La lentitud de la Justicia argentina no hace excepciones ni con los héroes populares. Cinco años y medio después de la muerte de Diego Armando Maradona, los argentinos saben que su corazón era monstruosamente grande cuando dejó de latir: pesaba 503 gramos, casi el doble que el de un humano común. Saben que el futbolista murió de un edema de pulmón derivado de una insuficiencia cardíaca aguda. Saben que tres semanas antes había sido operado de un hematoma subdural crónico. Saben que después fue trasladado a una casa para continuar su recuperación, de la que nunca salió. Pero la Justicia les debe todavía una respuesta: si podría haberse evitado la tristeza que invadió de punta a punta el país —y más allá de sus fronteras— el 25 de noviembre de 2020. Ocho integrantes del equipo médico que lo atendió en sus últimos días se sientan desde abril en el banquillo de los acusados por segunda vez. Están imputados por presunto “homicidio con dolo eventual”, es decir, la Fiscalía sostiene que actuaron de forma deficiente y temeraria aun sabiendo que su salud pendía de un hilo. La defensa busca convencer al tribunal de lo contrario, que el paciente tenía graves problemas de salud preexistentes y que su corazón, afectado por una miocardiopatía dilatada —una enfermedad que debilita el músculo cardíaco y agranda las cavidades—, se descompensó sin previo aviso. La sentencia, que se preveía para julio, ahora ya se pospone, como mínimo, hasta agosto.La fragilidad del ídolo era un secreto a voces. Nadie había olvidado que a finales de octubre, con 60 años recién cumplidos, el técnico de Gimnasia y Esgrima de La Plata apareció fugazmente en el estadio casi sin poder caminar. Arrastraba las piernas y jadeaba, sostenido por el aliento de una tribuna que le rindió pleitesía hasta el final: “Diego, Diego, olé, olé, olé, Diego, Diego”. El dios profano, fanfarrón y tramposo que fue Maradona vivió rodeado de escándalos y estos lo acompañan tras su muerte. Ninguno supera el bochorno judicial que provocó la anulación del primer juicio, en mayo del año pasado. Se habían celebrado ya dos meses de audiencias y el tribunal había escuchado a 44 testigos cuando se descubrió que una de las magistradas, Julieta Makintach, participaba en el rodaje de un documental secreto sobre el juicio. Las imágenes del tráiler de Justicia Divina se viralizaron. Un tsunami de indignación popular se dirigió contra esa jueza que, atraída por el sol de la fama, había volado demasiado alto. La abuchearon en las calles y en las redes, la Justicia la destituyó y ahora debe responder a una demanda millonaria presentada por las hijas mayores de Maradona, Dalma y Gianinna. Contraataque de los imputadosCon el juicio anulado, se barajó y se ordenó empezar de nuevo el 14 de abril. Desde entonces, el Tribunal Oral en lo Criminal N°7 de San Isidro, en la periferia norte de Buenos Aires, celebra audiencias dos veces por semana, cada martes y jueves. Nada de lo anterior es válido, pero la sensación es que se juega con las cartas marcadas. Acusación y defensa conocen los argumentos centrales de muchos testigos, porque ya los escucharon antes, y han replanteado su estrategia. El cambio más visible es el principal imputado, el neurocirujano Leopoldo Luque, que tenía a su cargo la supervisión del equipo. El silencio que guardaba en el primer juicio contrasta con sus ganas actuales de declarar: van seis veces en diez audiencias. “Nos hacemos los tontos, qué vamos a hacer”, lamenta una fuente de la querella. Es una situación inédita y todos son cautos. Nadie quiere dar un pie en falso que dé pie a otra anulación. La estrategia de la defensa es la mayor novedad de un juicio que ha arrancado casi sin sorpresas. La última fila de la sala está copada por la prensa y los canales de televisión aguardan a la entrada de los tribunales en busca de alguna declaración explosiva o de algún giro de guion que esté a la altura de quien fue el rey del espectáculo tanto en el campo de juego como con un micrófono delante.A falta de grandes novedades, la participación de los abogados más mediáticos de Argentina y de una familia a la que todos conocen es garantía de escándalos. El último ocurrió el jueves, cuando había terminado de declarar el médico especialista en terapia intensiva Mario Schiter y era el turno de Luque. El neurocirujano mostró el vídeo de la autopsia al tribunal sin tener en cuenta que estaba presente en la sala Gianinna Maradona. Salió corriendo, espantada. La audiencia se suspendió un par de minutos después, entre críticas encendidas y el pedido de un médico para atender a la querellante. En las calles se libra un juicio paralelo. Sin esperar a que el tribunal dé su veredicto, los argentinos ya tienen el suyo sobre la muerte del pibe de Fiorito. Los hay que ansían ver entre rejas a médicos que consideran asesinos, otros que apuestan por su absolución —porque creen que es difícil saber si murió por mala praxis médica o por un corazón que no aguantaba más una vida de excesos y adicciones— y también quienes piensan que todo es una batalla por plata y cuestionan tanto al equipo que lo atendió como a la familia que lo demanda. La fortuna de Maradona es motivo de otra causa judicial. Enfrenta a sus hijos —Dalma, Gianinna, Jana, Diego Fernando y Diego Junior— con el último abogado y apoderado del futbolista, Matías Morla, sus hermanas Rita Mabel y Claudia Norma Maradona y dos asistentes. Morla y los demás imputados se sentarán en el banquillo de los acusados por presuntamente haber defraudado a los herederos legítimos de Maradona en el usufructo de sus marcas comerciales. Según la querella, la supuesta defraudación se llevó a cabo de una sociedad que administraba un total de 246 marcas comerciales ligadas al deportista, con ingresos multimillonarios. La causa acaba de ser elevada a juicio oral y público. Comenzará en unos meses y promete sumar capítulos a una saga inabarcable. Hasta el mínimo detalle que se revela agranda un mito argentino en el que cabe lo mejor y lo peor.