Graham Greene, Denis Johnson y Shiro Hamao son autores muy diferentes gobernados por un mismo signo: la calidad

El ancho universo de la ficción criminal tiende, entre otras costumbres, a mirar al pasado y recuperar autores y títulos. Los que traemos aquí son peculiares, toda vez que responden a tendencias dispares y a grados de celebridad muy distintos. Poco nuevo se puede decir de El americano tranquilo, de Graham Greene, obra maestra, pero se sorprenderán si llegan a las páginas de cualquiera de las otras dos. Aviso a navegantes: hay muchos más clásicos reeditados en las últimas fechas, empezando por la labor de Espasa con la jefa de todo, Agatha Christie (ya hablaremos de esto), pero aquí ofrecemos una pequeña muestra que merece la pena. Pasen y lean.

El americano tranquilo, Graham Greene (Libros del Asteroide, traducción de Miguel Temprano). Resulta complicado hablar de un clásico tan conocido y comentado, pero aprovechamos esta nueva edición de Libros del Asteroide (que también tiene en catálogo, por ejemplo, El revés de la trama) para hacerlo. Ya saben que la película de Phillip Noyce (2002), una de cuyas imágenes ilustra este artículo, es magnífica (mejor que la de Mankiewicz de 1958, en mi humilde opinión), pero, la hayan visto o no, déjense atrapar por el libro. Nos encontramos en 1952, en plena Guerra de Indochina. Los franceses alargan su derrota evidente antes de que los estadounidenses vayan a hacer lo mismo años después. Allí, el corresponsal Thomas Fowler nos cuenta en primera persona sus peripecias a raíz del asesinato (primeras líneas de la novela, no se asusten) de un norteamericano llamado Adlen Pyle. “Nunca he conocido a un hombre que tuviese mejores motivos para los problemas que causaba”, dice de él el bueno de Fowler, que ya anda un poco de vuelta de todo y que gasta un cinismo y una pretendida neutralidad que lo emparentan con el Rick de Casablanca. La narración mira desde ahí hacia atrás para mostrarnos cómo ha terminado el amigo americano muerto debajo de un sucio puente. Hay una historia de amor, con la sensual y desconcertante Phuong, a la que los dos aman; hay espionaje, claro, y una guerra con más bandos de los que parece. La escena que comparten los dos en una torreta de vigilancia, rodeados de enemigos y arrozales, es perfecta: los diálogos, el timing, la acción, todo, tan preciso.