Atravesar Tokio un jueves a las 17 significa lanzarse a una de las mareas humanas más densas del planeta.

La ciudad parece vibrar en una coreografía precisa: los vagones del metro se llenan, pero nadie empuja ni alza la voz.

Todos los celulares permanecen en modo silencioso.

En el horario que todos volvían de trabajar decidí regresar al hotel.

El viaje requirió de tres combinaciones y se extendió durante cincuenta y seis minutos.