20/05/2026 05:00 Actualizado a 20/05/2026 08:24 Hay opiniones que el tiempo no desmiente, pero sí obliga a matizar. Eso me sucede con aquel artículo en el que pedía dejar en paz a Maribel Vilaplana pocos días después de conocerse su comida con Carlos Mazón. Lo sigo sosteniendo en lo esencial. Porque desde el primer momento resultó evidente que la periodista fue sometida a una exposición pública desproporcionada, cargada de insinuaciones, morbo y un machismo bastante difícil de ocultar. Bastaba recorrer las redes sociales para comprobarlo. Hubo demasiada gente más interesada en construir un relato alrededor de una mujer que en analizar qué estaba ocurriendo realmente aquella tarde trágica.Maribel Vilaplana, ayer en el Congreso ZIPI ARAGON / EFEY aún hoy me sigo haciendo la misma pregunta: ¿habría sucedido igual si quien hubiera compartido mesa con Carlos Mazón hubiese sido un periodista varón? Estoy convencido de que no. La crítica se habría centrado exclusivamente en la oportunidad política de aquella reunión y no en alimentar sospechas, comentarios y juicios personales que jamás se habrían formulado de la misma manera contra un hombre. Pero mantener esa convicción no obliga a cerrar los ojos ante otra realidad que también se ha ido imponiendo con el paso de los meses. Porque el problema ya no es que se comiera en El Ventorro. El verdadero problema es la cadena de versiones contradictorias que se han ido ofreciendo sobre aquel ágape y aquella tarde mientras la Comunitat Valenciana vivía una de las mayores tragedias de su historia reciente, con 230 muertos.Primero se dijo una cosa. Después otra. Nueve meses después apareció un comunicado de Vilaplana, que desnudaba una verdad: la comida duró más de cuatro horas. Más tarde aparecieron nuevos datos vinculados al parking y a los movimientos posteriores, que no se desmintieron. Y cada rectificación no nació de un ejercicio espontáneo de transparencia, sino de la presión de los hechos, de las revelaciones periodísticas y de la instrucción judicial. Ese es el fondo de la cuestión. No es la existencia de una comida entre un president y una periodista, algo perfectamente normal en cualquier democracia madura, sino la evidencia de que durante demasiado tiempo no se dijo toda la verdad.Maribel Vilaplana ha explicado ahora el enorme sufrimiento psicológico que arrastra desde entonces y merece respeto por ello. Nadie debería frivolizar con un daño emocional que ella misma describe con crudeza. Pero también es legítimo señalar que sus nuevas explicaciones introdujeron contradicciones respecto a versiones anteriores. Y eso, inevitablemente, alimentaba más dudas y prolongaba una historia que quizá nunca debió alcanzar estas dimensiones. Porque cuando en política la verdad aparece siempre empujada por documentos, testigos o jueces, la credibilidad se deteriora. La de Mazón, sin duda. Pero también la de quienes participaron en aquella secuencia.Y precisamente por eso creo que ha llegado el momento de cerrar el caso Vilaplana, y su comparecencia ayer en la comisión dana del Congreso debería ser el último capítulo. El foco debe estar y seguir donde siempre debió estar: en quienes tenían el poder de decisión, en quienes debían gestionar la emergencia y en quienes todavía hoy siguen sin explicar del todo qué pasó aquella tarde.Licenciado en Ciencias de la Información por la UAB y Doctor en Comunicación por la UV. Delegado en València y redactor jefe de La Vanguardia desde 1991