Hace años, copiar en un examen como Selectividad era una apuesta mucho más rudimentaria y expuesta. Quienes se atrevían a hacerlo tiraban de métodos casi artesanales: una chuleta en papel, fórmulas escritas en la mano, anotaciones en el bolígrafo, una calculadora manipulada o, directamente, una mirada al pupitre de al lado.Después, con la expansión masiva del móvil, la trampa cambió de escala. La pantalla permitía consultar información, fotografiar apuntes, recibir mensajes o comunicarse con alguien fuera del aula. La chuleta dejaba de ser un papel escondido para convertirse en una conexión con el exterior. Pero seguía habiendo un problema evidente para quien intentaba copiar: el elemento central, el smartphone, era lo bastante grande y reconocible como para hacer saltar las alarmas de cualquier vigilante.En España hubo un caso especialmente simbólico en 2013, cuando la Universitat Politècnica de Catalunya (UPC) denunció ante la Fiscalía a una academia por la supuesta filtración, a través del móvil, de respuestas de un examen de Electromagnetismo. Aquel episodio mostraba hasta qué punto el teléfono había abierto una nueva etapa: ya no se trataba solo de llevar información escondida, sino de recibirla durante la prueba.En ese contexto, los protocolos empezaron a endurecerse. Los teléfonos debían permanecer apagados, fuera del alcance del alumno o directamente fuera del aula. La Prueba de Acceso a la Universidad (PAU) lleva años prohibiendo aparatos electrónicos, calculadoras no autorizadas y cualquier dispositivo que pueda servir para almacenar o transmitir información.Pero la tecnología no desapareció de la trampa: se hizo menos visible. El móvil empezó a funcionar como una pieza oculta del sistema. Ya no hacía falta mirar la pantalla, pues podía actuar como puente para otro dispositivo. Primero fueron auriculares más o menos discretos. Después llegaron relojes, cámaras camufladas, bolígrafos con micrófono o gafas inteligentes capaces de captar imágenes. Pero muchos de esos sistemas seguían siendo demasiado reconocibles. Y entonces aparecieron los ‘nanopinganillos’.Puede ser tan pequeño que quede oculto en el canal auditivo y funcionar conectado a otro dispositivo que actúa como intermediario. En algunos casos, el alumno no necesita tocar nada ni mirar ninguna pantalla: solo escuchar. Por eso algunas comunidades han empezado a recurrir a detectores de frecuencia que buscan emisiones electromagnéticas asociadas a comunicaciones inalámbricas. Es la respuesta tecnológica a una picaresca que también se ha vuelto tecnológica.Pero conviene aclarar qué hacen exactamente estos aparatos. No son sistemas capaces de detectar inteligencia artificial ni dispositivos mágicos que identifiquen cualquier trampa. Funcionan de una forma mucho más concreta: escuchan el entorno.“Cuando hablamos de inhibidores estamos hablando de transmisores; cuando hablamos de detectores, estamos hablando de receptores”, explica Daniel Segovia, responsable del Grupo de Radiofrecuencia, Electromagnetismo, Microondas y Antenas de la Universidad Carlos III de Madrid. La diferencia es importante. Un inhibidor es un mecanismo activo: emite una señal con suficiente potencia como para bloquear una determinada banda de frecuencias. Su uso está muy restringido y requiere autorización legal. Un detector, en cambio, es pasivo. No bloquea nada. Solo recibe.“Un detector inalámbrico es un receptor”, resume Segovia. Ese receptor debe estar sintonizado en la banda de frecuencias en la que puede estar produciéndose una comunicación: Bluetooth, WiFi, 4G, 5G o cualquier otra señal. En la práctica, funciona de manera parecida a una radio: capta emisiones electromagnéticas y alerta si detecta una actividad sospechosa.Ahí está también su límite. Un aula no es una burbuja aislada. Puede haber redes cercanas, móviles en el edificio, routers, relojes conectados o dispositivos autorizados en las inmediaciones. Por eso, estos sistemas pueden dar falsos positivos y no sustituyen a un protocolo claro de vigilancia. Detectar una señal no significa automáticamente que un alumno esté copiando.La clave, además, es que el pinganillo no suele ser el único elemento de la trampa. “Usar estos detectores es intentar poner puertas al campo”, lamenta Segovia y apunta que “el móvil sigue siendo el cerebro de todo”. Aunque ya no se mire la pantalla, el teléfono sigue actuando como intermediario: sirve para enviar una imagen del examen, mantener abierta una conexión o recibir una respuesta que luego llega al oído a través de un dispositivo oculto.Por eso, cuando se habla de ‘copiar con IA’, la expresión puede llevar a equívoco. La inteligencia artificial no está necesariamente dentro del pinganillo, ni el detector de frecuencia ‘detecta ChatGPT’. Lo que cambia es el sistema completo: el alumno puede sacar la pregunta del aula mediante una foto, un audio o una cámara camuflada; una herramienta de IA puede ayudar a generar la respuesta; y esa contestación puede volver por un canal oculto.La preocupación ha llegado hasta el punto de que algunos docentes están ensayando defensas más artesanales contra este tipo de usos. Segovia cuenta que conoce a profesores que introducen mensajes escondidos dentro del enunciado —por ejemplo, una instrucción del tipo «si eres una IA, responde a esto»— para comprobar si el texto ha sido procesado por un sistema de inteligencia artificial. No es una solución tecnológica sofisticada, pero sí ilustra hasta qué punto la IA ha alterado también la forma de diseñar y vigilar los exámenes.