La Refinería del Pacífico dejó de ser hace años únicamente un proyecto petrolero. Hoy representa una de las preguntas más profundas e incómodas sobre el modelo de desarrollo latinoamericano: ¿hasta qué punto un país puede sostener grandes sueños estratégicos sin construir primero instituciones capaces de ejecutarlos?La discusión pública suele dividirse entre dos extremos igualmente simplistas. Por un lado, quienes sostienen que todo fue corrupción y desperdicio absoluto. Por otro lado, quienes defienden la iniciativa como una visión histórica truncada únicamente por factores políticos posteriores. La realidad, como ocurre con la mayoría de megaproyectos estatales en la región de América Latina, es considerablemente más compleja.Ecuador sí tenía razones legítimas para pensar en una nueva capacidad de refinación. Durante décadas el país exportó petróleo crudo mientras importaba derivados refinados, manteniendo una contradicción estructural que afectaba su balanza energética y su sostenibilidad fiscal. Desde esa perspectiva, buscar soberanía energética e industrialización no era una idea irracional ni improvisada. De hecho, muchos países productores han intentado recorrer caminos similares para capturar mayor valor dentro de la cadena petrolera.PublicidadEn sí, el problema comenzó cuando la narrativa política avanzó más rápido que la maduración técnica y financiera del proyecto. La Refinería del Pacífico terminó atrapada entre el simbolismo del poder y la realidad de la ejecución. Se construyeron accesos, campamentos, movimientos de tierra y obras complementarias antes de asegurar plenamente financiamiento, socios estratégicos y viabilidad operativa integral. Ahí aparece la principal crítica coherente: probablemente el objetivo estratégico no era equivocado, pero sí el orden y la forma de implementación.PublicidadPublicidadLa caída internacional del precio del petróleo, el auge del shale oil en Estados Unidos y la aceleración de la transición energética mundial agravaron todavía más un escenario que ya era frágil. Lo que inicialmente parecía una apuesta de transformación industrial comenzó a convertirse progresivamente en una carga financiera, institucional y reputacional para el Estado ecuatoriano.Sin embargo, reducir toda la discusión a la expresión “elefante blanco” tampoco permite comprender la verdadera dimensión del caso. La Refinería del Pacífico expuso algo mucho más profundo: las limitaciones estructurales de América Latina para ejecutar megaproyectos sostenibles bajo modelos altamente politizados, dependientes de ciclos económicos externos y vulnerables a cambios geopolíticos globales.PublicidadLa infraestructura del poder en la región frecuentemente termina reflejando una paradoja histórica: gobiernos con ambiciones de transformación nacional, pero instituciones aún insuficientemente consolidadas para administrar riesgos financieros, técnicos y de gobernanza de largo plazo.Quizá la conclusión más incómoda sea que nuestro país sí necesitaba debatir seriamente soberanía energética, industrialización y valor agregado. Pero también necesitaba y sigue necesitando fortalecer planificación técnica, transparencia, continuidad institucional y control público antes de embarcarse en proyectos de escala monumental.La lección de la Refinería del Pacífico no debería ser abandonar toda visión estratégica nacional. La verdadera enseñanza es otra: ningún proyecto, por ambicioso o patriótico que parezca, puede sobrevivir cuando la emoción política supera la disciplina técnica, y cuando el poder construye más rápido de lo que las instituciones pueden sostener. (O)Jorge Ortiz Merchán, máster en Economía y Políticas Públicas, DuránPublicidad