Después de una década de negociaciones, la Unión Europea y México sellaban este viernes el nuevo marco que regirá las relaciones bilaterales en un momento de elevada incertidumbre y presiones proteccionistas crecientes. El compromiso ratificado en Ciudad de México por las presidentas Claudia Sheinbaum y Ursula von der Leyen es, en este contexto, toda una declaración geopolítica en defensa de un comercio libre y basado en reglas y una apuesta por diversificar alianzas y reducir riesgos derivados de decisiones unilaterales imprevisibles de potencias hegemónicas como Estados Unidos y China. Bajo el actual acuerdo, en vigor desde el año 2000, la UE se ha convertido en el tercer socio comercial de México, después de Estados Unidos y China, y en el segundo inversor internacional, mientras que México es el undécimo socio del bloque europeo. El comercio de mercancías entre ambos rondó los 86.000 millones de euros en 2025 y unos 26.000 millones en servicios. El Acuerdo Global Modernizado busca mejorar esas cifras al incorporar capítulos sobre comercio digital, propiedad intelectual, derechos laborales y cambio climático. Las partes han firmado un acuerdo interino que permitirá eliminar de inmediato los aranceles a algunos productos, como el plátano o el café, y permitirá abrir mercados de contratación pública, servicios e inversiones, que estaban relegados en el pacto actual. Para la Unión Europea, la lógica del acuerdo va más allá de lo puramente comercial. Con la pandemia, primero, y la vuelta de Donald Trump a la Casa Blanca, después, Bruselas ha reconocido la necesidad de garantizarse cadenas de suministro fiables y diversificar sus relaciones comerciales al margen del paraguas estadounidense. El acuerdo con México, tercera economía del continente americano, permite a Bruselas reforzar sus relaciones con América Latina, tras los acuerdos con Mercosur y Chile, y asegurarse el acceso a materias primas y suministros clave en la revolución tecnológica y la transición energética. Para México, el acuerdo con la UE llega en plena renegociación del tratado con EE UU y Canada no exenta de tensiones y bajo presiones arancelarias. Reducir la dependencia de un mercado que representa el 80% de sus exportaciones es una cuestión de supervivencia económica. Sin embargo, para que el nuevo acuerdo consolide una verdadera relación estratégica entre México y los Veintisiete hace falta ir más allá de lo que recoge estrictamente el papel. Si Europa quiere ganarse su condición de socio fiable debe dejar de mirar con intermitencia a la región, mientras permanece absorbida por sus propios conflictos y la relación transatlántica. Aunque la tramitación parlamentaria se prevé más rápida que la de Mercosur, por el menor peso del sector agroalimentario en el comercio con México, es previsible que la desconfianza de la opinión pública europea dificulte la obligatoria ratificación en los parlamentos nacionales. México, por su parte, arrastra un innegable problema de inseguridad física e incertidumbre jurídica que complica la llegada de nuevas inversiones. El mundo de alianzas entre potencias medianas que defendió el primer ministro de Canadá, Mark Carney, comienza a coger velocidad. El multilateralismo es la única vía para no quedar atrapados en las pugnas entre potencias en un momento de reconfiguración geopolítica y reorganización global del comercio. México y la Unión Europea han sellado el camino para el tipo de mundo que quieren contribuir a construir, uno donde las relaciones estén basadas en la confianza, las reglas claras y los beneficios mutuos.