Por Osmar Zavaleta El mapa de la economía global se ha reconfigurado más rápido de lo que muchos anticipaban. La lógica simple de producir donde sea más barato ha sido sustituida por una ecuación mucho más compleja: producir donde sea más seguro, confiable y estratégicamente conveniente. Pasamos así del offshoring y del nearshoring al smartshoring, que describe cómo las empresas reubican sus operaciones en países que no sólo ofrecen costos más competitivos, sino también talento, infraestructura, energía, estabilidad y cercanía a sus mercados.En este mapa redibujado, México aparece como candidato ideal para beneficiarse del nuevo paradigma productivo. Sin embargo, su inserción en este esquema “inteligente” de producción global está lejos de ser lineal o garantizado, ya que convergen oportunidades históricas con ajustes de política comercial y desafíos estructurales.El ejemplo de un país exportador como Vietnam puede ayudar a entender el momento actual. Cuando Donald Trump lanzó su guerra comercial contra China mediante la imposición de aranceles, las cadenas de suministro no desaparecieron, simplemente se movieron. Vietnam fue uno de los grandes ganadores por su capacidad manufacturera, costos laborales bajos y una creciente integración en Asia que le permitieron capturar el vacío dejado por China. Sin embargo, esa ventaja no fue permanente, puesto que Estados Unidos terminó imponiendo aranceles a otros países, entre ellos, Vietnam. Aquí es donde México entra en escena. El tratado de libre comercio con Estados Unidos y Canadá (T-MEC) ofrece algo que pocos países pueden garantizar hoy en día, como es acceso preferencial, reglas claras y cierta estabilidad en un entorno global cada vez más incierto. Si bien México tiene mucho a su favor por compartir frontera con el mercado más grande del mundo y haberse integrado en la industria norteamericana por décadas con una base manufacturera sólida, esa ventaja no es absoluta.Las decisiones de política comercial de Estados Unidos siguen teniendo un peso determinante. Medidas como las derivadas de la Sección 232 –que afectan al acero y al aluminio— han golpeado sectores clave como el automotriz, encareciendo insumos y generando incertidumbre. Este es un ejemplo de que México puede beneficiarse del nuevo orden comercial, pero también está expuesto a sus riesgos.En este contexto, llama la atención el dato sobre el aprovechamiento del T-MEC: antes del endurecimiento arancelario, menos de la mitad de las exportaciones mexicanas hacia Estados Unidos se realizaba bajo este tratado; hoy, esa cifra supera el 90%. Aunque el mensaje parece positivo, al reflejar una mayor integración y fortaleza regional, la realidad es más compleja. ¿México está exportando más bajo el T-MEC o menos fuera de él?Tres formas de leer un mismo fenómenoEl salto en el uso del T-MEC puede interpretarse de tres formas distintas:Mayor sofisticación industrial: La lectura más optimista es que las empresas habrían ajustado sus cadenas de suministro para cumplir con las reglas del T-MEC, incorporando más insumos regionales y fortaleciendo la integración productiva. Si esto es cierto, México estaría avanzando hacia una mayor sofisticación industrial.Menos exportaciones: La segunda es menos alentadora, pues el aumento en la proporción podría explicarse porque muchas exportaciones que no cumplían con el tratado simplemente desaparecieron. Es decir, el porcentaje sube… pero el tamaño del pastel podría haberse reducido.Adaptaciones mínimas: Quizá la lectura más sutil es que las empresas están cumpliendo con los requisitos, pero sólo los mínimos. Ajustan lo suficiente para evitar aranceles, pero sin transformar realmente su modelo productivo.Para entender mejor esta última posibilidad, conviene analizar el sector de la electrónica, uno de los más dinámicos al exportar cada vez más computadoras, dispositivos electrónicos e insumos para centros de datos. Estos productos, clave para la economía digital, reflejan la integración mexicana en industrias de alto crecimiento. El detalle es que gran parte de sus componentes sigue viniendo del extranjero, especialmente de Asia. México ensambla, integra y produce, pero no necesariamente diseña ni desarrolla los elementos más sofisticados, arriesgándose a ser una plataforma de manufactura eficiente que no captura los segmentos donde se genera mayor valor.El smartshoring abre una ventana histórica para México: pocas veces el país ha tenido una combinación tan favorable de geografía, tratados comerciales y contexto global. Pero el verdadero desafío, más allá de atraer inversión o aumentar exportaciones, será lograr que esa integración genere capacidades, tecnología y valor dentro del país. Al final, la pregunta no es cuánto exporta México, sino qué tan sofisticado es lo que exporta y cuánto valor se queda en casa.Profesor investigador del Departamento de Finanzas y Economía de Negocios de EGADE Business School del Tecnológico de Monterrey
México y el T-MEC: ¿más exportaciones o ilusión estadística?, escribe EGADE
Más del 90% de las exportaciones a Estados Unidos se realiza bajo el T-MEC, un dato que parece positivo, pero esconde una realidad más compleja













