EDITORIALEl Ministerio Público se debe a la ciudadanía y no es parcela de ninguna mente ruin que pretenda tenerlo a su servicio.
Las primeras declaraciones de Gabriel Estuardo García Luna, en su primer día como fiscal general y jefe del Ministerio Público constituyen una declaración de intenciones y primeras acciones que claramente buscan marcar un parteaguas respecto de la anterior administración. Reza el viejo dicho que toda escoba nueva barre bien y, en efecto, el doctor García Luna debe barrer con las rémoras, los enfoques sesgados y las roscas convenencieras; también con los señalamientos de selectividad, la falta de credibilidad de la institución y el aislamiento internacional en que lo dejó su antecesora.
Junto a un equipo inicial de confianza, García Luna debe emprender una evaluación de desempeño, sobre resultados tangibles y coherencia de acciones. La transformación de la institución no puede responder a alternancias bipolares, mucho menos a un sistema de codependencias, zalamerías o temores. Tampoco puede ser una telaraña de pactos para blindar a ciertos interesados ni una inquisición montada sobre animadversiones, porque esos han sido los juegos de interés que se han sucedido y fracasado a lo largo de los últimos 12 años.











