El Gobierno de España está desarrollando una política exterior impropia de un país occidental. Influimos poco en Europa, estamos enfrentados con Estados Unidos e Israel y marcamos distancias dentro de la OTAN. Al mismo tiempo, nos alineamos con la izquierda iberoamericana (Lula da Silva, Sheinbaum, Petro) y nos aproximamos a China mientras tenemos descuidado el flanco sur del Mediterráneo. Esta deriva de la política exterior se ha acelerado tras el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca. El presidente estadounidense es un mandatario imprevisible, que desprecia el multilateralismo, que concibe el comercio internacional como un juego de suma cero (donde lo que un actor gana, otro lo pierde por fuerza), que no se atiene a los usos diplomáticos y que tiende al enfrentamiento directo no sólo con sus adversarios, sino también con sus supuestos aliados. Frente a una figura tan controvertida, el presidente Sánchez ha visto la oportunidad de significarse en clave antagónica como adalid del progresismo y de la paz en el mundo, siempre situado en el lado correcto de la historia. Esa es la razón por la cual el Ejecutivo español se resiste a aumentar la inversión en defensa (a pesar del compromiso adquirido en el seno de la OTAN), al igual que ha prohibido el uso de las bases militares de Rota y Morón para el ataque de Estados Unidos a Irán y que ha despachado la posición de España ante este conflicto con el viejo lema del "no a la guerra" (sin hacer mención alguna al régimen dictatorial de los ayatolás). Ocurre que, mientras el presidente Sánchez enarbola la bandera de la paz, otros líderes europeos se implican en la búsqueda de soluciones. Por ejemplo, el presidente Macron y el primer ministro Starmer han promovido iniciativas multilaterales para impulsar la reapertura del estrecho de Ormuz, con la participación de unos 50 países. España ha permanecido al margen, del mismo modo que ha estado ausente en anteriores encuentros internacionales relativos a la guerra en Ucrania. Opinión La estrategia de oposición a Donald Trump puede que beneficie a Pedro Sánchez ante su base electoral, pero desde luego resulta dañina para los intereses de España y de sus empresas. Plantar cara a la gran superpotencia no sale gratis. Por de pronto, nuestro país ha sido excluido de la primera reunión de ministros de Economía y Finanzas del G20 de este año. Es imposible predecir hasta dónde podrían llegar las represalias de Washington. En los últimos meses se ha publicado que la Casa Blanca podría imponernos un embargo comercial, desmantelar las bases de Morón y Rota e incluso suspender temporalmente nuestra condición de miembro de la OTAN. El hecho cierto es que el comercio bilateral ya se está resintiendo. En los dos primeros meses del año, las exportaciones españolas de mercancías han disminuido un 12% y las importaciones un 20% con respecto al mismo periodo de 2025. Por otro lado, hay que subrayar que Estados Unidos es el destino número uno de la inversión española en el mundo (con un volumen acumulado de 103.000 millones de euros), así como el primer inversor extranjero en España (con 117.000 millones). Para comprender la magnitud de estas cifras y de lo que nos jugamos con la Administración Trump, baste decir que España tiene menos de 5.000 millones de euros invertidos en China y que la inversión de este país en nuestro territorio asciende a 12.000 millones. Pero más allá de cuestiones económicas, de los intercambios comerciales y los flujos de inversión, este análisis quedaría incompleto si no tuviera en cuenta la dimensión de España como país frontera, situado cerca de varios focos de tensión en el flanco sur del Mediterráneo, con un terrible potencial desestabilizador. Me refiero al desierto del Sahel, a Libia (donde la Rusia de Vladímir Putin ha establecido una fuerte presencia militar) y a Marruecos. En el pasado, Marruecos ha dado repetidas muestras de su voluntad expansionista sobre el territorio español y precisamente Estados Unidos desempeñó un papel crucial a la hora de detener la Marcha Verde (año 1975) y de restaurar el statu quo tras el incidente de Perejil (año 2002). Pero las circunstancias hoy son bien distintas. Rabat mantiene acuerdos privilegiados con Washington y con Tel Aviv y se está dotando de una notable capacidad militar. Si en un futuro se desencadenara una nueva crisis con España, ¿de qué lado se pondría Estados Unidos? Y en el supuesto de que no acudiera en nuestro auxilio, ¿podríamos contar acaso con la ayuda de Xi Jinping? De todo lo anterior se infiere que España no puede ir por libre en el concierto internacional, sino que debe conducirse con prudencia, como corresponde a una potencia occidental de tamaño medio, en coordinación con sus socios naturales de la Unión Europea y de la OTAN. Reclamar una política exterior consensuada se antoja utópico en un clima tan polarizado, pero al menos el Gobierno debería abstenerse de utilizarla de una manera tan oportunista. El lado correcto de la historia es aquel en el que nuestros intereses económicos y de seguridad se encuentran mejor protegidos. *Balbino Prieto, fundador y expresidente del Club de Exportadores e Inversores Españoles. El Gobierno de España está desarrollando una política exterior impropia de un país occidental. Influimos poco en Europa, estamos enfrentados con Estados Unidos e Israel y marcamos distancias dentro de la OTAN. Al mismo tiempo, nos alineamos con la izquierda iberoamericana (Lula da Silva, Sheinbaum, Petro) y nos aproximamos a China mientras tenemos descuidado el flanco sur del Mediterráneo.