El director Fernando González Molina.Daniel de JorgePara ser uno de los directores más comerciales de España, a Fernando González Molina (Pamplona, 51 años) le atrae el riesgo. “Me divierte hacer algo que no haya hecho, con lo cual la inseguridad se repite. Siempre pienso que mis películas no se entenderán ni llegarán a nadie”. Con pasmosa frecuencia, se equivoca. Puede que el lector no identifique al cineasta por el nombre, pero haya visto Fuga de cerebros (2009), Tres metros sobre el cielo (2010), su secuela Tengo ganas de ti (2012), Palmeras en la nieve (2015), El guardián invisible (2017)... Éxitos de los que arman de confianza.Pero, cuando Javier Calvo y Javier Ambrossi le propusieron dirigir una nueva versión de Mi querida señorita (1972), el clásico de Jaime de Armiñán, hasta él dudó. “Era kamikaze. ¿Para qué tocar una peli que es histórica, que te van a dar por todas partes?”. La imagen de José Luis López Vázquez travestido, en el papel de alguien que crece con el género femenino asignado hasta que un médico dicta que es un hombre, es una de las más potentes del final del franquismo. Disfrazada de comedia de enredo, Armiñán sorteó la censura para cuestionar qué nos define: el rol que nos impone la sociedad o nuestros sentimientos. “Era una película de una finura brutal sobre el misterio de la identidad”, reflexiona Molina. La nueva Mi querida señorita, a la que se refiere como “actualización” antes que remake, está en Netflix desde el 1 de mayo. “Lo que hemos hecho ha sido deconstruirla y quedarnos con las claves”. Una decisión central: arrojar luz sobre cómo el personaje llegaba a la vida adulta confundido con su supuesto género. Aquí se explicita que es intersexual, como se denomina a quienes nacen con rasgos no típicamente masculinos o femeninos a nivel biológico, sexual, hormonal o cromosómico. “Muchos no entendían qué le pasaba al personaje. Ahí me dije que tenía sentido contarla de otra manera”. Una decisión central ha sido la de arrojar luz sobre una de las incógnitas que el título de 1972 dejaba a la imaginación: cómo el personaje protagonista llegaba a la vida adulta aparentemente confundido con su supuesto género. En la nueva película, se hace explícito que es intersexual, como se denomina a quienes nacen con rasgos no típicamente masculinos o femeninos a nivel biológico, sexual, hormonal o cromosómico. La letra menos visible de las siglas LGTBIQ+. “Mucha gente que ama la película original no entiende bien qué le pasa al personaje. Ahí me dije que tenía sentido contarla de otra manera y contarla claramente”. La nueva película está protagonizada por una actriz verdaderamente intersexual, la debutante Elisabeth Martínez. “Poner a un actor con peluca respondía a cómo se manejaban estos temas en su tiempo, pero era justo lo que no podíamos hacer nosotros en 2026. Ninguna persona intersexual puede identificarse con un actor travestido con peluca, es lo contrario de lo que el activismo intersex quiere trasladar”, explica el director. Martínez, que trabaja como informática, llegó a la película tras una larga búsqueda, para la que requirieron de la colaboración de asociaciones especializadas, dada la ausencia de actrices intersexuales conocidas en el panorama interpretativo español. También contaron con el asesoramiento de la activista y escritora Mer Gómez, para afinar el rigor de la representación intersex y ayudar a Elisabeth Martínez. “No dejaba de ser un desafío para ella hacer un personaje con el que comparte elementos de conflicto, la relación complicada con su cuerpo, su viaje o algunos traumas. Para que Elisabeth fuera capaz de desnudarse en la película, emocional y corporalmente, fueron necesarios meses de ensayo, trabajo y terapia”. A su paso por el Festival de Málaga, la actriz expresó que la película había tenido un efecto catártico positivo en ella. “Intentamos que sufriera lo mínimo posible y llegara hasta donde quisiera, pero saber que no solo no ha sufrido, sino que la peli le ha ayudado, es importante para nosotros”, celebra Molina. Pese a tratarse de una actualización, la nueva Mi querida señorita no se sitúa en el presente, sino entre los años 1999 y 2000. Las razones van desde el juego entre lo no binario y el cambio de milenio, el menor grado de concienciación de entonces sobre las realidades intersex y, también, el deseo del director y de la guionista, la escritora Alana S. Portero, de mirar a la época en que ambos llevaron a cabo sus respectivos viajes de autodescubrimiento, Molina como homosexual y Portero como mujer trans. De ahí que la trama se desarrolle en Pamplona y Madrid, donde crecieron. “Incorporamos muchos lugares de nuestra adolescencia, como, en mi caso, el bar M-40”, dice el director sobre el local gay pionero en la ciudad navarra, que cerró hace más de diez años y cuya fachada se ha reconstruido para la ocasión. La familia que hacemos por el camino Si en la película de 1972 la tensión, en parte, orbitaba en torno a la atracción del personaje de López Vázquez por su criada (interpretada por Julieta Serrano), en esta reimaginación, la protagonista siente interés por una masajista a la que encarna Anna Castillo, que dispara sus inquietudes al interactuar por primera vez con su cuerpo. Crecida en el seno de una familia tradicional, Adela, como se llama el personaje de Elisabeth Martínez, no conoce su intersexualidad porque sus padres se la ocultaron, pero es consciente, por contraste, de su condición de mujer que no responde al canon normativo. En el elenco destacan también Paco León, en el papel de un cura gay, Nagore Aramburu como la restrictiva madre o la pareja formada por Manu Ríos y Lola Rodríguez, que le harán de cicerone por la disidencia sexual durante su estancia en Madrid. En el tramo capitalino resulta reconocible la firma de Alana S. Portero, quien, en su aclamada primera novela, La mala costumbre (2023), retrató ese otro Madrid integrador, amable y comunitario de personas provenientes de los márgenes. La autora, cuyo libro ha sido traducido a 17 idiomas, se estrena como guionista. “Es claramente ADN de Alana”, dice el director. “La familia elegida es un concepto que ella reivindica constantemente, encontrar tu lugar a través de las personas con las que haces familia”. González Molina reconoce el cine de Pedro Almodóvar como una influencia para esta película, pero atribuye el tono de Mi querida señorita, próximo a los intrincados melodramas del manchego, a la escritura de Portero. “Alana comparte con Almodóvar esta capacidad de generar empatía desde los personajes más extremos, desde esa combinación de costumbrismo y emoción con extrañeza. Por ejemplo, este lugar que aparece de BDSM, que es cálido al mismo tiempo, como una familia de chicas que hacen sadomasoquismo, es absolutamente Alana”. Otro elemento clave, presente en otras producciones de los Javis, es el de la religión, que el director desvincula del auge reaccionario al que a veces se asocia. “No soy católico, pero lo cristiano o las creencias religiosas no son potestad absoluta de la derecha ni la izquierda”, rechaza Molina. El cura de la película, interpretado por Paco León, se inspira lejanamente en otro párroco del largometraje de 1972. “A nivel narrativo, me gustaba que fuera este cura el que lanza a Adela a la carne, a vivir, a la pasión, a los placeres, y que aborda sus creencias desde un lugar tan poco católico como la muerte de su pareja homosexual por culpa del sida”. Según datos del Ministerio de Cultura, las películas de González Molina han vendido 8,4 millones de entradas desde su puesta de largo en Fuga de cerebros, hace 17 años. A ello se suman las múltiples reposiciones televisivas, la larga vida adicional que han encontrado en streaming sus adaptaciones de la trilogía del Baztán (la saga de libros de intriga criminal de Dolores Redondo) o su trayectoria como realizador en series como Los hombres de Paco (2005) y El barco (2011). Sin embargo, insiste en que no concibe el cine “en términos marketinianos” ni planeando que sus películas sean para todo el mundo. Es una cuestión de mirada. “Pensé que esta era una película más rara de lo que finalmente es, pero siento que en mí hay algo mainstream sin pretenderlo. Llegar a la proyección en Málaga y ver a una señora de 70 años llorando a mares junto a un chaval de 25, entendiendo la película, es para flipar”. Molina cree que, pese a que sus primeros trabajos puedan considerarse opuestos a Mi querida señorita, comparten una premisa creativa similar: hacer la película que le hubiera gustado ver de adolescente. Asegura sentirse autor de todas ellas, fuesen o no encargos, además de orgulloso “por formar parte de algo que perdura”. “Son también hijas de su tiempo, como Mi querida señorita lo es de 1972”, razona. “Probablemente, si hiciera ahora Tres metros sobre el cielo la abordaría desde otro lugar, o quizás no. Lo tendría que valorar. Pero son mis películas y las reivindico como mías, con sus aciertos y errores. Sentarme en una mesa con gente de muchas edades, que me pregunten qué películas he dirigido y todo el mundo las conozca o haya visto es muchísimo más de lo que soñaba cuando estaba estudiando”. Sobre una posible tercera entrega que dé continuidad a Tengo ganas de ti, algo que Mario Casas, el protagonista, ha deseado públicamente, el director confirma que existe un guion y que le gustaría rodarlo, pero lo ve poco factible. “¡Todos los días me llegan hasta 25 mensajes por Instagram para que la hagamos!”, reconoce. Molina, que dirigió a Casas en sus primeras cuatro películas, está feliz con el estatus que ha alcanzado el actor, querido por el público y respetado por la crítica. “Mario significa muchísimo para mí, porque algunas de las películas que nos lanzaron las compartimos. Ha crecido muy bien, es un tío inteligentísimo que sabe que, aunque los premios son importantes, se debe al público”. No olvida que, cuando Casas ganó el Goya por No matarás (2020), en su discurso de agradecimiento recordó Tres metros sobre el cielo. “Nunca le han dado estos premios por sus películas comerciales, aunque hiciera también trabajos increíbles. Es el ejemplo de que se puede saltar de un lugar al otro, pero también de que queda cierto prejuicio”. El fenómeno, en su opinión, es sintomático de una cierta “polarización” entre “lo que se considera cine de premios y lo que se considera cine de público”. “Hay películas preciosas que nunca serán para el gran público y su lugar es ser minoritarias, igual que hay películas muy comerciales que tampoco creo que tengan sentido artístico para ganar premios. Lo que se echa en falta es el término medio”, observa. “Antes era normal. Hubo un año [1992] en los Oscar en que estaban compitiendo Bugsy, La Bella y la Bestia, El silencio de los corderos, JFK: Caso abierto y El príncipe de las mareas. Todas eran un éxito. Esto lo echo en falta, la sensación de que lo que se llama cine popular esté más reconocido”.
Fernando González Molina: “No podíamos poner a un actor con peluca en 2026”
Es ese director del que mucha gente conoce sus películas, pero no tantos su cara. Ahora se atreve con una nueva versión de un clásico español, ‘Mi querida señorita’











