Hace unas semanas pude contemplar un momento muy especial: el retiro de una muy querida líder, que culminaba su etapa laboral tras pertenecer varias décadas a una renombrada institución. Su salida, aunque inminente, no dejaba de tener ese sabor melancólico, y al buscarla, me encontré con una larga fila de personas que querían darle ese último abrazo de agradecimiento. Su rostro emotivo reflejaba estar conmovida pero feliz por las muestras de cariño. “Mañana inicio una nueva etapa que disfrutaré mucho y ¡ya tengo agenda llena!”, expresaba. Tal vez aún veamos lejos ese día en que terminemos nuestra etapa laboral; sin embargo, es válido preguntarnos, si ese día fuera hoy, ¿qué huellas dejaríamos en las personas que caminaron junto a nosotros? ¿Cómo quisiéramos que nos recuerden? Las personas que trabajaron con la líder de mi relato tenían muchas anécdotas, entre las cuales detallaban cómo ella había estado presente en momentos muy duros, otras comentaban historias jocosas y algunas hasta daban cuenta de sucesos heroicos. Cada uno tenía una manera particular de expresar esa huella que ella les había dejado durante el tiempo en que trabajaron juntos. Estos líderes que dejan huellas no son perfectos. Cometen errores, dudan y se equivocan. Pero tienen la valentía de reconocerlos y la humildad de aprender. Y esa autenticidad es quizá la marca más profunda que dejan. Su legado no solo se plasma en los resultados trimestrales, sino también en las conversaciones que abren caminos, que devuelven la confianza y en la forma en que hacen descubrir su valía a los colaboradores. En un mundo que celebra lo que brilla, yo prefiero ovacionar al que ilumina. A esos líderes que no buscan tener seguidores, sino formar personas más fuertes, más conscientes y libres. Porque, al final, la verdadera huella de un líder no se mide en los aplausos, sino en las vidas que ayudó a expandir. (O)