Lucas Molfino, director médico de MSF Suiza, destaca la necesidad de coordinación entre países para cortar las cadenas de transmisión: “Esperemos que la comunidad internacional esté a la altura porque va a ser muy necesaria”

Antes de que el ébola comenzara a propagarse el pasado mes de abril, la situación sanitaria de la región de Ituri, en el noreste de la República Democrática del Congo (RDC) ya era complicada, con brotes de cólera, diarreas y miles de personas desplazadas de sus hogares. Pero lo que se viene ahora es un auténtico quebradero de cabeza. “Con una cepa para la que no existen vacunas ni tratamiento, la variante Bundibugyo, y con el epicentro de la epidemia en una zona transfronteriza, con grandes movimientos de población y áreas de difícil acceso por el conflicto, este brote es muy preocupante”, asegura Lucas Molfino, director médico de la rama suiza de Médicos Sin Fronteras (MSF), cuyos equipos ya trabajan sobre el terreno.

“Las herramientas que tenemos para afrontarlo se reducen considerablemente, lo que nos obliga a volver al núcleo duro, a trabajar la detección precoz, el rastreo de contactos y la capacidad diagnóstica”, añade Molfino. El virus se está moviendo con rapidez y ha pasado de menos de un centenar de casos a más de 500 en apenas cuatro días, con 130 personas fallecidas. El Gobierno congolés ha anunciado la apertura de tres centros de tratamiento, donde se abordarán los síntomas de la enfermedad mientras no se desarrolle algo mejor. Por eso la clave es romper las cadenas de transmisión mediante el aislamiento de las personas afectadas y la gestión de entierros seguros.