez. “Hoy me toca estar viviéndolo desde otro lugar. Uno nunca deja de ser jugador, lo será toda la vida, y esas ganas de jugar van a estar. Hoy trabajo en el club y eso me permite no perder mi esencia”, dice, y entre risas reconoce que el cuerpo ya no responde para esas aventuras, aunque la cabeza, sí.
Y quizás por eso la ansiedad se vuelve todavía más feroz. Sosa habla del partido como hablan los que nunca se retiraron del todo. El domingo pasado jugó un encuentro familiar y terminó exhausto, al límite, mientras su hija le pedía por teléfono que se calmara antes de que le pasara algo. Se ríe cuando lo cuenta, pero no exagera: lo vive así y lo siente así. En su mundo, el fútbol no se abandona: apenas cambia de escenario. Belgrano llega a una cita histórica. ‘Chiche’ ya no tiene puestos los botines, aunque estará apoyando como todo el pueblo ‘pirata’, esperando que la historia le regale esa alegría por la que tanto soñó.















