El potencial estratégico de la Argentina en materia energética se enfrenta, desde hace décadas, a la pertinaz improvisación de quienes tienen a su cargo su gestión pública. Este dilema pone sobre la mesa una realidad constante y reiterada en la cual se publicitan cambios e innovaciones como si esas fueran condiciones suficientes para definir una verdadera transformación en el futuro energético. En un contexto internacional condicionado por el pulso de la energía, un país con buena administración de sus recursos puede proyectarse como un actor relevante. El petróleo en Medio Oriente viene teñido de conflictos militares. El suministro energético se encuentra amenazado, a la vez que su control se transforma en un instrumento absolutamente económico. El petróleo no solo marca una agenda sino que destruye y construye gobiernos y países.
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Estamos inexorablemente inmersos en una era de transición energética. Y este proceso no responde solamente a una cuestión vinculada con la toma de conciencia sobre la necesidad de buscar formas de provisión de energía que sean mejores y más amables con el ambiente. Detrás de esa “bondad ambiental” subyace una confrontación que busca quedarse con el liderazgo y control de insumos, recursos y tecnología requerida. El conflicto no radica en la escasez de recursos sino en la falta de una planificación" La falta de políticas públicas coherentes en materia energética hace que la Argentina -a pesar de su capacidad instalada y de su potencial, que se traduce en energía eólica, energía solar e hidroeléctrica- no tenga la posibilidad de pensar en un futuro promisorio en esta materia. El conflicto no radica en la escasez de recursos sino en la falta de una planificación que involucre visión y continuidad, además de estrategias coherentes con una proyección a largo plazo. La cuestión se vincula con la toma de conciencia sobre la necesidad de buscar formas de provisión de energía que sean mejores y más amables con el ambiente" Rechazar la inmediatez y abstenerse de realizar parches sin rumbo que nos eternizan en un persistente bucle de promesas, marchas y contramarchas se nos presenta como la única alternativa válida. La era de las energías limpias se vislumbra en la penumbra de una incertidumbre. Ningún país, en pleno siglo XXI, puede pensarse en estos términos. Ya no será necesario tener recursos energéticos naturales, será imprescindible perfeccionar y desarrollar la tecnología subyacente. Y la única política de Estado absolutamente necesaria para lograrlo se denomina consenso estratégico. Nuestro verdadera desgracia es poseer recursos y, no obstante ello, no poder desarrollar un proyecto energético perdurable en el tiempo. *Ambientalista Directora del Instituto de Formación Política “Juan B. Alberdi” de Republicanos Unidos













