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Por un momento, intente hacer el ejercicio de leer los siguientes comentarios que han surgido en el marco de las elecciones presidenciales y trate de ponerle cuerpo y nombre a quien cree que los recibió: “Ningún chaleco antibalas le sirve a ese desproporcionado cuerpo”, “falsa líder sin gestión propia”, “lo único que ha hecho es gritar”. O estos: “por su condición de arepera y machorra no puede tener hijos, y por lo tanto no sabe lo que es parir”, “del partido de la gritona”, “es machorra verdulera”. Y también: “a duras penas sabe leer y escribir y quiere salir de pobre con el dinero público”, “su único logro es ser indígena”, “mal hablada”. O estos otros: “ni idea quién es esa señora”, “es irrelevante”, “esta cucha tan cucha”.

Todos estos comentarios fueron publicados en redes sociales contra las mujeres que el 31 de mayo estarán en el tarjetón, compitiendo por la Presidencia y Vicepresidencia del país. Figuras con ideologías, propuestas, trayectorias y orígenes distintos, pero cuestionadas por la misma vara: los estereotipos de género.

Se trata de Paloma Valencia, senadora y candidata presidencial por la Gran Consulta por Colombia, juzgada por su apariencia física y señalada como ficha estratégica del expresidente Álvaro Uribe. De Claudia López, candidata que compite con su partido independiente y quien ha sido atacada por ser una mujer abiertamente lesbiana. También de Aida Quilcué, fórmula vicepresidencial de Iván Cepeda por el Pacto Histórico, senadora y lideresa indígena del Cauca, que ha enfrentado comentarios racistas por su identidad étnica. Y de Edna Bonilla, candidata por Dignidad y Compromiso en fórmula con Sergio Fajardo, exfuncionaria de la Alcaldía de Bogotá y profesora de la Universidad Nacional, cuestionada incluso por su baja visibilidad en el debate público.