Tras el Reino Unido y Dinamarca, la familia progresista acumula otra importante decepción y evidencia su dificultad para adaptar el discurso a la arena política contemporánea

La derrota del PSOE en Andalucía es el enésimo golpe a la socialdemocracia en Europa. El panorama para la familia progresista es desolador. La decepción andaluza se suma al colapso de los laboristas británicos en las recientes elecciones municipales y autonómicas y al retroceso de los socialdemócratas en las legislativas de marzo en Dinamarca, que puede costarle el mando a Mette Fredriksen. En ninguno de los tres países relevantes en los que están al mando líderes de esa familia progresista las cosas prometen bien. En Alemania, donde cogobiernan, la media de sondeos les otorga no más de un dramático 14% de intención de voto.

Si se amplia la mirada, el panorama no mejora. En Francia los socialistas tuvieron algunos resultados esperanzadores en las recientes municipales, pero no está nada claro que, más allá de las urbes —verdaderas aldeas galas de resistencia de una formación que ya no conecta con las clases populares sino casi solo con las urbanas formadas— puedan recuperar el pulso perdido hace tiempo. En Italia, dio esperanzas la derrota de Meloni en el referéndum sobre la justicia, pero una cosa son las consultas referendarias, otra ganar las legislativas. En el Este de Europa la familia es inexistente, en otros países relevantes como Países Bajos, la debilidad es notable. Los sondeos son prometedores en Suecia, pero en conjunto el panorama es realmente oscuro. La familia SD obtuvo 136 escaños en el Parlamento Europeo en 2024, frente a los 154 de 2019 y 191 de 2014. La media de sondeos de Europe Elects les otorga ahora aún menos, 125.