No es, ciertamente, habitual entrar en una fábrica de cerveza artesanal y encontrarse una charla sobre arqueología. Ni escuchar hablar sobre visigodos y la caída del Imperio romano mientras, al otro lado de un ventanal, se alinean unos enormes depósitos de acero inoxidable donde se fabrica IPA en pleno barrio madrileño de San Blas.Pero durante tres días, escenas así se han repetido en bares y cafeterías de toda España gracias a Pint of Science, el festival internacional que desde hace 11 años lleva a los investigadores a espacios cotidianos para hablar de ciencia cara a cara con el público. Este año, la iniciativa ha reunido a más de 1.300 científicos en 110 localidades españolas, y se ha celebrado simultáneamente en 27 países de los cinco continentes.“La idea es que tú conozcas la ciencia que se hace a tu alrededor, no la que está a 200 kilómetros”, explica Sandra Medrano, responsable nacional de Comunicación y Financiación de Pint of Science España. “Por eso hablamos de ciencia de kilómetro cero”.La expresión resume bastante bien el espíritu del evento: investigadores que vuelven a sus barrios o a sus pueblos para explicar qué hacen y por qué la ciencia es importante; vecinos descubriendo que a menos de un kilómetro de su casa hay centros punteros como el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC); o jubilados, estudiantes y amigos escuchando un martes por la tarde una charla sobre neutrinos en un cocktail bar de Leganés.Pint of Science tiene su origen en una iniciativa impulsada en 2012 por dos investigadores del Imperial College de Londres, que invitaron a pacientes a sus laboratorios para explicarles mejor las enfermedades que estudiaban. Unos encuentros que terminaron alargándose entre preguntas, conversaciones y una curiosidad genuina por entender cómo trabajaban los científicos. Hasta que surgió la idea que acabaría dando forma al festival: en vez de esperar a que la gente entrara en los laboratorios, ¿por qué no sacar la ciencia a lugares más cotidianos y cercanos como los bares? Un año después arrancó la primera edición en el Reino Unido y, en 2015, llegó a España.En La Caníbal, la fábrica de cerveza de San Blas, la encargada de hablar sobre los visigodos es Pilar Diarte, científica del Instituto de Historia del CSIC. Sentados en primera fila, prestan atención sus dos hijos pequeños y, detrás, un reducido grupo de gente. Diarte explica cómo, durante años, buena parte de la arqueología sobre este periodo se centra casi exclusivamente en cementerios, “como si los visigodos hubieran llegado a la Península únicamente para morir”. Pero la historia real es bastante más compleja: aquellos pueblos habían llegado patrocinados por el propio Imperio romano para combatir a suevos, vándalos y alanos, y terminaron quedándose como reino independiente.“Creo que uno de los aspectos más interesantes es desmontar la idea de los visigodos como un pueblo homogéneo, aislado u oscuro. La arqueología nos muestra una sociedad mucho más compleja, conectada y dinámica de lo que suele imaginarse. Cuando excavamos y analizamos la cultura material vemos influencias romanas, mediterráneas, locales y germánicas coexistiendo continuamente”, señala Diarte. “Además, la arqueología permite acercarnos a aspectos cotidianos que rara vez aparecen en los relatos tradicionales: cómo vivía la gente común, cómo se organizaban los paisajes rurales o cómo cambiaban las formas de poder en la vida diaria”. “En un bar desaparece parte de la distancia que normalmente existe en contextos académicos. La conversación se vuelve mucho más espontánea, más horizontal y también más humana. No se trata de simplificar el contenido, sino de hacerlo accesible sin perder rigor”, sostiene.Preguntas fuera del laboratorioA varios kilómetros de allí, en el Bomber Cocktail Bar de Leganés, el ambiente es distinto, pero la escena comparte algo parecido: apenas quedan mesas libres y el público escucha en silencio mientras Diana Navas, investigadora del Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (CIEMAT), intenta explicar uno de los objetos más esquivos de la física moderna: los neutrinos.La charla forma parte de la primera participación del local en Pint of Science. A lo largo de los tres días del festival, cerca de 150 personas han pasado por este pequeño bar del sur de Madrid para asistir a charlas sobre física de partículas, relaciones humanas analizadas desde la física o cómo el vuelo en formación de las aves puede conseguir reducir en más de un 10% el consumo de combustible en aviación.La variedad temática es, de hecho, una de las señas de identidad del festival. Mientras en Leganés se habla de neutrinos, en otros puntos de Madrid, como el Café Gijón, hay charlas sobre alzhéimer, inteligencia artificial, comportamiento electoral juvenil o investigaciones capaces de relacionar entrenamiento muscular y envejecimiento cerebral. Y lo mismo sucede con las demás sedes en el resto de pueblos y ciudades de España. Medrano recuerda especialmente una charla de una edición anterior sobre los llamados superagers, personas de edad avanzada con capacidades físicas y cognitivas comparables a las de alguien mucho más joven. “Salimos todos con ganas de entrenar fuerza”, bromea.Navas reconoce que divulgar física de partículas fuera de un entorno especializado no es sencillo. “En el colegio se aprende el núcleo atómico y el electrón, pero más allá de eso la física de partículas es algo muy abstracto. Lo que más nos cuesta muchas veces es transmitir a la gente lo que hacemos”, explica. Para intentar acercar conceptos complejos al público, la investigadora recurre durante la charla a analogías con sabores y combinaciones para explicar cómo los neutrinos pueden cambiar de identidad mientras se propagan por el universo.“A mí me gusta mucho participar en este tipo de iniciativas. Creo que es importante hacer llegar nuestra investigación a la gente y que entiendan por qué trabajamos en estas cosas”, sostiene. “Que comprendan, además, que no hace falta ser un genio para dedicarse a la ciencia. Somos gente normal y corriente que un día decidió estudiar física, biología o cualquier otra disciplina”.Entre el público escucha atentamente Miguel Ramos, catedrático jubilado de Física y Química de 75 años. “Me ha parecido bastante didáctica y asequible”, comenta al terminar. “Supongo que la conferenciante tiene muchísimo más nivel del que ha mostrado aquí, pero precisamente de eso se trata: de hacer la ciencia accesible”.Ramos recuerda también otras iniciativas de divulgación científica de hace décadas, como las antiguas Semanas de la Ciencia, pero percibe una diferencia importante en el ambiente. “Aquello seguía siendo un entorno más académico”, señala. “Aquí estás en un bar, escuchando algo muy complejo en un ambiente cotidiano”.Ese cambio de contexto es precisamente una de las claves del festival. “Estamos acostumbrados a hablar en congresos donde nadie te interrumpe y todo está perfectamente medido. En un bar eso no pasa: hay ruido, gente entrando y saliendo o preguntas inesperadas”, explica Carlos Peris, coordinador nacional de Pint of Science. “Pero precisamente por eso funciona tan bien. Cuando alguien que pasaba por la puerta entra y se queda escuchando, o cuando una persona te hace una pregunta que te obliga a replantearte cosas de tu investigación, entiendes que realmente se ha producido una conexión”.Mucho más que divulgaciónLa sensación de cercanía aparece constantemente durante el festival. En muchas charlas, parte del público no está formada por habituales de la divulgación científica, sino por gente que simplemente pasaba por allí, entró por curiosidad y decidió quedarse. Y ahí reside buena parte del éxito de Pint of Science: en demostrar que el problema muchas veces no es el desinterés hacia la ciencia, sino la distancia que todavía existe entre la investigación y buena parte de la sociedad. “No animamos a eliminar los términos científicos”, señala Medrano. “Lo importante es encontrar maneras de explicarlos sin perder rigor. La experiencia nos demuestra continuamente que la gente entiende muchísimo más de lo que a veces pensamos”.Ese interés aparece además en perfiles muy distintos. Según la organización, cerca del 60% de los asistentes son mujeres, y en muchas ciudades las conversaciones continúan incluso después de terminar las ponencias. En los últimos años, el festival también ha comenzado a crecer fuera de las grandes capitales, acercando a los investigadores a pequeñas localidades vinculadas a sus lugares de origen. “Tener la oportunidad de volver y contarle a tus vecinos o a tus abuelos qué haces realmente tiene algo muy emocionante”, apunta Medrano.En un momento marcado por la desinformación y por mensajes rápidos capaces de simplificar cualquier debate complejo en apenas unos segundos, espacios como Pint of Science permiten recuperar algo cada vez menos habitual: conversaciones pausadas alrededor de la ciencia. “Estamos muy acostumbrados a exigir respuestas inmediatas y absolutas”, reflexiona Peris. “Pero la ciencia muchas veces avanza precisamente a través de la duda, de la incertidumbre y de reconocer que todavía no tenemos todas las respuestas”.Al terminar muchas de las charlas, buena parte del público no se marcha inmediatamente. Preguntan, aclaran dudas, y los científicos responden. Al final, los organizadores les animan a usar sus móviles para participar en un pequeño quiz, y alguno de ellos sale con un pequeño recuerdo. Quizá ahí esté parte del éxito del festival: demostrar que la ciencia no pertenece únicamente a laboratorios, congresos o revistas especializadas, sino también a esos lugares cotidianos donde normalmente hablamos de trabajo, política, fútbol o cualquier otra cosa. Solo hacía falta sentarla a la mesa.