No hay ópera como la italiana (perdón, Mozart) ni carrera como el Giro (disculpa, Tour), que al final de su segundo acto derriba al esforzado campesino heroico Afonso Eulálio y viste clínicamente de rosa al príncipe Jonas Vingegaard. La trama está ya a la vista. El tercer acto, la tormentosa última semana plena de insidias, Dolomitas y el Friuli, emocionará o decepcionará según la inspiración del compositor, el alma de los contendientes o la firmeza del danés, alérgico al drama y a la exhibición. ¿Habrá revuelta la última semana como en casi todos los Giros de la última década o sumisión, como el año de Tadej Pogacar, tan superior?Vingegaard es un Pogacar sin brillos fáciles, como la belleza del valle de Aosta, que tanto deprime al vicequestore Schiavone, gris la plaza de Aosta hasta bajo el sol de mayo que calienta como en agosto, y cuando trepan por carreteras rodeadas de blancos refulgentes, y el asfalto emite bruma, visiones de espejismos que sus gafas amplifican, los ciclistas lucen una jorobita de hielo en el cogote. Vingegaard, que ya gana al esloveno en el ranking del Pantone del gran ciclismo –ha vestido amarillo Tour, que ha ganado dos veces, rosa Giro, que lleva camino de ganar, y rojo Vuelta, que también ha ganado, mientras Pogacar aún no ha probado el rojo-, mide como un abogado de postín los minutos que puede dedicar a la soledad y a la conquista en la montaña, donde recupera los derrochados en la contrarreloj lineal, plana, costera de Viareggio, tan azotado concluyó que fue incapaz de pedalearla hasta el final, abandonándose en los últimos metros a la inercia.Líder con 2m 26s sobre Eulalio resistente y 2m 50s sobre Felix Gall pegajoso, Vingegaard ha ganado en solitario las tres etapas con final en alto atacando con parsimonia después de aguantar todo lo posible arropado por sus chicos, Kuss, Piganzoli, y acumulando, hormiguita, escasas rentas. Cinco kilómetros en el Blockhaus helador para 17s de renta con el tirolés de Austria Gall; un kilómetro en Corno alle Scale (después de acumular energía a rueda del ataque del mismo Gall, el único con cadencia en la montaña para pelearle cara a cara) para sumar 16s, y 4.600 metros en la subida a Pila, al final de un intenso carrusel de 133 kilómetros –12 minutos en una subida de 41, 17 kilómetros al 7%-, para conseguir su máximo beneficio sobre el segundo, siempre Gall, 53s, y la ventaja decisiva para, 10 días después de acosarle, acabar con la rosa de Eulálio valiente, y su esbirro siciliano Damiano Caruso. Hay una fuga de dos decenas, con Igor Arrieta hiperactivo, -y atacando en la cima de Verrogne rinde, ignorante, homenaje a Maurice Garin, el deshollinador de la vecina Arvier en el valle fronterizo y enrevesado, que, como italiano ganó la París-Roubaix y luego, ya francés, el primer Tour, el de 1903- y Enric Mas derrochador, y un pelotón en fila indiana detrás de las flechas amarillas Visma, Campenaerts, Kuss, Piganzoli, que desaniman tanto a fugados, todos rendidos, como a seguidores, agotados. Eulàlio resiste hasta que resiste Campenaerts. El relevo de Kuss en cabeza a nueve de la cima acaba con Eulàlio, y recibe el abrazo del cansancio y un golpecito en el culete de su querido Caruso, que llega desde atrás y le dice, a mi rueda, valiente. El veterano siciliano le mima como hace unos años le mimó a él Pello Bilbao, que le llevó al segundo puesto del Giro del 21, le lleva agua, le aconseja, le cuenta chistes y le enseña su rueda y su rebufo, Caruso sono, diría, como se presentaba en siciliano Montalbano, su policía favorito después de su padre. “Hemos distribuido nuestra energía perfectamente en toda la subida, con el ritmo acorde a nuestra capacidad”, dice Caruso, de 38 años. “me divierto mucho ayudando a un joven tan prometedor como Afonso, una manera tan buena como cualquiera de vivir mi último Giro”.Intocable, pero sin excesos, sin oposición relevante, Vingegaard, que piensa, acumulador, en el Tour de Francia, dos veces ganado sobre Pogacar, donde le espera el esloveno otra vez, y más fresco. Todo, demasiado limpio, nítido, pulcro como los besitos que lanza desde la bici estática a la cámara mientras habla por teléfono con su Trine y agita la botella para mezclar bien los componentes de su bebida de recuperación, demasiado cursi como para ser verdad, y más en una carrera como el Giro, que no permite olvidar que al clímax le sigue siempre un anticlímax, y que la sorpresa, el clímax final de los últimos días es su efecto favorito.
Jonas Vingegaard ya viste la maglia rosa del Giro de Italia
Limpio, quirúrgico, el ciclista danés gana en Aosta su tercera etapa de la carrera y acaba con la resistencia heroica del portugués Afonso Eulálio












