El imaginario popular contemporáneo asocia de forma automática el té con la fisonomía de la identidad británica, aunque la historiografía comercial demuestra que el Reino Unido llegó con un retraso a esta mesa. A ciencia cierta, los verdaderos introductores de la hoja en Europa occidental fueron los portugueses y los holandeses a principios del siglo XVII. Sus mercaderes lusos importaban el producto directamente desde sus bases en Extremo Oriente, convirtiéndolo en un consumo de gran prestigio en los círculos aristocráticos de Lisboa mucho antes de que el paladar inglés registrara formalmente su existencia. El factor definitivo que alteró el curso de esta historia fue una alianza matrimonial estratégica y el contenido de un cofre de viaje de una princesa portuguesa, Catarina de Braganza. A juzgar por los hechos, ella nació el 25 de noviembre de 1638 en el Palacio de Vila Viçosa, en el seno de una de las casas nobles más influyentes de la península ibérica. Su padre, el duque de Braganza, fue coronado como Juan IV de Portugal en 1640 tras liderar la sublevación que puso fin a sesenta años de dominio de los Habsburgo españoles.

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