Cientos de israelíes llegan, sin demasiado optimismo, al momento crucial de la final de Eurovisión. Llevan casi cuatro horas siguiéndola en cuatro pantallas gigantes que el Ayuntamiento de Tel Aviv ha instalado ad hoc junto a la playa, al aire libre. Son casi las dos de la madrugada y quedan los más motivados en un país que busca en cada certamen transmitir la imagen en la que le gusta reconocerse en el espejo y que lo hiciesen los demás: uno más entre otros. Los presentadores se disponen a desvelar el resultado del voto que ha obtenido del público, su gran baza para remontar el octavo puesto al que le ha relegado el jurado. Se hace el silencio. Algunos se tapan la boca con las manos en señal de nerviosismo y otros se agarran de la mano. El veredicto (220 puntos, solo menos que Rumanía) lo aupa a la cabeza de la tabla y en Tel Aviv se desata la euforia. Un grupo agita la bandera nacional mientras comienza a cantar “¡Eretz Israel!” (La Tierra de Israel). Muchos de quienes seguían el certamen sentados se levantan y se aproximan a una pantalla gigante. Los gritos de entusiasmo crecen según caen competidores. “¡Vamos, Israel!”, dice uno. “¡Es tuyo, Noam [Bettan, el representante del país], es tuyo!”, grita otra. La victoria está a un palmo de distancia. Solo queda Bulgaria, la preferida por el jurado. La flecha que marca con suspense los puntos que le ha dado el público se detiene antes de igualar la puntuación de Israel y los congregados ante la pantalla amagan con estallar de alegría. Un segundo más tarde, entienden que no era el final y cunde el desánimo. Bulgaria acaba obteniendo 312 puntos, gana y Tel Aviv pasa en 20 segundos de saborear la quinta victoria de Israel en Eurovisión (y justo en una edición tan polémica) a quedar en segundo puesto. Una mujer se echa a llorar. “Era nuestro, era nuestro…”, dice a su hijo, que la consuela. Otro se tira al suelo mientras blasfema. La mayoría, sin embargo, relativiza el golpe y vuelve a corear el nombre del país y la canción con que competía, Michelle.Eli Izon, de 26 años, es de los que no estaban decepcionados. “No está mal ser segundos. Con todo el antisemitismo que hay en el mundo y todos los países a los que no podemos viajar, calienta el corazón ver que aún hay tantos que nos aman”, dice, obviando la polémica en torno a la votación, con advertencia incluida del director ejecutivo del certamen, Martin Green, por los anuncios en los que Bettan pedía los 10 votos posibles.También Sivan, un año menor, está contenta con el resultado final, dos puestos por encima del augurado. Por un lado, dice, porque Tel Aviv no albergará así el certamen en 2027 y organizarlo “es muy caro”. Por otro, porque demuestra que su país sigue recibiendo notables apoyos en el mundo, incluso cuando cinco países (entre ellos España) se han ausentado a causa justamente de la participación de Israel, en un gesto que -añade- le es “indiferente”. “Casi mejor incluso. Que se queden allí. Tampoco es que a los que nos boicotean les vaya muy bien musicalmente”, sentencia.Aquí, este sábado, nadie quería mezclar Eurovisión con política, pero había mucha de la segunda. Israel ha acudido a anteriores ediciones presentándose como un país de coexistencia (con la judía Noa y la árabe Mira Awad cantando juntas a la paz en 2009) o abierto y moderno, con Dana International como primer participante trans —en 1998 con Viva la Diva— y Netta Barzilai y su feminista Toy, en 2018. Son sus dos últimas victorias en el festival. Mucho en juegoEste 2026, había también mucho en juego y se palpaba, en el ambiente y en los comentarios de los presentadores de la televisión pública. Tras casi tres años de guerra perpetua e invasiones en Gaza, Líbano y Siria, Israel es el motivo de que la edición tenga 25 participantes (el menor número desde 2004), y algunos, como España, ni siquiera la emitan.La presuntamente ausente política no tarda en aparecer. Abre el certamen el representante de Dinamarca, Søren Torpegaard Lund, y uno de los presentadores de la televisión pública israelí recuerda que compartió en Instagram una foto de un portátil con una pegatina con la frase: “FCK HMS (Que le jodan a Hamás). “Desde entonces, es nuestro amigo”, añade. El público en Tel Aviv aplaude.Israel actúa tercera, así que la euforia llega poco después. Noam Bettan se dispone a interpretar Michelle y un presentador de la televisión israelí celebra la imagen en “el año en que ha habido un mayor esfuerzo por excluir a Israel”. En Tel Aviv, la multitud canta y baila el tema, un puñado de ellos cubiertos con la bandera nacional. Pocos se saben la letra (una mezcla de hebreo, inglés y del francés que Bettan heredó de sus padres, judíos de Grenoble que emigraron a Israel), pero importa lo justo. Esto no va solo de música y, al fin y al cabo, el final del estribillo requiere poca memoria: “Michelle, Michelle, Michelle”.El momento álgido llega al final de la actuación, cuando Bettan dice en una mezcla de inglés y hebreo: “Thank you Europe, todá rabá, I love you all, Am Israel Jai” (Gracias, Europa; muchas gracias; os quiero a todos; el pueblo de Israel vive). La última frase se ha vuelto omnipresente desde el ataque de Hamás de octubre de 2023 que dejó casi 1.200 muertos y más de 250 rehenes. “¡El pueblo de Israel vive!”, repite uno de los presentadores israelíes. “Banderas israelíes entre el público. Lo quieren mucho aquí en Viena”.Quedan 22 canciones más, así que la mayoría aprovecha para acercarse a comprar cerveza, fish and chips o churros en los puestos del espacio, bautizado Tel Aviv 360. Algunos llevan allí desde las 20.00 (19.00, en la España peninsular) cuando un DJ y un miniconcierto de Netta Barzilai dieron inicio a la fiesta. “El mundo y Noam nos necesitan hoy [...] Somos un lugar muy especial”, decía mientras cientos de personas marchaban en Viena contra la presencia de Israel en el certamen.Durante la gala, cada detalle relacionado con el país era celebrado como un gol en campo ajeno. Como cuando los presentadores en Viena jugaron a introducir en frases el nombre de anteriores ganadoras. Mencionaron Toy en primer lugar y el público vitoreó. No era la elección, sino su significado. Lo entiende Mika, una joven de la ciudad que prefería unirse al visionado colectivo a seguirlo en su casa, como en años anteriores. “Eurovisión va mucho más allá de la política. Me parece increíble que nos boicoteen después de todo lo que sufrimos el 7 de octubre [de 2023], pero lo importante es que hemos conseguido llegar hasta aquí”, señala.Varias parejas del mismo sexo entre el público muestran la confluencia del carácter de Tel Aviv como capital gay de Oriente Próximo y la popularidad del certamen entre el colectivo LGBTI. Una drag queen, Ziona Patriot, hacía de maestra de ceremonias. En una de las pausas, rellenó el tiempo preguntando al público quién ganaría si no lo hacía Bettan. Apenas hubo respuestas porque, obviamente, nadie quería plantearse la posibilidad. Patriot desgranó entonces los favoritos. ― “¿Finlandia?”Todos saben que abogó por excluir a Israel de la competición, así que se llevó abucheos― “¿Grecia?” Es uno de los principales aliados europeos: ronda de aplausos. ― “¿Francia?” Ni frío ni calor. Allí nacieron decenas de miles de israelíes (entre ellos los padres del propio Bettan), pero el presidente, Emmanuel Macron, ha ido endureciendo el tono con el Gobierno de Benjamín Netanyahu. Ninguno de sus tres jurados dio finalmente puntos a Israel, como si lo hubiesen oído desde la distancia en la noche en la que el voto del público estuvo a punto de dejar a los organizadores de la Unión Europea de Radiodifusión una patata aún más caliente: Eurovisión 2027 en Israel.
Israel, de la euforia a la decepción en 20 segundos
Cientos de israelíes ven en cuatro pantallas gigantes en Tel Aviv cómo su país pierde en el último instante ante Bulgaria su quinta victoria en Eurovisión











