En un mundo saturado de imágenes, el trabajo del fotógrafo italiano Guido Guidi propone detenerse, entrenar la mirada para percibir lo que normalmente pasa inadvertido. Como dice Teju Cole: “Guidi enseña que mirar es una práctica de paciencia. Sus imágenes no tratan de cosas extraordinarias, sino de la dificultad de ver lo ordinario. En sus fotografías el tiempo no está detenido, está trabajando”.Guidi no ha impuesto un estilo, sino una actitud. Concibiendo la fotografía como una forma de pensamiento y como un gesto de atención extrema, ha creado una pedagogía de la atención, una práctica moral de la mirada. Guidi no “toma” imágenes, se sitúa ante el mundo con una actitud de escucha.“Quería que, en mis fotografías, una piedra fuera una simple piedra, una brizna de hierba una simple brizna de hierba, nunca alterada por la falta de detalle”. Así entiende la fotografía Guido Guidi (Cesena, Italia, 85 años), “como una forma de oración, una manera de conferir a las cosas dignidad y presencia”. La pintura renacentista y fotógrafos como Walker Evans, Paul Strand, Edward Weston o Eugène Atget fueron maestros de los que aprendió a mirar. Guidi se formó como arquitecto, pintor y dibujante, y el interés constante por la perspectiva y las formas arquitectónicas modestas sostiene su fotografía. Sus obras investigan el lugar, la arquitectura vernácula y el “paisaje social” con un distanciamiento sobrio. En los ochenta utilizó una cámara de gran formato para observar los cambios derivados de la industrialización y la migración en Italia. Pertenece a una generación de artistas que ha transformado la relación entre el lenguaje fotográfico y la percepción del territorio. Se centra tanto en fragmentos de paisajes ordinarios como en creaciones emblemáticas de grandes nombres de la arquitectura como Álvaro Siza, Mies van der Rohe o Carlo Scarpa. Esta ética de la atención atraviesa la exposición Col tempo, 1956-2024, presentada hasta el 24 de mayo en el centro cultural Le Bal de París. Más de 200 fotografías organizadas en secuencias prolongan el discurso de Guidi abarcando más de seis décadas de trabajo, un recorrido conceptual desde sus primeras obras en blanco y negro hasta sus cuadernos, hojas de contacto y maquetas actuales.Una de las secuencias más significativas es el trabajo con el legendario arquitecto Carlo Scarpa. A finales de los noventa, Guidi fue invitado a fotografiar al detalle proyectos de un arquitecto también célebre por su minuciosidad. En la Tumba Brion, en el cementerio de San Vito d’Altivole, provincia de Treviso, obra maestra de Scarpa, Guidi se detiene en una sombra en forma de flecha proyectada sobre el hormigón, símbolo del paso del tiempo, a la que seguirá durante 10 años. No documenta el edificio: lo incorpora a su propio paisaje mental. La arquitectura deja de ser objeto para convertirse en instrumento de una narración más amplia, donde lo importante no es la forma, sino el tiempo.“El fotógrafo no tiene ideas. Tiene que adaptarse a lo que está ahí y preguntarse: ¿qué puedo hacer con esto?”. La frase condensa un método y una forma de vida: estar disponible, dejar que el mundo proponga.“Queríamos hacer una muestra de reconocimiento y dejamos que Guidi nos guiara”, explica la comisaria Simona Antonacci. La exposición puede entenderse como una obra en sí misma.Guidi sigue registrando escenas silenciosas del campo italiano y europeo, representando pueblos, paisajes marginales y figuras solitarias con su paleta suave. “Todos los fotógrafos aman su obra”, afirmó Martin Parr, “pero sigue siendo tan poco visible y tan infravalorada que duele”.