El impacto, derribo o vuelo de cerca de una docena de drones ucranios en los últimos dos meses ha situado de nuevo a la región del Báltico en el centro de una zona gris donde se difuminan la seguridad aérea, la guerra electrónica y la ambigüedad estratégica. Ucrania asegura que sus vehículos de ataque, que lanza hacia los puertos de la región de Leningrado, en el noroeste de Rusia, han sido desviados por el ejército enemigo y que este los dirige contra sus aliados. La situación tiene algo de paradójico. El martes, un caza F-16 de la policía aérea de la OTAN derribó con un misil una de esas aeronaves no tripuladas de Kiev que había entrado en espacio aéreo de Estonia. Un día después, otro de estos aparatos obligó a las autoridades de Lituania a abrir los refugios del país. Los incidentes están alimentando la tensión política y la inquietud pública en una región acostumbrada a mirar hacia Rusia como principal amenaza, pero que ahora empieza también a vigilar los riesgos derivados de la guerra de su principal aliado.En Bruselas, tanto la UE como la OTAN insisten en que el origen del problema sigue estando en Moscú. “[Los drones ucranios] están allí [en los bálticos] debido al ataque a gran escala, imprudente e ilegal de Rusia que comenzó en 2022”, afirmó este miércoles el secretario general de la Alianza, Mark Rutte. Rusia, sin embargo, acusa a Estonia, Letonia y Lituania de facilitar operaciones ucranias contra su territorio. Una acusación que Rutte calificó de “absolutamente ridícula”.“Las amenazas públicas de Rusia contra nuestros Estados bálticos son completamente inaceptables”, ha afirmado la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. “Que no quepa duda. Una amenaza contra un Estado miembro es una amenaza contra toda nuestra Unión”, ha añadido en las redes sociales la alemana, que ha incidido en que Rusia y Bielorrusia tienen una “responsabilidad directa” en los incidentes con drones. Fuentes aliadas consideran que, más allá del posible uso de guerra electrónica, el Kremlin busca tensar la relación entre los países bálticos y Ucrania.Las Fuerzas Armadas de Ucrania han tenido en el punto de mira el Báltico desde el inicio de la guerra. Kiev ha orquestado allí operaciones de sabotaje contra la fuerza naval rusa, que ha buscado en aquellas aguas un tránsito más seguro que el del mar Negro. Ha sido en los últimos meses cuando Ucrania ha pisado el acelerador en el lanzamiento de drones bomba hacia el noroeste. Su objetivo: golpear las instalaciones de la potente infraestructura petrolera rusa y frenar la salida de sus barcos al mar, vital para las exportaciones de crudo. Uno de los ataques más exitosos del ejército ucranio tuvo lugar el pasado 25 de marzo. El ejército logró golpear un rompehielos ruso en el puerto de Viborg, junto a la frontera con Finlandia, a un millar de kilómetros de Ucrania. Aquel día, Moscú interceptó al menos 390 drones ucranios, según el Kremlin.Para frenar los enjambres de drones ucranios, el ejército ruso ha multiplicado las interceptaciones, algunas a través de medios electrónicos —método infinitamente más barato que el lanzamiento de misiles—. Desde el pasado 23 de marzo, cerca de una docena de estos vehículos aéreos de ataque desviados han acabado sobrevolando o alcanzando los países bálticos y Finlandia. Estos drones no han afectado solo a la seguridad de la región. La caída a principios de mayo de dos de estos aparatos en Letonia, uno de ellos contra un tanque de almacenamiento de petróleo vacío, causó la pasada semana la dimisión de la primera ministra del país, Evika Silina.Interrumpir la comunicaciónLos sistemas de guerra electrónica utilizados por ambos bandos suelen centrarse en interrumpir la comunicación entre el operador y el dron, provocando la pérdida de control del aparato. En algunos casos, las aeronaves terminan estrellándose tras recorrer largas distancias, como ya ha ocurrido en Polonia y Rumania.Otras técnicas incluyen el llamado spoofing, a través del que se introducen datos de navegación falsos para redirigir o estrellar el dron, y el secuestro directo de las comunicaciones del aparato para gobernar su vuelo.Marina Miron, investigadora en el Departamento de Estudios de Guerra del King’s College de Londres, señala que resulta difícil determinar si las desviaciones de drones ucranios hacia los bálticos se debe a técnicas de spoofing. “En el caso específico del Báltico, sigue siendo difícil determinar si las supuestas desviaciones en las trayectorias de vuelo de los drones ucranianos fueron realmente resultado de la suplantación de señales”, sostiene en un correo electrónico. “Un factor importante a considerar es la limitada duración de la batería y el rango de muchos drones ucranios de largo alcance. Si sus rutas se extendieran significativamente a través del espacio aéreo báltico, surge la pregunta de si aún tendrían la autonomía suficiente para alcanzar objetivos en el interior de Rusia”, sigue la experta. La guerra electrónica no es solo un arma utilizada por el ejército invasor. Kiev informa a diario de la interceptación de decenas de drones rusos, la mayoría a través de medios cinéticos como el fuego de artillería o el lanzamiento de misiles, pero también a través de la interrupción de la señal o jamming. Estos métodos electrónicos, no obstante, son incapaces de repeler todas las aeronaves de los enormes enjambres lanzados por los dos bandos.Miron plantea que la guerra electrónica puede funcionar como una herramienta de presión indirecta sobre la OTAN, precisamente por la dificultad de atribución que la caracteriza. Su valor estratégico reside en la capacidad de generar un efecto en el enemigo y sus aliados sin desencadenar una respuesta militar directa. “La guerra electrónica ofrece una herramienta que puede generar efectos políticos y psicológicos sin cruzar el umbral que desencadenaría una respuesta cinética”, dice la investigadora. La clave reside en esa ambigüedad estructural: cuando se producen interferencias en sistemas de navegación, resulta extremadamente complejo determinar su origen o intención con certeza. Esa incertidumbre amplifica su impacto más allá del plano técnico, condicionando la percepción de seguridad, la cohesión entre aliados y la asignación de recursos defensivos. “Esto crea un terreno fértil para los malentendidos y, potencialmente, para errores de cálculo peligrosos”, apunta la investigadora Miron.El presidente ucranio, Volodímir Zelenski, ha ofrecido a los países bálticos enviar operadores y expertos en drones y en guerra electrónica para ayudar a entrenar a sus ejércitos. El portavoz del Ministerio de Exteriores ucranio, Georhii Tikhii, explica por teléfono que Kiev está en contacto con sus aliados en el Báltico y con Finlandia por los “incidentes” vinculados a los drones que han alcanzado su territorio. El Gobierno de Zelenski ha pedido disculpas a sus socios en la región. Estos han responsabilidad en todo momento a Moscú de forma pública de lo sucedido. En privado, muestran su preocupación por la sucesión de incidentes. El ministro de Defensa estonio, Hanno Pevkur, manifestó el martes precisamente que ha pedido a Ucrania que aleje la trayectoria de los ataque lo máximo posible del territorio de la OTAN.
Alerta en el Báltico ante la caída de drones ucranios y la guerra electrónica rusa
Cerca de una docena de aeronaves de ataque cruzan o impactan en territorio de la región este de Europa en los últimos dos meses. Kiev culpa a Moscú por desviar los aparatos a través del secuestro de la señal. El Kremlin lo niega













