El pasado 12 de enero, la soprano noruega Lise Davidsen (Stokke, 39 años) debutó como Isolda en el Gran Teatro del Liceu. El momento más esperado de su carrera coincidía además con su regreso a los escenarios tras una larga baja por maternidad. Su Liebestod, la célebre escena final de la ópera de Wagner, congregó en Barcelona a melómanos y críticos de todo el mundo. De vuelta al camerino, aún bajo los efectos de la larga ovación, Davidsen se miró al espejo y trató de entender lo que sentía: “Estaba muy emocionada, pero no tan feliz como había imaginado”, confiesa en conversación telefónica la cantante desde su casa, a las afueras de Oslo. “Mis lágrimas no eran de alegría. No lo podía evitar: quería estar lejos de allí, en el hotel con mis hijos”.En marzo, Davidsen viajó con sus gemelos de nueve meses a Nueva York para repetir la hazaña wagneriana en la Metropolitan Opera. “Poco a poco fui volviendo a la cantante profesional que era antes”, se sincera. “Los ensayos hicieron que recuperara la confianza en mí misma”. Su buena sintonía con la compañía del Lincoln Center y su intendente, Peter Gelb, seguirá dando frutos y títulos: en septiembre abrirá la temporada como protagonista del Macbeth verdiano y, a partir de 2027, asumirá las tres Brunildas del Anillo. “Intentaré cumplir con los compromisos de mi agenda, pero no voy a añadir mucho más”, asegura. “Si por alguna razón no puedo con todo, solo espero que el público sea comprensivo…”.Con razón muchos han interpretado el proyecto itinerante Buscando el alma con Schubert como un punto de inflexión. La gira arranca este sábado en la Schubertíada de Vilabertran (Girona), recala al día siguiente en el Teatro Fernando de Rojas, del Círculo de Bellas Artes de Madrid, y concluirá en París en noviembre: siete ciudades y la intimidad del lied para tomar distancia. “Este repertorio requiere un tipo de flexibilidad muy diferente al de la ópera: aquí la dinámica lo cambia todo”, explica Davidsen. “Al principio pensé que tenía una voz demasiado grande para Schubert”, admite, “pero ya no lo creo”. “Es estupendo poder hacer un fortissimo rotundo y también un piano delicado cuando la partitura lo requiere”.El recital abrirá con Am Bach im Frühling (En el arroyo en primavera), una de las piezas más líricas del catálogo schubertiano, antes de adentrarse en un programa que Davidsen y su amigo, el pianista sudafricano James Baillieu, han construido desde la afinidad personal, como ya hicieran hace tres años durante su visita al Ciclo de Lied del Teatro de la Zarzuela. “Con Schubert podríamos hacer 15 conciertos”, dice la soprano. “Así que hemos elegido nuestras piezas favoritas”. Entre ellas, la que para muchos contiene el certificado de nacimiento del lied moderno, Gretchen am Spinnrade (Margarita en la rueca), hasta llegar, al final de la primera parte, a Der Zwerg (El enano), con su perturbador desenlace.Después se escuchará Die junge Nonne (La joven monja), el febril monólogo de una novicia atormentada por el deseo; el pianísimo imposible de la última estrofa de Du bist die Ruh (Tú eres el reposo), y Die Allmacht (La omnipotencia), una plegaria hecha de grandes arcos de acordes y figuraciones torrenciales, hasta culminar con Erlkönig (El rey de los alisos), en la que un padre cabalga en la noche con su hijo moribundo. “Para encarnar las cuatro voces de esta narración vertiginosa tienes que hacerte tu propio mapita y saber dónde estás en cada momento”, comenta. “La música es tan expresiva que no hace falta hablar alemán para entender lo que sucede. Schubert escribe con mucha claridad”.Davidsen conserva un vídeo de su adolescencia en el que se la ve cantando un tema de Sting durante una reunión familiar. “Esa era la música que escuchaba antes de descubrir la ópera”, recuerda de aquellos días entre canciones de Joni Mitchell con la guitarra al cuello. “Todo cambió el día en que acudí a una función de El caballero de la rosa”, de Richard Strauss. A su paso por el Conservatorio de Bergen se formó como mezzo especializada en el repertorio barroco. “No lo considero un error, sino una progresión natural y lógica de mi tesitura”. Tras imponerse en 2015 la final de Operalia, la lanzadera de jóvenes talentos, cerró sus primeros contratos con la Staatsoper de Berlín y el Covent Garden de Londres. “Tenía la técnica, pero aún me faltaba la fortaleza mental”.Viene a cuento su preocupación por el desgaste psicológico de los cantantes ahora que su consagración como Isolda ha reabierto el debate sobre la escasez de voces wagnerianas. “Hoy todo va demasiado rápido: los jóvenes necesitan trabajar para ganarse la vida, aceptan demasiado pronto repertorios muy pesados y, cuando por fin están preparados, llegan agotados”, reflexiona la soprano, que el 2 de agosto ofrecerá una versión de concierto de Tosca, de Puccini, junto al tenor Freddie De Tommaso y el barítono Ludovic Tézier, en el Festival Cap Rocat de Mallorca. “No creo que sea solo culpa de los cantantes: la industria también necesita aprender a esperar el momento oportuno”.Davidsen rechazó no pocas ofertas antes de debutar como Elisabeth en Tannhäuser en la producción que en 2019 dirigió Valery Gergiev en el Festival de Bayreuth. Dos meses antes de que la crítica la bendijera como “la voz del siglo”, su grabación de grandes escenas de Wagner y Strauss la convirtió en la primera soprano noruega en incorporarse al catálogo de Decca desde los tiempos de Kirsten Flagstad. “Hay sobre la mesa un gran proyecto discográfico del que todavía no puedo hablar”, dice enigmática. “Quiero tomarme las cosas con calma. Me siento preparada para abordar algunos de los retos que me proponen, pero eso no significa que deba afrontarlos ahora”. La vida, asegura, ha añadido dos nuevas notas a su escala de valores. “No siento que la maternidad haya cambiado mi voz. No. Solo mi alma”.
La soprano Lise Davidsen se cita con Schubert tras su apoteósica gesta wagneriana en el Liceu
Cinco meses después de su hazaña en Barcelona, la cantante demuestra su enorme valía como liederista con dos recitales en Girona y Madrid junto al pianista James Baillieu








