Bécquer Seguín
Actualizado 21/05/2026 - 06:59h.
Había poco que le gustaba más a David Gistau que el boxeo. Alí, Frazier, Foreman. Poli, Jero, Ángel Moreno. Nombres como estos sazonaban los escritos del ya legendario columnista, despertando el sentido del pugilismo entre sus lectores. Lo sé porque durante varias semanas me he sumergido en todo lo que escribió sobre «la dulce ciencia». He vuelto a Gistau porque el boxeo vive hoy una nueva edad de oro, y su pensamiento pugilístico sigue siendo más relevante que nunca. Gistau habría visto muchas luces en el presente de su deporte preferido. Pero me atrevo a decir que se habría detenido más en las sombras que se asoman desde su futuro. Hasta hace muy poco, el boxeo experimentaba una duradera crisis. Esto Gistau lo había dejado claro durante más de una década de columnas en 'XL Semanal', ABC y 'El Mundo'. Lamentaba la existencia de promotores que «demoran peleas esperadas por todos y envilecen el negocio con una sensación de fraude al público». Criticaba la norma de proteger el púgil invicto «como si fuera otra forma de virginidad». Y eso del «cinturón del mundo –o varios cinturones unificados» había que simplificarlo. A todo esto, y a mucho más, el boxeo tenía que encontrarle salida.









