A Morena difícilmente podría acusársele del más común de los pecados: gatopardismo. No transformó todo para dejarlo igual

«Aquel que esté libre de pecado, que tire la primera piedra», dijo Jesús, según cuenta el Evangelio de Juan, cuando llevaron ante él a una mujer acusada de adulterio y los hombres, con piedras en las manos, aguardaban el momento de su ejecución.

De eso va este texto. De la improbable existencia de cuadros políticos que, libres de pecado, puedan arrojar las primeras piedras.

Las decepciones provocadas por Morena desde hace algún tiempo —y donde Rocha Moya aparece como ensanchado corolario— han producido una triste aceptación: que el camino de la Cuarta Transformación no pintará una línea recta, sino —en el mejor de los casos— un trazo irregular. Su representación gráfica será un serpenteo.

Lo habitual. Confundir este tropiezo con un fracaso definitivo implicaría negar la naturaleza vacilante del progreso. No existen derroteros lineales ni cronologías ascendentes en asuntos convulsos. Toda marcha contiene la posibilidad de regresión. Todo paso arrastra consigo una potencial caída.