Lima, 24 de diciembre de 2025Actualizado el 24/12/2025, 10:07 a.m.Hace unos días escuchaba un podcast de Andrew Huberman, neurocientífico de Stanford, en el que hablaba sobre algo que me dejó pensando muchísimo: el cerebro necesita dificultad para mantenerse plástico, adaptable y cognitivamente fuerte.Hablaba de cómo exponernos a situaciones nuevas, desafíos físicos y experiencias incómodas activa circuitos relacionados con el aprendizaje, la regulación emocional y la neuroplasticidad. En otras palabras: el cerebro necesita esfuerzo. Necesita fricción. Necesita salir de la rutina no solo para seguir desarrollándose, sino para mantener sus capacidades.Vivimos en una cultura obsesionada con sanar, proteger la paz mental y evitar cualquier cosa que nos incomode.Obviamente hay situaciones, vínculos y ambientes que sí nos hacen daño. Claro que existen heridas reales. Claro que la salud mental importa, importa demasiado.Pero creo que, en el camino, comenzamos a confundir bienestar con ausencia total de incomodidad.Hoy todo “deja de vibrar”. Todo “drena”. Todo “gatilla”.Y entonces escapamos. Escapamos de relaciones, de trabajos, de conversaciones difíciles, de proyectos y también de nosotros mismos apenas algo deja de sentirse cómodo.Estamos perdiendo, sin darnos cuenta, esa capacidad de pararnos frente a lo que no está bonito o “instagrameable”. Estamos perdiendo ese fuego que nos hace pararnos frente a nuestros miedos y decir: AQUÍ ESTOY, aquí estoy para darlo todo.El gran problema es que el crecimiento rara vez se siente cómodo y, una vez más, puedo decir que eso el deporte nos lo enseña mejor que un libro.Entrenar implica frustrarse constantemente. Repetir algo que todavía no sale. Verte torpe. Sentirte cansado. No tener ganas y hacerlo igual. Fallar delante de otros. Empezar desde cero una y otra vez.Nadie se vuelve fuerte evitando tensión. El músculo no crece así. El cerebro tampoco.En mi caso, esa conversación aparece clarísima cuando corro.Siempre he sido naturalmente buena para el entrenamiento de fuerza. Me gusta sentirme fuerte, estable, capaz. Pero correr… correr es otra historia.No es mi deporte favorito. De hecho, probablemente es el deporte que más me incomoda.Me recuerda que puedes entrenar muchísimo, darlo todo y aun así no tener nada garantizado. Hay demasiadas variables que no controlas. El clima, el cansancio, la cabeza, el cuerpo… y también las expectativas del resto.Y la verdad es que probablemente nunca voy a ser una corredora rápida.Pero me gusta esa conversación conmigo misma mientras corro.Ese diálogo constante: “sí puedo”, “no puedo”, “me duele”, “ya no me duele”, “mejor paro”, “mejor sigo”.Recuerdo perfecto cuando crucé la meta de mi última maratón. No porque haya sentido gloria deportiva, sino porque no podía creer que realmente había llegado ahí.Y entendí algo importante: no estaba celebrando esos 42 kilómetros. Estaba celebrando todos los meses anteriores.Las madrugadas. Los entrenamientos incompletos. Los días cansada. Los días sin ganas. Los días en los que sentía que avanzaba menos que el resto.Porque mi vida no está diseñada para entrenar perfecto. Tengo clases, trabajo, hijas, responsabilidades. Y claro que a veces me incomoda saber que probablemente nunca voy a progresar al ritmo de alguien cuya vida gira únicamente alrededor de correr.Pero quizá justamente ahí está lo valioso:Aceptar que no siempre vamos a ser los mejores en algo y hacerlo igual.Dejar de escapar de todo lo que nos hace sentir vulnerables.Porque esa incomodidad, lejos de destruirnos, muchas veces es la que más nos acerca a quienes realmente somos.Hay algo que me preocupa especialmente de esta novedosa necesidad de evitar cualquier sensación incómoda: nos está quitando tolerancia.Tolerancia al aburrimiento. A la frustración. Al silencio.A no ser buenos inmediatamente. A sostener procesos largos.Queremos resultados distintos haciendo exactamente lo mismo que todos los demás, pero nos da miedo sentirnos raros, lentos o principiantes.Y ahí es donde abandonamos, no porque no podamos, sino porque no toleramos cómo se siente empezar.La mayoría de personas no deja de entrenar porque físicamente sea incapaz. Deja de entrenar porque entrenar te pone frente a tus límites, tu disciplina, tu ego y tu constancia.Mejorar duele, mejorar incomoda y quizás esa es justamente la parte que hoy más necesitamos entrenar.No solo para rendir mejor como atletas, sino para vivir mejor como seres humanos.Porque una vida donde evitamos constantemente el esfuerzo emocional, físico o mental termina siendo una vida cada vez más pequeña.Que la incomodidad no se vuelva nuestra alarma para salir corriendo. Detrás de ese último empujón, de ese último kilómetro que parecía imposible, ahí, ahí quizás empezaba el crecimiento.El deporte sigue siendo una de las pocas cosas que todavía nos recuerda algo fundamental: que no todo lo que cuesta nos hace daño.Crecer duele, pero es la única manera de mantenerte realmente vivo.Claudia