Amamantado por unos padres pietistas fanáticos, el escritor Hermann Hesse vivió hasta la adolescencia aplastado por la Biblia. Los salmos, las plegarias y el órgano que sonaban dentro de los húmedos paredones del seminario de Maulbronn, donde estaba recluido por la autoridad paterna, fueron su alimento espiritual, pero el pálido levita, en medio de esta descarga religiosa, recordaba las correrías de niño por la pradera donde hablaba con los pájaros, se zambullía en el lago durante las vacaciones de verano y compartía su amistad con el zapatero y con el carnicero del pueblo.Estaba destinado a la Iglesia para ser ungido por el Señor. Pero le gustaban los árboles, los animales, las flores, las estrellas, el silencio de la nieve en los abetos y el bosque poblado de duendes imaginarios. De esta forma llegó a conquistar la naturaleza como una forma de espiritualidad. Para eso solo necesitaba saltar las tapias del seminario y emprender la huida. Los padres lo llevaron a un exorcista para que le sacara los demonios del cuerpo. En vez de echar espuma por la boca, imaginaba su cuerpo balanceándose de la rama de un abeto cubierto por la nieve de primavera. Había intentado suicidarse, estuvo en manos de un psiquiatra, pero al final halló la salvación en la rebeldía. Hermann Hesse escribió su famosa obra Siddhartha en 1922, después de un viaje a la India para liberarse del vínculo con sus padres. Toda la enseñanza que se trajo del viaje ya la había aprendido en los bosques de su infancia, pero el libro en su momento causó sensación entre los jóvenes que se enfrentaban al derribo moral después de la Gran Guerra.Hubo un tiempo, allá por principios de los años sesenta del siglo pasado, en que la rebeldía de los jóvenes en los campos universitarios de Norteamérica consistía en hacer sentadas contra la guerra de Vietnam y provocar a los papás biempensantes y a los profesores retrógrados leyendo Trópico de Cáncer (1934), de Henry Miller, una novela autobiográfica llena de sexo y drogas, que narraba las andanzas libertinas del escritor por las ciénagas de París, escritas con un estilo hipnótico y descarnado. Se consideraba una obra paradigma de la libertad; aquellas adolescentes rebeldes de entonces llevaban el libro en la mochila con las páginas chamuscadas con el chisporroteo de los porros de marihuana.Recuerdo de aquel tiempo la explanada del campus de La Jolla, de la Universidad de San Diego, por donde pasé de visita en 1964. Allí el filósofo Herbert Marcuse, con aires de santón, predicaba la teoría del Hombre Unidimensional. Por allí anduvo nuestro escritor moralista José Luis Aranguren, que volvió a España con el prestigio de haber participado en aquellas sentadas y de haber compartido con los jóvenes varios canutos de marihuana, que lo consagraron como el primero de nuestros intelectuales en haber alcanzado la modernidad.Por ese tiempo los hippies emprendieron el vuelo. El primero fue desde San Francisco a las pirámides de Tenochtitlan, en México, y desde allí al Machu Picchu de Perú. Otra bandada comenzó a volar hacia Europa e hizo una primera bajada en la discoteca-iglesia el Paradiso de Ámsterdam, y de ahí al Mediterráneo de Ibiza, después a la isla Elefantina, en el Alto Nilo, y finalmente Nepal. En todos los puntos magnéticos del planeta formaron un nido lleno de energía vital. Muchos de ellos llevaban en el morral de apache el Trópico de Cáncer, de Henry Miller, pero la mayoría había cargado con el alimento espiritual que contenía el libro Siddhartha, de Hermann Hesse, en el que narraba la aventura interior de un joven brahmán que iba en busca de la iluminación y, después de renunciar a todos los placeres mundanos, la descubrió dentro de sí mismo, formando parte de la unidad de todas las cosas. En esa luz interior estaba aquel lago en que se bañaba de adolescente durante las vacaciones de verano, estaba la nieve que caía sobre los abetos, estaba en el canto de los pájaros a los que conocía por su nombre, estaba en las cosas sencillas y verdaderas que decían los menestrales del pueblo. Los hippies volaron para encontrar estas cosas en las cumbres del Himalaya, pero Hermann Hesse les daba a entender que no era necesario volar tan alto, ni tan lejos. Desde entonces, este escritor flaco, de ojos azules, con un diseño ascético por el que habían pasado toda serie de calamidades, la esquizofrenia de su mujer, la enfermedad de su hijo, los amores perdidos, se convirtió en un guía espiritual. Él mismo era un lobo estepario, como el título de su famoso libro, una mezcla de naturaleza heroica entre humana y animal. Hermann Hesse tuvo que enfrentarse a aquel supermercado espiritual abastecido por todos los gurús orientales que se instalaron en California para impartir semillas, creencias, meditaciones, prácticas esotéricas, terapias de toda índole, hierbas y vitaminas en pastillas de color azul y rosa a los neófitos sentados en esteras de esparto sobre el aspa de las piernas. Había que elegir entre la ciénaga catártica de Henry Miller y la iluminación interior de Hermann Hesse. Esa era la disyuntiva espiritual de aquel entonces.