La economista húngara Kata Tüttö (Budapest, 46 años) habla con auténtica pasión de Europa y lo hace, para variar, sin la habitual épica institucional de muchos dirigentes. Su trayectoria política, forjada en el Gobierno municipal de Budapest y ahora en la representación de ciudades y regiones en Bruselas como presidenta del Comité Europeo de las Regiones, marca su forma de entender la Unión. Le preocupa que los servicios públicos funcionen, que las oportunidades y el crecimiento lleguen a todos los territorios, que la política europea impacte en la vida cotidiana de los ciudadanos. Por eso, Tüttö, que atendió a EL PAÍS durante la cumbre progresista del mes pasado en Barcelona, advierte de que la UE corre el riesgo de debilitarse desde dentro si sacrifica la cohesión territorial en el próximo presupuesto. La negociación del Marco Financiero Plurianual 2028‑2034 ha abierto una brecha política y territorial en la Unión. Mientras la Comisión propone un giro hacia la centralización y la gestión nacional de fondos clave, como los de cohesión o la Política Agraria Común, ciudades y regiones temen perder capacidad de decisión y recursos en un contexto marcado por la crisis de la vivienda, la transición verde y el auge de los populismos. Tuttö, una de las voces más influyentes del municipalismo, defiende que Europa no puede permitirse gobernar permanentemente en “modo crisis”. Pregunta. Son tiempos difíciles para Europa: guerra, presión económica, fragmentación política. ¿Cómo cree que está respondiendo la UE?Respuesta. Estamos en una policrisis y tenemos que ser conscientes de que en modo crisis los líderes apuestan por la centralización: del poder, de la atención y de los recursos. Pero no creo que sea la respuesta adecuada. No hay que perder de vista los objetivos a largo plazo. Un buen ejemplo es la mitigación y adaptación al cambio climático. Nunca habíamos visto una DANA como la de España. Sí, hay que reaccionar de inmediato y destinar recursos. Siempre hay más problemas que dinero. Pero también hay que anclar la inversión a largo plazo en la mitigación, para seguir reduciendo las emisiones de CO2, para invertir en energías renovables.P. La hemos escuchado decir que Europa no puede ser fuerte en el exterior si está debilitada en el interior. ¿A qué se refiere?R. La atención ahora está en el exterior, pero también hay que mantener en funcionamiento los servicios públicos y ocuparse de las comunidades. No se trata solo de que la UE en su conjunto marche bien, sino de que cada territorio pueda ver que tiene futuro. Ese es el trabajo de los alcaldes y de los presidentes de las regiones, desde el pueblo más pequeño a las grandes capitales, que son los que le toman el pulso a las sociedades y las economías locales. Y no pueden hacerlo sin recursos. P. Y los recursos son limitados.R. El presupuesto europeo no es la suma de los presupuestos de los Estados miembros, es relativamente pequeño, equivale a alrededor del 1% del PIB común. El presupuesto de siete años que se está negociando es comparable al PIB de una región europea como Baviera. Tiene básicamente dos funciones: que funcione el mercado único ―los fondos de cohesión― y proporcionar seguridad alimentaria, es decir, una política agrícola común. A medida que aumentan los problemas, crece la percepción de que Europa debería hacer más, pero los Estados miembros no tienen voluntad de gastar más. Es uno de los grandes dilemas de la negociación. Los ciudadanos piden más, los líderes locales piden más, incluso los primeros ministros miran al presupuesto de Bruselas para gestionar sus crisis, pero nadie quiere poner más dinero. Y cuando esto sucede, el dinero que hay se destina a reaccionar a las crisis y se desvía de la cohesión y de la inversión descentralizada. P. ¿Cómo pretende la Comisión que se gestionen ahora esos fondos?R. El 70% de los objetivos europeos en clima y energía se implementan a escala local. Por definición, la política de cohesión y la de agricultura son descentralizadas, en ciudades y regiones. Así es como se diseñaron y así es como funcionan. Pero ahora se pone todo en un sobre nacional para que compitan entre ellas. El Fondo Social Europeo desaparece y compite con migración, control de fronteras, pesca, desarrollo rural. Todo en el mismo sobre, que se le da a los Estados miembros. Supuestamente en aras de la simplificación, pero lo que ocurre es que la Comisión no quiere tratar con las regiones y con los agricultores. Quiere que sean los Estados miembros los que hablen con los granjeros, con los alcaldes rurales, con las ciudades. Les da una lista de lo que tienen que conseguir y total flexibilidad, pero es una misión imposible. P. ¿Y a los Estados qué les parece?R. Es una trampa para los gobiernos nacionales, porque se quedan todos los conflictos y con menos recursos. El Parlamento Europeo lo ha analizado. Los países receptores de fondos de cohesión, como España, van a recibir menos dinero si la propuesta actual se mantiene. Nos hemos reunido con las regiones y hay consenso, sin importar el color político, en que no debería haber juegos del hambre, competición entre políticas tan importantes. Existe un consenso, desde Lituania hasta Grecia, Bulgaria, España y Finlandia, de que las políticas de cohesión deben mantenerse como una política independiente, reforzarse y descentralizarse, por lo que la gobernanza debe seguir siendo descentralizada. P. ¿Le preocupan las consecuencias políticas, que aumente el euroescepticismo? R. El riesgo es real. Ahora circula mucho dinero europeo porque el Programa de Recuperación Europeo (NextGeneration EU, el instrumento de 800.000 millones para reparar los daños económicos y sociales causados por la pandemia) todavía está en marcha, pero cuando acabe y el dinero deje de llegar, y la política de cohesión quede reducida a un fondo de caridad para las regiones menos desarrolladas, significará que para muchas regiones, casi no habrá nada. Y vendrá una gran decepción.P. ¿Gasolina para la ultraderecha?R. No quiero contribuir a su narrativa, pero cuando hablamos de los peligros que se ciernen sobre la Unión Europea están estas voces que dicen ‘Europa no os escucha, no siente vuestro dolor, solo le importan las grandes empresas, las grandes ciudades’… Esta retórica cala si la gente no ve lo que significa la Unión Europea para ellos. Es responsabilidad de nuestros líderes locales mantener el espíritu europeo, pero sin recursos no pueden llegar muy lejos. P. Como socialista húngara, ¿costará recuperar la democracia en Hungría?R. Estas no han sido unas elecciones normales, ya que no se trataba de un traspaso de poder de un partido a otro. Fue algo muy singular, se pareció más a un referéndum. Fue realmente como si el sistema inmunológico de la sociedad se pusiera en marcha para decir: ‘Te entregué el poder y ahora te lo voy a quitar, Viktor Orbán, porque has hecho un mal uso del poder que te di’. El sistema tiene que ser desmantelado ladrillo a ladrillo. Se construyó en 16 años. No se puede demoler. Sería peligroso demolerlo de la noche a la mañana. Pero tiene que ser desmantelado. La democracia crece lentamente. Requiere tiempo, paciencia y perseverancia, y supone sacrificio. P. ¿Qué errores cometió la izquierda para que no tenga un solo escaño en el nuevo Parlamento?R. La izquierda se ha sacrificado a sí misma. Si un sistema cambia de esta manera, hay que hacer sacrificios. No solo la izquierda, sino también los liberales y los verdes. La coalición que formábamos, una coalición progresista de izquierda y verdes que construimos juntos en los últimos años, tuvo que hacerlo para que se produjera el cambio debido al singular sistema electoral que ideó Viktor Orbán, en el que el pluralismo de partidos solo servía para que Viktor Orbán se mantuviera en el poder. No voy a entrar en el análisis de todos los errores, porque, por supuesto, probablemente hubo muchos, pero la oposición se unió y formó parte del cambio.