Soumaya Keynes

Ciudad de México / 15.05.2026 13:12:00

Cuando el presidente de Estados Unidos (EU), Donald Trump, y el presidente de China, Xi Jinping, me pidieron vernos, fui escéptica. No estaba segura de poder ayudarlos; como terapeuta de pareja, suelo trabajar con parejas atrapadas en problemas de mala comunicación, resentimiento y desconfianza. Ellos intercambiaron una mirada cómplice y me recordaron que, como líderes de las dos economías más grandes del mundo, podían pagarme muchas veces mi ya exorbitante tarifa habitual. Agendamos una sesión. Y, después de conocerlos, ahora los entiendo.Comencé como suelo hacerlo, con una pregunta lo suficientemente vaga como para ocultar el hecho de que no había leído el formulario que les pedí llenar previamente. Trump expuso su versión de los problemas: explicó que sus predecesores habían intentado corregir las fallas económicas de China —subsidios, barreras comerciales y cierta tendencia a llenar de más el refrigerador de EU— y que ahora el país estaba siendo recompensado con abusos. Dijo que quería volver a como eran las cosas antes, cuando el comercio estaba más equilibrado y China se concentraba en productos básicos. Con Xi amenazando con restricciones a las exportaciones de tierras raras, la relación había pasado de problemática a tóxica.Por la manera en que Xi ponía los ojos en blanco, era evidente que no aceptaba ese planteamiento. Las relaciones sanas no consisten en que una parte “arregle” a la otra. ¿Por qué su país no podía ser aceptado tal como era? Tampoco estaba dispuesto a cargar con toda la culpa por los excesos: señaló que, pese a todas las quejas sobre la cantidad de comida que llevaba a la mesa, EU parecía bastante feliz de seguir picando entre comidas. Y después de años de malos tratos —desvinculación económica (aranceles) y amenazas (controles de exportación)—, ya había tenido suficiente.