Una semana después de que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y su homólogo chino, Xi Jinping, se reunieran en Pekín, empiezan a aflorar los resultados de este encuentro. Los acuerdos alcanzados en esa cumbre no son espectaculares, pero ponen de relieve la voluntad, tanto de la Casa Blanca como de Zhongnanhai, de estabilizar su relación y cooperar en los ámbitos donde sea posible. Las tres citas en las que coincidirán ambos líderes en lo que queda de año deberían favorecer esa dinámica de mínimos.

La realidad es que tanto Trump como Xi sabían que Pekín era solo la primera etapa de un diálogo forzado por sus propias debilidades domésticas. El inquilino de la Casa Blanca acudió a la cita debilitado por la presión inflacionaria y una guerra en Irán que, al encarecer la factura energética, amenaza con pasarle factura en las elecciones de noviembre. Por su parte, el dirigente chino lo recibió acuciado por una economía con claros síntomas de fatiga estructural —penalizada por un consumo interno débil y el fantasma de la deflación— y preocupado por el bloqueo del estrecho de Ormuz, por el que circula más del 40% de las importaciones de crudo de China.

Este panorama de fragilidad mutua favoreció que las delegaciones alcanzaran puntos de consenso para presentar una cumbre con resultados tangibles. Estados Unidos precisaba acuerdos que ayuden a Trump a contener la inflación y asegurar suministros para consolidar su relato de prosperidad interna. China, a su vez, necesitaba compromisos para seguir engrasando su poderoso aparato exportador y evitar un mayor deterioro de su economía.