Con tantos problemas intratables en la política mundial, resulta aún más frustrante que la comunidad internacional a menudo descuide asuntos urgentes que, de hecho, sí pueden resolverse. La vacunación, que se ha estancado en todo el mundo tras décadas de notables avances, es uno de estos problemas. Mientras los líderes se reúnen en Ginebra para la Asamblea Mundial de la Salud, se enfrentan a una opción cruda: volver a comprometerse con la inmunización infantil, la intervención de salud pública más rentable del mundo, o condenar a millones de jóvenes a una vida de mayor vulnerabilidad. La inmunización ha evitado más de 150 millones de muertes durante el último medio siglo, lo que la convierte en una de las formas más confiables de reducir la mortalidad infantil. Según la Escuela de Salud Pública Bloomberg de Johns Hopkins, cada dólar invertido en inmunización en países de ingresos bajos y medios ahorra 20 dólares en costos de atención médica y en pérdida de salarios y productividad, y más de 50 dólares cuando se contabilizan los beneficios totales de vidas más largas y saludables. Si uno tuviera que diseñar una intervención de salud pública desde cero, sería difícil mejorar la vacunación. Sin embargo, el mundo está perdiendo de vista la abrumadora evidencia de que las vacunas salvan vidas. En los países de ingresos altos con sistemas de salud que funcionan, el escepticismo ante las vacunas ha provocado una disminución de las tasas de inoculación.
El mundo no debe dar la espalda a la vacunación
El estancamiento global de la vacunación infantil, agravado por recortes de financiamiento, amenaza millones de vidas y eleva el riesgo de epidemias en entornos frágiles.







