La federación ve en la cita de 2035, a meses de ser designada, una puerta para triplicar en ocho años unas licencias que apenas crecen un 5% anual
España esgrime su potencial como el último gran mercado del rugby sin exprimir y, a su vez, como el gran deporte en el que el país no compite en la élite. Pasan los años y el gigante sigue latente, con crecimientos anuales del 5% en las licencias, números modestos que no acortan su brecha con la cúspide. El razonamiento del presidente de la Federación Española de Rugby, Juan Carlos Martín Hansen, es que hace falta un acelerador para el despegue y su apuesta es obtenerlo a través de organizar en 2035 el Mundial, el tercer evento deportivo que más dinero y espectadores mueve después de los Juegos Olímpicos y el Mundial de fútbol. Una cita que suena a futurista, pero la carrera está en las últimas etapas y se decidirá a principios de 2027.
Hansen argumenta que el rugby español está “en el mejor momento de su historia” por resultados recientes como la plata mundial en rugby a siete –la modalidad olímpica– y la consolidación en la máxima categoría sub-20 o sub-18. Los chicos del formato clásico jugarán el año que viene en Australia su segundo Mundial, 28 años después de su única incursión, en 1999, tras ser descalificados para las citas de 2023 y 2019 por sanciones de elegibilidad. Con guiones surrealistas como la falsificación del pasaporte del sudafricano Gavin van den Berg que retiró en 2022 una plaza ya conseguida. “Una crisis que casi mata al rugby de España”.










