Resume e infórmame rápidoEscucha este artículoAudio generado con IA de Google0:00/0:00Todavía faltan siete días para que abran las urnas y sepamos qué tanto acertaron, se equivocaron o nos manipularon las encuestas, pero hace rato que está claro quién ganó: en estas elecciones presidenciales en Colombia triunfaron la falta de ideas y de debate, la violencia digital, la marrulla, la hipocresía, la desfachatez, el embuste y el show. No es que los anteriores comicios de este tipo hayan sido propiamente ejemplo de juego limpio y pulcritud, pero en estos cada vez se robustece más la lista de lo indecoroso, y lo que falta por saberse. En el buen análisis de la política electoral de nuestra historia reciente siempre se dice que la podredumbre es más explícita en las legislativas y locales, con sus componendas y ríos de billete comprando votos al detal, y que la de presidente suele ser una elección más emocional. Como nunca, esa supuesta dimensión emocional está hoy administrada por el cálculo, la propaganda y el miedo de un aparataje, muy en sintonía con lo que ha pasado en buena parte del resto del mundo. Y muy en sintonía también con esa crisis global, a este panorama ha hecho su aporte el periodismo. El mal periodismo, digo. El que no lo es, el perverso. No el que duda y con método se puede equivocar de buena fe, sino el que se disfraza y actúa como aliado de esas fuerzas que intoxican las democracias. La representación de todos estos antivalores para la historia de esta campaña será la periodista/política Vicky Dávila, que, de manera poco común —al menos tan abierta y simultáneamente—, unió los dos mundos: el de la politiquería manipuladora y el de la trampa disfrazada de periodismo. Arropada por el banquero que ha querido usar su revista como un “partido político”, como bien lo señaló esta semana en una columna Cecilia Orozco, en una misma campaña Dávila ha hecho de periodista, política opositora, propagandista digital, candidata, candidata perdedora, de nuevo periodista, de nuevo política opositora, de nuevo propagandista digital; y sin ápice de lealtad con ninguno de esos papeles. Un día hacía portadas con propuestas que, en realidad, eran de su candidatura. Al otro, salía a buscar votos hablando de independencia, cuando en realidad la estaba financiando el exjefe millonario. Más tarde, y todavía, busca hundir por sus compañías cuestionadas y posiciones a la fórmula presidencial con la que marchaba en coalición hace cinco minutos. Todo, mientras sigue discursando sobre coherencia y rectitud, como si a estas alturas no fuera evidente que el verdadero proyecto nunca fue la decencia, sino el acceso al poder de su patrocinador. Y eso nos lleva a la cueva (o, a la luz del show, a la pecera) del tigre. Todas las piruetas, incluyendo la entrevista amistosa del “regreso” al periodismo, apuntan a que el as de la victoria es el candidato que en campaña también ha dejado claras sus constancias. Las de ser un machista de talante autoritario, enemigo abierto de la libertad de expresión, abogado dudoso que sólo piensa en plata, politiquero apoyado por clanes y declarado amigo de paramilitares. Eso es, según lo que él mismo ha dicho y mostrado, Abelardo de la Espriella. Admirador de Trump, el opresor de la población migrante más vulnerable y uno de los peores depredadores de la libertad de prensa en el mundo; y de Bukele, señalado por serios organismos internacionales e investigadores de violaciones a los derechos humanos durante su régimen de excepción. Líder de una agresiva aspiración impulsada por hordas de matoneadores digitales, gracias a la cual desde ya también es claro otro triunfo: el del miedo a que Colombia entre en la deriva democrática mundial (y, de paso, el del miedo a que hablar de estos dos personajes traiga consecuencias). Veremos si el país aún conserva reflejos para resistir. Si no, la victoria vergonzosa estaría completa. Por Laura Ardila ArrietaPeriodista Caribe con un gusto especial por la crónica y los reportajes sobre el poder. Autora del libro ‘La Costa Nostra’, historia no autorizada del clan Char. Ha ganado cinco premios nacionales de periodismo, incluyendo el Simón Bolívar en la categoría Periodista del año en dos ocasiones.Conoce más
Victoria vergonzosa
“En una misma campaña, Vicky Dávila ha hecho de periodista, política opositora, propagandista digital y candidata”: Laura Ardila Arrieta















