Manifestaciones a favor y en contra de Álvaro Uribe Vélez, en el día en que se conoce el sentido del fallo del juicio que se adelanta en su contra, proceso que se realiza en el complejo judicial de Paloquemao, en BogotáFoto: Mauricio Alvarado LozadaResume e infórmame rápidoEscucha este artículoAudio generado con IA de Google0:00/0:00Álvaro Uribe se ha jactado siempre de su histórico legado, de «los tres huevitos»: la confianza inversionista, la seguridad democrática y la cohesión social. Miremos las tres yemas.Es verdad que en su segundo periodo aumentó la inversión nacional y la extranjera. El PIB nacional creció en 2007 a un excelente 6,7 %, un punto por encima del crecimiento de la región. Los analistas explican este milagro por la convergencia de varios factores: el éxito militar de la política de la seguridad democrática, la buena gestión del minhacienda Óscar Iván Zuluaga y, sobre todo, la subasta a menosprecio de las empresas nacionales y de las concesiones a la empresa privada de los negocios de los peajes, puertos, aeropuertos, minería y servicios públicos.Recordemos, además, que en el 2007 Colombia surfeaba en las espléndidas olas del boom de la economía latinoamericana. Los altos precios del petróleo y de las materias primas, la baja de las tasas de interés de la banca internacional y la fuerte demanda china impulsaron la economía de la región. Colombia tuvo un auge de inversión, consumo y construcción hasta que la crisis financiera mundial de 2008 arruinó la fiesta.En suma, entre 2003 y 2007 ocurrió la gran liquidación del Estado, la consolidación del neoliberalismo, el modelo económico que empezó César Gaviria en 1990.La seguridad democrática fue un espejismo. Sí, el Estado les asestó a las FARC golpes tan fuertes que las llevaron a una rendición decorosa en La Habana, pero el costo de esta victoria militar fue altísimo: consolidación del paramilitarismo, falsos positivos, manoseo de la Constitución, cooptación del Congreso y de las Cortes por el Ejecutivo, 60 congresistas condenados por parapolítica y un saldo final de varios millones de víctimas y un despojo de tierras equivalente a cuatro veces el área del Valle del Cauca.Si la confianza inversionista y la seguridad democrática son discutibles, «la cohesión del tejido social» es un cuentazo. Es verdad que la polarización –el gran enemigo de la cohesión– es tan vieja como los odios entre liberales y conservadores, pero también es cierto que el Frente Nacional fue una repartija que disolvió estos odios y convirtió la pugna entre los rojos y los azules en la insípida sopa fucsia de los años 80 y 90. En 2002 Uribe descubrió una palabra mágica, TERRORISMO, vocablo en boga desde la caída de las Torres Gemelas, y se la chantó a todo el mundo. Bíblico y severo como buen patriarca, Uribe decretó que el que no estuviera con Él estaba contra Él, y el país quedó reducido a uribistas o terroristas. Fueron entonces terroristas los guerrilleros, los sindicatos, las ONG, la izquierda, Juan Manuel Santos y los noruegos que otorgan el Nobel de paz, y hasta el Papa, que fue incluido en la lista negra porque tildó a Uribe de «sembrador de cizaña» en la mismísima Bogotá, urbi et orbi, por sus cochinas maniobras contra la paz.El Papa no señaló a Uribe con nombre propio pero todo el mundo entendió el vainazo.Desde el 2002, el país, e incluso las familias, quedaron divididos para siempre. Si esto es «cohesión social», Netanyahu y Trump son encarnaciones de San Francisco de Asís. Uribe lo tuvo todo para cambiar nuestra historia: poder, popularidad, astucia, conocimiento del país, respaldo de los gremios, las FF.AA. y los medios, pero convirtió este gran capital en la sanguinolenta amalgama de coágulos, babas y odios donde hoy naufragamos. Hablo de Uribe porque los dos candidatos de la derecha son mutaciones de Uribe: ambos son ricos e ilustrados, ambos tienen cuentas pendientes con la Justicia o con la ética, y ambos se definen con respecto al centro político: Paloma, jurando que es de extremo-centro y que le duelen los pobres, los indígenas, los gais y los motociclistas; y Abelardo, gritando que él no se andará con palomadas ni centrismos, que lo suyo es la extrema derecha pura y dura, y que, a su lado, Paloma es una mamerta. Bueno, a ratos Abelardo se modera, asegura que recibió a Jesús en su corazón en el camino que va de Damasco a Miami, que ya no le hieden los platos típicos del populacho, que no destripará gatos, solo personas, que fue firme para no prestar servicio militar, que detesta al chavismo aunque ha trabajado para sus testaferros, que la ética es un embeleco de los moralistas y que, bien vistas las cosas, las «pirámides» son negocios cristianos.Nadie ha tenido tanto poder como Álvaro Uribe, ni siquiera Turbay Ayala, López Michelsen y El Tiempo juntos. Y aunque sus hazañas militares fueron operaciones de suma cero, y su gestión social fue mezquina, ahora nos promete que sus polluelos salvarán la democracia.En el ocaso de su carrera, con un tesón admirable y convencido de que el país es tan ingenuo como 20 años atrás, Uribe vuelve a lanzar su anatema, ¡terroristas!Conoce más