Un policía solitario, armado con un megáfono, gritó a una multitud confusa en el centro de Moscú que se dispersara, ya que los tradicionales fuegos artificiales del Día de la Victoria habían sido cancelados sin previo aviso. Fue un cierre apropiado para la celebración más sobria que Rusia había presenciado en décadas. Ningún vehículo militar desfiló por la Plaza Roja. Asistieron pocos invitados extranjeros. En toda la capital rusa, se cortó el acceso a internet, una medida motivada por el temor a que Ucrania pudiera perturbar la conmemoración de la Segunda Guerra Mundial con sus ataques con drones de largo alcance.
El ambiente de desánimo en Moscú puso de manifiesto lo cada vez más complicado que se ha vuelto para el presidente Vladímir Putin mantener la guerra contra Ucrania, quien se encuentra bajo presión no solo por el estancamiento, la paralización y las grandes pérdidas en el campo de batalla, sino también por una economía maltrecha, la creciente frustración pública y los reveses sufridos por sus socios en todo el mundo, incluidos Irán, Hungría y Venezuela. Tras más de cuatro años de guerra, los rusos no se sienten más fuertes, más seguros ni más prósperos, y mucho menos victoriosos.












